Sobre la épica

Gabriel García Guzmán_ Perfil Casi literal

Dividamos la Tierra en dos: Occidente y Oriente. ¿Qué criterio utilizamos para tal acción? Este problema que acabo de plantear no es puramente geográfico; abarca también un aspecto antropológico relevante: la cultura.

Hay una escisión planetaria de larga data, marcada por la tradición más o menos diferenciada entre ambas regiones. Sin embargo, esta división va volviéndose borrosa conforme retrocedemos en la historia.

Hay un momento, un período que por ser tan primitivo siempre nos es común, sin importar la zona de donde provengamos, y es el estado mítico. Cuando el hombre intenta explicarse el mundo va creando una serie de “ficciones” que le permiten comprender el porqué de las cosas; ello es un requisito necesario para adquirir cierto dominio sobre el entorno, para interiorizar el contexto desconocido que se ve amenazador o ajeno. ¿Qué diferencia existe entre el Zeus de los griegos y el Lei Gong de los chinos? Ninguna, ambos ídolos cumplen la misma función: explicar qué produce el trueno.

De igual manera, el mito por sí mismo no basta para expresar el ser de un pueblo en sus relaciones (la cultura), se necesita la perduración de sus peripecias en el mundo. Es así como se genera la unión mito-historia; en este mismo sentido, no puede existir historia sin la presencia del lenguaje escrito.

Es decir, en la transición entre prehistoria e historia, el ser humano se vale de los mitos escritos para preservar la memoria, en particular; y la cultura, en general. Tómese por ejemplo la Ilíada, canto a la guerra de Troya; o el Bragavad-Gita, canto a la guerra de Kurukshetra.

*

Por otra parte, en nuestra época posmoderna es imposible hablar de una épica en el sentido estricto de la palabra; tampoco sobresalen los mitos, entendidos como construcciones para explicar la realidad. Vivimos en sociedades donde todo está descubierto, donde ya no hay misterios sobre qué anima el universo; donde la historia es una ciencia separada de lo mágico.

La posmodernidad ha terminado por crear la disolución de los géneros literarios (como preveía Todorov); ya no existe nada puro: la novela pura, la poesía pura, el ensayo, el drama, etc. Todo está mezclado, en mayor o menor medida.

A esto puede añadirse que hemos perdido (al menos en Occidente) la  visión de un mundo totalizado, absoluto, inamovible; y se ha sustituido por un mundo parcial, relativo, ágil.  El subjetivismo individualista de Joyce parece haber vencido la objetividad gregaria de Homero. En esta línea, se ha abandonado la visión de la literatura como el canto de una comunidad, prefiriendo la de narraciones hechas para particulares.

Estamos delante de la disolución del sentido grupal del mundo. Lo que antes era social, ahora es individual; lo que antes era colectivo, ahora es particular; lo que antes eran creencias sólidas, ahora son “verdades” relativas.  ¿Dónde está el nosotros en la literatura posmoderna; dónde está ese nervio de las razas que se mantienen por siglos? No existe una visión sólida del mundo porque Occidente no tiene una solidez en sus principios, porque es una cultura agotada por los largos siglos que siguieron a la edad media. Estamos delante de una sociedad con un modelo económico en crisis sistémica, incapaz de producir riquezas y ahogada en deudas impagables.

Si queremos volver a pensar en una épica posmoderna es imposible que podamos encontrarla en nuestros países. Más bien debemos volver la vista a Oriente; no a ese Oriente mistificado e intragable que nos venden los exotistas, sino al Oriente vivo y vibrante, al Oriente donde no se ha perdido la cosmovisión mágica, al Oriente donde siguen presentes los mitos ancestrales, al Oriente hegemónico que renace con un auge económico inconcebible hace algunas décadas.

La épica no está aquí.

*

Ahora bien, me anticiparé un poco. Hay quienes consideran que la épica ha ido transformándose, hasta llegar a nuestros días por otros medios. Algunos ven en los superhéroes una encarnación de las batallas de los dioses paganos. Superman, Batman o Spiderman, todos como una reminiscencia del pasado épico. Sin embargo, estas nuevas zagas de hazañas heroicas no tienen la importancia social de una verdadera épica. La épica antigua pretendía celebrar los sucesos relevantes de las sociedades, divulgándolos animadamente en el ágora, a través de los aedas. Por otra parte, en la actualidad nadie canta poemas épicos (mucho menos epopeyas) por este tipo de sucesos trascendentes. Los superhéroes, al contrario, se limitan  a dar una inconsistente imagen de justicieros, que mantienen el orden social; su objeto es desviar la atención de los grandes hechos históricos, y vaciar de contenido las aspiraciones de los pueblos. Los superhéroes son, en todo caso, la antítesis del héroe épico.

Cabe añadir que el canal por el cual se transmiten las historias de los superhéroes es la imagen, predominantemente, y no la palabra. Esto viene a reforzar la idea de ausencia de contenido concreto; el medio se transforma en el mensaje. Y en un sentido más amplio, demuestra el agotamiento cultural de las sociedades occidentales, las cuales no pueden asimilar ya la literatura, sino que necesitan auxiliarse de ciertos íconos visuales (o audiovisuales) para lograr la transmisión efectiva de cualquier mensaje. Son sociedades incapaces de un mínimo esfuerzo intelectivo, privadas de su historia por un héroe que la invisibiliza y enajena.

Por otra parte, ¿cabe siquiera la posibilidad de considerar a los superhéroes como una nueva mitología posmoderna? Nuevamente me veré obligado a decir que no, porque no cumplen la función de interpretar la realidad, pues ya no hay nada que interpretar. Vivimos en una concepción del mundo sin misterios, donde todo conocimiento (al menos de la naturaleza observable) ya ha sido resuelto en su mayoría. No nos queda más que la especulación pseudocientífica: ¿Qué pasaría si un hombre de otro planeta cayera en el nuestro desde la tierna infancia? ¿Qué pasaría si a un hombre joven lo picara una araña alterada?

Baste decir que no solamente la improbabilidad de tales sucesos convierte en inútil y una pérdida de tiempo dichos razonamientos, sino también las conclusiones a las que se llegan son tan faltas de significación para los intereses de los pueblos que tienen nula relevancia en sí mismas.

Es así como termina este análisis de la épica, y la imposibilidad de una épica posmoderna en Occidente. Esperando que al menos, en la otra mitad del planeta, los pueblos sigan pensantes.

¿Quién es Gabriel García Guzmán?

Un comentario Agrega el tuyo

  1. He pensado a la poesía narrativa -epica- como la poesía olvidada.

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