Los discursos cotidianos del Poder

Sergio Castañeda_ Perfil Casi literalA lo largo de la historia han existido diversas frases, dichos, calificativos, discursos que se repiten dentro de la sociedad. Discursos que provienen de diversos sectores, lugares y situaciones como la influencia del hogar, el contexto social al que se pertenece, las escuelas, los medios de comunicación, etcétera. Como dice Michel Foucault: “un discurso es más bien un sistema de discursos, un sistema social de pensamiento o de ideas”. ¿Pero a qué sectores conviene y a cuáles perjudican aquellos discursos que en muchas ocasiones repetimos como autómatas sin darnos cuenta a lo que en realidad nos estamos refiriendo, y en los que calificamos peyorativamente a los semejantes pero que, sin embargo, los vemos con total normalidad?

Este tipo de discursos tienen, en la mayoría de los casos, un origen histórico. En un gran número de casos las personas los repiten sin lograr percibir ni concientizarse de lo que en realidad están diciendo, como si se arraigaran en el lenguaje colectivo de la sociedad sin análisis alguno o conciencia histórica del porqué y de dónde provienen tales. Dichos discursos también tienen consecuencias sobre la moral de los individuos y de las sociedades. Sin lugar a dudas se repiten en diversos medios de las actividades y relaciones humanas, pero en esta ocasión me enfoco en los más populares y que circunscriben directamente a promover discriminaciones raciales, de clases, de género, etcétera.

En Guatemala, este tipo de discursos, que parecen ser repetidos de forma como lo que Martin Heidegger llamó “existencia inauténtica” (pues no son pensados por quien los repite), contribuyen especialmente al racismo, al clasismo y al machismo, y provienen de tiempos coloniales y de la creación de un sistema patriarcal. Algunos ejemplos de los más populares y que siguen vigentes los podemos encontrar día a día en voces de muchas personas cuando éstas hablan mal a trabajadores de etnias indígenas, calificándolos de “sucios”, “resentidos”, “haraganes”, etcétera; esto es reflejo de lo que hacían los españoles y posteriormente los criollos, cuando ejercían la explotación sobre los pueblos nativos sin darles ningún crédito por las labores que llevaban a cabo.

Estos discursos presentes en antaño no han variado mucho en la actualidad. Podemos observarlos en las diversas labores de la comunidad campesina y obrera, y a la par, el desprecio verbal y la poca retribución que reciben por parte de los arrendaderos y el maltrato del típico ladino-mestizo, ese que parece incapaz de discernir e investigar, y cae en repetirlos y así contribuir a la exclusión social.

Es de gran facilidad la repetición de estos a causa de la falta de un pensamiento autónomo, que como yo lo entiendo y considero, es conveniente buscar y desarrollar a través del análisis, la crítica y la percepción de la realidad, y consecuentemente, llegar a un debido discernimiento. Pero cuando sucede lo contrario, cuando se es pensado por el sistema, ese sistema que desea pensar todo por nosotros ahorrándonos la tarea de pensar, sucede que se vive en estado de interpretado.

¿Se puede decir, entonces, que la mayoría de personas en nuestra sociedad viven en estado de interpretados? ¿Cuántas personas se cuestionan lo aprendido en la escuela, lo escuchado en casa, lo escuchado por amigos, conocidos o familiares? Considero, no con tono festivo sino lo contrario, que la mayoría de las personas viven en estado de interpretados, repitiendo sin cuestionamiento e investigación alguna lo que escuchan en la radio, en la televisión, en la publicidad (que en estos tiempos parece ser nada más y nada menos que el arte de construir la mentira), etcétera.

Considero que la premisa para no repetir como autómatas los diversos discursos es investigar históricamente de dónde provienen éstos, que buscan justificar distintos flagelos, las represiones sistemáticas y que buscan contrarrestar la resistencia.

Los discursos peyorativos están tan arraigados en la educación de cada persona y tan acariciados por la desigualdad de clases, que la persona de modesta condición los acepta y llega a creerlos. Mientras el clase mediero de la ciudad los abraza y los hace suyos, creyendo alejarse así de las condiciones que brotan en esas palabras y formado un complejo de superioridad al que se le suma un falso mesianismo al creer que realiza un favor cada vez que remunera de alguna u otra forma el trabajo del que ve como inferior, aunque en realidad ambos pertenezcan al proletariado. A las clases dominantes, siempre les ha sido de bella conveniencia la segregación entre las clases modestas y medias, para mantener su status quo.

Cada vez que articulemos dichas frases, cada vez que lo hagamos frente a amigos, familiares, niños, conocidos, etcétera; reflexionemos que estamos heredando algo que nos ha hecho tanto daño colectivamente.

¿Quién es Sergio Castañeda?

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Muy interesate esto. Me recuerda a una amiga que vive diciendo que los indios son sucios y haraganes, que están así (no entiendo qué quiere decir con ese “así”) porque quieren. Hay que ver lo venenosas que pueden ser las palabras y nosotros las usamos, como si fuera lo más normal del mundo.

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