Siete ensayistas hispanoamericanos (IV): Mario Vargas Llosa, o el caballero andante (I)

Alfonso Guido_ Perfil Casi literal¿Por qué “el caballero andante”? Tal vez ni siquiera yo mismo lo sepa del todo. Este título me fue sugerido por un lector, intuyendo —con certeza— que tarde o temprano en esta serie de siete ensayistas llegaría el turno de hablar sobre este autor peruano ganador del Premio Nobel en 2010. Quizá lo de “caballero andante” se deba a su personalidad, a la combinación entre un estilo de vida tanto refinado como intelectual, algo muy poco común entre escritores tanto de aquella época de rebeldías y revoluciones como de cualquier otra que viniera después. Basta con leer lo que María del Pilar Serrano, esposa del escritor chileno José Donoso, escribiera sobre Mario Vargas Llosa en una especie de “extensión” o bonus edition de la Historia personal del boom de su esposo (1972).

Si desean  saber a qué me refiero, tendré que cometer el desplante de remitirlos al libro para no extenderme más sobre este tema que ciertamente no concierne con el objeto de este artículo, pero al menos sepan de antemano que siempre me he preguntado qué habrán pensado o dicho al respecto el mismo José Donoso y Patricia Llosa, prima hermana y esposa del ensayista del que hoy vengo a hablarles.

Más allá de eso, no sabría cómo asociar con certeza su estilo de “caballero andante” con lo que nos concierne en este caso, o sea, su faceta de ensayista. Lo cierto es que Mario Vargas Llosa se ha convertido para muchos en un ícono, en un modelo a seguir, en el perfecto prototipo del escritor que muchos han deseado y siguen deseando ser: tal vez no millonario, pero sí muy exitoso —acaso el más comercial y rentable de todos los autores literarios en idioma español—, galardonado por el mundo entero con todos los premios que un ambicioso escritor pudiera desear y en los momentos más oportunos de una larga carrera literaria: Premio Biblioteca Breve (cuando tenía alrededor de 25 años de edad, siendo hasta ahora el más joven en recibir este reconocimiento), Premio Rómulo Gallegos (aproximadamente a los 29), Premio Príncipe de Asturias de las Letras (a los 50), Premio Planeta (aproximadamente a los 56), Premio Cervantes (a los 58) y el Premio Nobel de literatura (a los 73), entre otra infinidad de reconocimientos. Qué más se le puede pedir a una vida literaria.

Y es que no es para menos: su narrativa, realista y espejo de las distintas esferas sociales latinoamericanas, y que a través del tiempo ha sufrido una transmutación de estilos —en un inicio los más excéntricos y vanguardistas, y cuyo resultado se ve reflejado en Los cachorrros (1967), La ciudad y los perros (1963) y Conversación en La Catedral (1969), entre otras; y más adelante los estilos menos rebuscados, como en Pantaleón y las visitadoras (1973) ¿Quién mató a Palomino Molero? (1986) y Travesuras de la niña mala (2006), sólo por mencionar algunas—, siempre se ha logrado posicionar muy bien ante el juicio crítico tanto de especialistas como del público en general. Hasta el día de hoy —y dejo en claro de antemano que se trata de una opinión muy personal—, La Fiesta del Chivo (2000) no sólo es un referente obligatorio de la obra de Mario Vargas Llosa, sino una verdadera y magnífica obra maestra de la literatura latinoamericana de todos los tiempos. Para mí, la mejor novela de las que he leído y que han sido producidas en lo que va del presente siglo. Podrá contar con un contexto y episodios muy particulares y específicos, pero los elementos que en ella se conjugan recrean un espejo nítido y fiel de la realidad social y política de la América Latina del Siglo XX. Demuestra además la capacidad intelectual de un autor universal, que se involucra, no sólo en la realidad de su país y de su tiempo, sino también en la de su mundo a través del tiempo. Pero otra vez me desvié del tema principal.

Y es que hablar de Mario Vargas Llosa en breve puede resultar muy difícil —algunos que me conocen podrían estarse recordando y riendo de mí en este momento—. Pero pese a lo que hasta ahora he dicho sobre él, cabe mencionar que la gran mayoría de veces no congenio con su pensamiento ideológico, y esto recae también sobre algunas de sus columnas periodísticas y ensayos. Y esto no tiene que ver del todo con su postura política de derecha —muchas veces demasiado radical, a mi parecer—, si no también con su perspectiva sobre algunos temas como arte y cultura. En El lenguaje de la pasión (2000), una reunión de sus colaboraciones para El país, de España, entre 1992 y 2000, se puede encontrar una especie de miscelánea sobre su pensamiento acerca de una variedad de temas que van desde arte moderno hasta política internacional. Aquí aparecería su artículo “Caca de elefante”, tema de discusión sobre el arte moderno y el mismo que acaso sería antecedente de La civilización del espectáculo (2012), libro en el que además extendería su crítica hacia la cultura moderna de masas. De El lenguaje de la pasión hay a lo sumo cuatro o cinco textos que han pasado a preservarse en mi memoria: “Epitafio para una biblioteca” (hermoso y desgarrador), “Los pies de Fataumata”, “Placeres de la necrofilia” (texto al que agradezco haberme referido a la que, al menos para mí, pasó a ser la mejor novela argentina del siglo XX), “Las profecías de Casandra” y “Los inmigrantes”.

Lamento haberme extendido hasta acá sin haber concluído con este episodio, aunque de todas formas creo que una sola entrega no me hubiese bastado para hablar sobre la faceta ensayística de este autor, por lo que tendré que dejar pendiente el comentario sobre sus otros libros de ensayo para una próxima.

¿Quién es Alfonso Guido?

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Ismael Labrador dice:

    Justo epíteto este de Caballero Andante para un autor que siempre antepone la pasión literaria a cualquier otra clase de interés humano. Su defensa de la literatura como convicción y fuerza creadora de realidad empuja hacia las sombras sus demás méritos o deméritos como escritor. Sus ensayos, particularmente, pocas veces se distancian de darle a la literatura y demás expresiones del espíritu artístico el papel protagónico en el convivir humano. Las ideas, los sentimientos y la pluma han sustituido a la lanza, la adarga y el rocín en la empresa que ha jurado perseguir: trasmutar la justicia en literatura.

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