Colegio para señoritas (catarsis)

Jimena_ Perfil Casi literalCon una especie de sentimiento de culpa —generado por una creencia que ahora personalmente considero como prejuicio— de que había traspasado un código moral preestablecido y de aceptación social, tomé la computadora que ellas mismas me proporcionaron. Allí, en ese mismo instante en que acababan de decirme qué debía sentir, allí, en esa dirección de nivel medio a la que únicamente había ingresado, cuando mucho, un par de ocasiones en mi época como estudiante, allí donde solo nos llamaban a las docentes para informarnos de alguna nueva normativa en el establecimiento; sí, en ese lugar que había representando en mi psicología de niña y adolescente el sitio de mayor terror y al que nunca había que hacerse acreedor del pase de entrada; sí, en ese lugar en donde como maestra y ex alumna sentía aún necesario evitar ingresar a menos que fuera requerida… En ese sitio, sentada delante de la anciana que representaba la mano dura de la institución para señoritas que me había visto crecer y desarrollarme. Al lado derecho mi jefa inmediata, a la izquierda su hija en amplio escritorio lleno de tecnología de punta mientras otra de sus herederas desempeñaba la función de encargada de la administración, de ver que la plata, “el dinerito”, se mantuviera en orden.

No pretendo victimizarme y ya pasé suficiente tiempo recriminándome la falta de carácter y la estupidez de haber firmado mi propia carta de renuncia estando embarazada, solamente narro una experiencia que demuestra la doble moral de una institución con bandera cristiano-católica.

Mandaron a la encargada de portería a llamarme, me dirigí a la dirección de secundaria del colegio para “señoritas” del que era egresada y en el que me encontraba trabajando desde hacía cinco años. Al entrar me esperaban los ojos verdes y cabello pintado de castaño que caracterizan a la que fuera mi directora escolar, quien junto con sus hijas presentes me indicaba que la llamada de una madre de familia les había informado que me encontraba en cinta, que las alumnas de 5to. Primaria lo sabían y que era un mal ejemplo para ellas. Escuché de sus bocas una serie de palabras que me hacían ver como culpable de un terrible hecho, como la pecadora que llevaba el fruto del peor de los pecados dentro. Me comparaba con sus hijas —quienes por cierto, y sin ser secreto para nadie, tenían matrimonios arreglados o disfuncionales— dando ejemplo de mujeres íntegras que habían formado hogares concretos sin quedar embarazadas “antes de tiempo”. Después de esto me indicaron que debía retirarme de la institución de inmediato, por la puerta de atrás. Todo esto me tomó por sorpresa. Una prima que cursaba el 2do. Básico había cometido la imprudencia de comentarle a varias compañeras acerca de mi estado, con la intención de hacerme, según ella, un baby shower. Y así fue como se había regado la noticia.

Lo único que hice al sentirme atacada —porque así me sentí: atacada por la dirección, por otras mujeres— fue llamar a mi padre, quien siendo abogado podría orientarme en cuanto al requerimiento que me exigía salir de inmediato del colegio para el que trabajaba. Por supuesto, al intentarlo me negaron el uso de la línea telefónica y sin más insistieron en que me fuera de la institución a la vez que la directora me decía (cito textualmente): “sienta vergüenza de lo que ha hecho, mire a mis hijas, ellas están casadas y nunca se ha visto en este establecimiento tal desfachatez de parte de sus maestras”.  Yo conocía, sin embargo, casos de compañeras que se habían graduado escondiendo embarazos y de alumnas que vendían droga dentro de los baños del área de diversificado. Sabía cómo se arreglaban calificaciones y cómo subían de grado alumnas que pagaban lo suficiente. También estaba al tanto de casos de discriminación y racismo por parte de las autoridades para con algunas alumnas y sus familias; pero claro: mi delito era que todo se supo antes de que la doble moral lo escondiera.

Redacté  la carta, exigí que pagaran mi tiempo de indemnización —que de mala gana lo hicieron, claro— y no era ni lo correcto, ni lo legal, ni lo suficiente: dejaba de tener derecho a hora de lactancia, a pre y post parto, a cinco años de consulta y vacunación del Instituto Guatemalteco de Seguridad Social para mi bebé. Pero dentro de una especie de nube flotante a la que me sumerjo cuando estoy nerviosa y en situación complicada, creí que era la única opción.

A esto agregaré que dejaba a un grupo de alumnas a las que apreciaba mucho. Impartí Estudios Sociales en distintos grados de primaria. Todas me dolían pero en especial las alumnas de 6to., con quienes acababa de empezar a leer El diario de Anna Frank y con quienes tenía toda la ilusión de completar la unidad de Historia reciente, pues les entusiasmaba, como a mí, hablar de los temas que según la planificación quedarían “pendientes”.

Después de firmar la carta salí acompañada por quien era mi jefa inmediata, una de las hijas “ejemplares”, quien me pidió de vuelta tres marcadores de pizarrón y una almohadilla. Luego de entregárselas salí del colegio. Ya era tarde, se habían ido los buses y la mayoría de alumnas. Subí al carro de mi entonces novio y creo que aún no terminaba de entender por completo todo lo que acababa de pasarme.

Al llegar a casa lloré mucho. A partir del día siguiente recibí una enorme cantidad de llamadas de alumnas que ya se habían enterado de lo ocurrido —pues como sabemos, los chismes corren rápido—. También me llamaron muchas madres de familia solidarizándose conmigo, a las cuales se los agradezco infinitamente. Recuerdo una llamada en especial, pues la persona al otro lado del teléfono me decía que a ella también le dolía, pues ella siendo madre soltera había sentido que el acto cometido contra mi persona se lo habían hecho a todas las mujeres que han salido adelante con sus hijos por decisión propia y, sin esperar tener o no, el beneplácito de una sociedad que aún ve mal y margina a la mujer que no tiene el apellido de un hombre como respaldo.

Tengo un hijo de 7 años al que amo y con quien diariamente vivimos diferentes experiencias. Alguien que vino a cambiar mi vida totalmente y que me ha enseñado infinidad de cosas nuevas. Y fue este niño maravilloso quien provocó la ira de un grupo de mujeres conservadoras, cargadas de doble moral, apegadas a los valores cristianos y que irónicamente satanizan el aborto cuando se atrevieron a decirme que debía sentir vergüenza de lo que llevaba en mi vientre por haber quedado embarazada sin estar unida en sacrosanto matrimonio.

De forma tardía fui a varias instituciones de Derechos Humanos en donde no me dieron ningún tipo de apoyo a excepción de la Organización de Derechos Humanos del Arzobispado, en donde me escucharon de forma atenta y orientaron el posible proceder legal. No obstante, me previnieron de algo que ya sabía: un integrante de la familia dirigente de este establecimiento educativo era funcionario público dentro de la Oficina de Derechos Humanos de la Presidencia, así que todo sería en vano. Esto explicaba cómo las denuncias por discriminación que había tenido ese colegio parecían seguir simplemente de largo en la oscuridad.

Me casé un mes y medio después de lo acontecido, por decisión. Tengo un esposo que es un compañero de vida y juntos cuidamos a nuestros dos hijos. El día de mi boda pude ver a unas cuantas alumnas que me acompañaron y fue una grata sensación. Ahora, viendo en retrospectiva, me duele y me enoja, pero se aprende de las experiencias y las más desagradables nos generan carácter y cambios de perspectiva necesarios.

Un año después, en una fiesta de disfraces, me fue muy útil el uniforme café quemado con beige que tenía guardado como especie de símbolo de algo que en algún tiempo creí que sería importante y ahora convertido en la mofa del concepto de “señorita”, concepto que debemos repensar, tomar conciencia de qué tipo de educación pretendemos que tengan las futuras mujeres de nuestra sociedad. Porque es eso: educación para la vida de las mujeres.

La educación que imparten algunos colegios tradicionales católicos en Guatemala se acerca más a un conjunto de normas de conducta al estilo Medioevo, que no obedece ni a la contemporaneidad ni a los reales intereses de las mujeres jóvenes que pasan por sus aulas. Si bien es cierto que esto no se puede generalizar, pues hay establecimientos que se preocupan por una formación íntegra de mujeres conscientes de la importancia de su cuerpo, su sexualidad y de las realidades sociales en su entorno como parte del conjunto social en que se desenvuelven, también los hay otros que aparte de convertir la educación en la mercancía que sostiene el status quo de sus propietarios, desarrollan una serie de preceptos morales borrosos que no siguen la enseñanza básica cristiana del amor, sino que prefieren abrazar la del prejuicio, formando promociones de mujeres superficiales que no generan debate ni crítica para empoderar a las nuevas generaciones y que sean ellas mismas quienes tomen las futuras decisiones sobre su cuerpo y su vida.

¿Quién es Jimena Minaya?

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Luisa dice:

    Sin duda lamento mucho pero eres una mujer que merece ese valor y dignidad, cuando aprendan y como dice el papa a no juzgar haremos un mundo diferente ser docente y madre soltera son dos dones que Dios nos da porque nos permite compartir nuestro amor sincero desde el corazón hacia las demás… todo pasa por algo y es para darnos el valor y la fortaleza para enfrentar lo que viene excelente articulo

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