Bitácora de un aventurero. Un fin de semana en Nassau (I)

Leo

Más que exquisitamente erudito, Bahamas siempre me pareció un destino interesante por la curiosidad que me despertaron esas islas cuando era un niño; es decir, desde que, estudiando las capitales de América en quinto primaria, descubrí que habían unos minúsculos puntos sobre el mapa, que al principio confundí con manchitas provocadas por una mala impresión del libro de Elsy de Cortés o de Óscar de León Palacios, ya no recuerdo muy bien. Qué difícil era en aquel tiempo aprenderse aquellas capitales con nombres tan extraños y de pronunciaciones insospechadas. Tal es así que pasé más de la mitad de la vida creyendo que Nassau se pronunciaba /Nasau/ y no /Nasó/ como me vine a enterar en épocas relativamente recientes. De ahí, siempre que pensaba en el archipiélago me venía a la idea el estereotipo de paisajes paradisiacos y exóticos habitados por gente rumbera de color broncíneo; una especie de Edén repleto de casinos desbordantes y derrochadoras Offshores bañadas en oro. El único dato histórico que tenía claro de aquel lugar era que el 12 de octubre de 1492 Colón había desembarcado en una de sus microscópicas ínsulas, Guanahani o San Salvador, como la llamaron los españoles, inaugurando así esa etapa oscura de la historia de América conocida como la colonización.

Pero dejando eso a un lado y volviendo a la curiosidad que el archipiélago en cuestión me provocaba, me parece que aquella Commonwealth me llamaba con el misterio y la fuerza con que su mismo triángulo de las Bermudas atraía a sus víctimas mortales, precisamente por ser ex colonia inglesa. Una visita, aunque sea breve, me permitiría respirar lo que yo suponía vida de primer mundo en el trópico caribeño, comparación que puede parecer grotesca si uno piensa precisamente en las carencias económicas que imperan en la región. Aunque debo dejar claro que no era la primera vez que estos pies míos pisaban una Commonwealth caribeña, ya que ocho o nueve años antes había tenido la oportunidad de visitar Belice. No así, la proximidad entre Guatemala y Belice me hacían pensar que el diario vivir beliceño era bastante parecido a la forma de vida campestre en nuestra pequeña zona costera atlántica.

En octubre de 2006, durante una visita que hice a La Habana, se me ocurrió por primera vez la posibilidad de visitar el piélago, pero deseché inmediatamente la idea debido a las complicaciones que representaba moverme desde el cómodo apartamento que había rentado en el Vedado habanero, sin siquiera tener idea de cómo me podía transportar, a pesar de estar tan cerca. No fue sino hasta 2013, en un viaje corto que hice a la Florida, que mostré mejor disposición y más seguridad. Como hace casi todo mundo que se dispone a viajar a ese lugar, averigüé los costes de cruceros que me llevara a Freeport y Nassau en algunas agencias de viajes en la ciudad de Miami; sin embargo, como es de esperarse en el mundo moderno, en el que prevalece el valor de la comodidad sobre la aventura, debía planificar con suficiente tiempo el crucero, porque no siempre habían camarotes disponibles. Tuve, entonces, que decidirme por la segunda opción y, para quienes me conocen, la que me causaba mayor terror: viajar en avión. Así fue como, tomando una decisión intempestiva, me arriesgué a comprar el boleto en una agencia de viajes escondida en el dowtown de aquella ciudad, a inmediaciones del Bayside. Además del boleto, dejé cancelado dos noches en el hotel, precio que me pareció carísimo, pero con el que garantizaba mi entrada a aquella tierra desconocida.

El día de mi partida, me presenté desde temprano con mi maleta en mano al Aeropuerto Internacional de Miami. En mi ingenuidad provinciana, no imaginé la fila interminable que tendría que hacer en el mostrador de Bahamas Air. Quedé extrañado de encontrar a tantas personas viajando a la pequeña isla de New Providence en una ruta donde el medio de transporte común más popular era el crucero. Además, como parte de los prejuicios que no hemos terminado de botar, me sorprendía que la mayoría de personas no fueran rubias, calzaran sandalias, vistieran ropas ligeras y anduvieran con guías turísticas en mano. Por el contrario, en la fila abundaba la gente trigueña y de habla española, con atuendos que si bien eran frescos, se acercaban más al vestuario casual.

Mi duda quedó despejada rápidamente cuando la señorita del mostrador se sorprendió al decirle que mi destino final era Nassau. Un círculo perfecto de admiración se dibujó en los gruesos labios de su raza africana, admiración que atribuí a su incredulidad de tener enfrente a una persona como yo, con mi color de piel latina y marrullando unos sonidos que pretendían imitar el habla inglesa, haciendo un viaje a aquel país. Me volvió a repetir la pregunta, como tratando de comprobar que no había algún error en mis palabras. Cuando no tuvo otra opción de convencerse, solo me advirtió que tenía que bajarme en la primera escala; de no ser así, mis restos irían a parar a la ciudad de La Habana. Y mientras decía esto, abría los ojos de una manera que parecía prevenirme del mismo demonio. Por la expresión de los globos blancos de sus enormes ojos pude comprender que para ella Cuba era algo así como el rincón más desolado e imberbe del planeta, y que la mínima distracción de un turista trasnochado y aventurero como yo podía llevarme a una especie de Siberia tropical de la que no podría volver vivo. Sin embargo, luego me di cuenta que por mi aspecto físico y por mi manera más bien sencilla de vestir, la mujer había creído que era un cubano que viajaba hasta la gran isla, que era el destino final de aquella aeronave. Cómo no haberlo descubierto antes en una ciudad con una población latina predominantemente cubana. Por cuestiones políticas, no hay aerolínea estadounidense que vuele directamente de Miami ni de otra ciudad hacia La Habana. Sin duda que esto es un gran problema para muchos habitantes de esta urbe que, sin duda, viajan regularmente a su país de origen. La solución, entonces, era crear una salida por otro país y las Bahamas quedaban como anillo al dedo. Esto lo pude comprender mejor hasta que, en la sala de espera, estuve platicando con una pasajera cubana, quien me contó que al llegar a Nassau, el personal a bordo del avión recoge los pasaportes de los cubano-americanos y los sellan para que, oficialmente, estos pasajeros entren y salgan de Cuba como si vienen y van a las Bahamas. ¡Las diferencias políticas insondables e irracionales entre dos naciones pueden complicar tanto la vida de la gente común, a quien no le interesa si Fidel es más puto que Obama o viceversa.

El vuelo entre Miami y Nassau es corto y placentero. Dura aproximadamente unos 45 minutos. En mañanas despejadas como aquella, es posible admirar el esplendor del océano Atlántico desde que se abandona la península hasta el arribo a la pequeña isla donde se asienta su capital. Además, a la mitad del recorrido es posible divisar, hacia la derecha, la isla de Andros, la mayor de las Bahamas –de hecho, en una parte del trayecto se sobrevuela una punta abrupta y quebrada de esta isla-; y hacia la izquierda, la vista se pierde entre el azul profundo y apacible del tenebroso triángulo de las Bermudas. Para mitigar mis nervios y de paso practicar mi portugués, intercambié un par de palabras con unas niñas brasileñas que iban sentadas a mi lado.

Mucho antes de su entrada hacia el occidente de New Providence, el avión comenzó a descender y la topografía de esta pequeña isla se hacía más clara, develando el paraíso que en realidad era. En esta parte de la isla, apenas se dibujan poblados, puesto que el área urbana está asentada hacia la parte oriental. Es posible ver algunos senderos de tierra entre plantaciones tropicales y una que otra industria alternada con unos pocos mantos de agua de accidentada geografía. El aeropuerto es bastante pequeño y su flujo de tránsito es en exceso tranquilo y relajado. Era muy poca la gente que se bajó conmigo en aquel vuelo, por lo que los trámites de migración no fueron muy complicados. Hasta me regalaron una guía con un mapa completo de toda la isla.

Mi principal problema en Nassau fue la comunicación, puesto que el inglés hablado tenía rasgos demasiado particulares asociados al patois, una extraña mezcla criolla que me costó comprender. Sin embargo, por medio de señales logré pedir un taxi que me llevara al hotel, un tal Wydham, situado en Cable Beach, y cuyas instalaciones me dejaron boquiabierto por su fastuosidad. Ostentaba, en su entrada, un enorme salón que hacía las veces de bar, pero principalmente de casino. Mundos de gente jugaban y apostaban en las máquinas mientras bebían exóticos tragos. Por supuesto que en mi vida nunca antes había entrado a jugar a un casino, por lo que aquel gran aparataje solo me intimidó. Tuve miedo de que me cobraran hasta la forma de mirar; lo que me aliviaba era pensar que no había hecho el esfuerzo de ir hasta allá para quedarme encerrado en un casino donde no es posible distinguir el día de la noche. Ahora comprendía por qué me había parecido tan caro el precio y no dejé de sentir algo de culpabilidad, pues quizá si hubiera comprado el boleto de avión y hubiera buscado hotel por mi propia cuenta, sin duda me habría economizado algo de dinero. De cualquier manera, hoy, pasado el tiempo, pienso que fue lo mejor, porque no conocía, no sabía cómo moverme en aquel lugar, no hablaba el complicado inglés de esa gente, ni siquiera tenía noción de las ubicaciones. Entonces, al final de cuentas, puede ser que lo mejor haya sido haberme quedado ahí.

Tras los problemas para hacerme comprender en la recepción y de instalarme en el vigésimo piso de una de sus cuatro alas –porque debo confesarlo, hasta me perdí en el mismo hotel, de tan grande que era– pude respirar con tranquilidad cuando me vi en mi habitación con una impresionante vista al mar. A lontananza podía ver el famoso hotel Atlantis y, entonces, me propuse como meta llegar caminando hasta aquel lugar. En el mapa no se miraba una distancia tan larga y calculé que si me iba por toda la calzada que bordeaba la playa, en término de una hora estaría llegando al corazón de Nassau.

Mi cuerpo estaba cansado, porque me había tocado madrugar ese día, pero no había viajado tan lejos para aburrirme tomando el sol en la playa o para deambular entre los pasillos del oscuro casino. Mi cuerpo pedía actividades al aire libre, ejercicio, conocer a la gente y a la cultura del lugar, así que tiré mis maletas y salí a dar un primer recorrido tímido por la playa privada, almorcé un snack ligero y me puse a tono con unos pocos bahamas mamas y bahamas papas, cocteles tradicionales del lugar. Luego, más decidido, me calcé mis tenis y salí a hacer el recorrido que me había trazado.

No imaginé que aquel cálculo de una hora se convertiría en cuatro horas a pie, no solo porque el calor era agobiante, sino porque la calzada serpenteaba caprichosamente a lo largo de todo el litoral. No obstante, el paseo fue muy agradable, pues la brisa ligera marina refrescaba mi rostro a lengüetazos, mientras disfrutaba la vista que ofrecían algunos proyectos residenciales bastante americanizados y las bonitas iglesias protestantes, con jardines y setos bastante pulcros y bien cuidados. En realidad, había tramos del trayecto que fueron muy desiertos, pero cuando encontraba gente, a pesar de no comprenderlas, podía adivinar en sus sonrisas la cordialidad y hospitalidad que he visto en otros lugares de América.

A eso de las cinco de la tarde entre al centro de la ciudad por la West Bay Street a la altura de Clifford Park, una explanada alrededor de una loma donde me enteré que solían hacerse muchas actividades deportivas, cívicas y culturales.

No esperaba encontrar una gigantesca urbe, más bien, las callejuelas del corazón de la ciudad eran tal y como me las había imaginado, con un toque de puerto caribeño, con casas de madera pintadas con colores chillones y con techos de dos caídas de agua. En la calle principal que da hacia el atracadero de cruceros, bullía una actividad comercial bastante animada. Los turistas iban y venían asombrados de aquella ciudadela corsaria que, sin duda, en otros tiempos sirvió de escondrijo para los piratas. Los vericuetos retorcidos de sus callejuelas que me fueron alejando del bullicio, me llevaron a una ensenada desde donde se podía divisar el muelle, la torre y la fila de cruceros atracados, una imagen que me pareció bastante pintoresca en aquella tarde de sábado que comenzaba a menguar.

El único sinsabor que tuve esa tarde fue que, de pronto, me vi asaltado por un hombre uniformado. Me hablaba en un inglés que no comprendía, hasta que caí a la cuenta de que estaba molesto porque había tomado una fotografía. Después comprendí que en realidad le había tomado, sin querer, una fotografía a la embajada de Estados Unidos en Nassau. Al principio, me sentí intimidado. Pensé que aquel tipo me iba a quitar la cámara y, en el peor de los casos, que iba a quedar preso. Sin embargo, sin duda el buen hombre comprendió mi ingenuidad y solo me pidió, de la manera más amable, que borrara la fotografía. Debo confesar que las habilidades digitales no son mi especialidad, pero creo que el mismo nerviosismo que se había apoderado de mi ser fue el principal impulso para poder borrar la fotografía con éxito. A los quince minutos, salía de la embajada respirando más tranquilo y con paso aplomado.

Antes de volver al hotel, pase dando una vuelta por el mercado de artesanías y regresé en una especie de colectivo al hotel. Fueron demasiadas sensaciones en el día que me dejaron agotado. Esa noche, me encerré en mi habitación y corrí un poco el ventanal del balcón para dejarme adormecer por el sonido del mar, que a eso de la medianoche, se fue convirtiendo en un fúnebre aullido, en un gimoteo intenso y trágico que se me figuró el canto de sirenas escuchado por Odiseo.

 

¿Quién es Leo De Soulas?

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Oscar dice:

    Muy buena narración, saludos.

  2. Ligia dice:

    Me gustó la narración y pude situarme en el preciso lugar

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