La cruzada de los niños

Carlos_ Perfil Casi literal

Hace más de cien años, el autor francés Marcel Schwob escribió un libro sobre niños que, motivados por una fe ciega, obedecieron el llamado de “voces blancas” que escuchaban en mitad de la noche y se aventuraban en busca de una tierra prometida porque “Jerusalén es su Señor”. Leer a Schwob es perderse en el universo exquisito de una prosa perfecta. La cruzada de los niños es un texto breve construido con base en la falta de información bibliográfica sobre un hecho escasamente documentado, pero aparentemente ficticio, acontecido luego de la cuarta cruzada. La intención de los muchachos era convertir de forma pacífica a los infieles, y Schwob reconstruye el testimonio de un conjunto de personas que presenciaron el hecho de forma directa o indirecta.

Hoy que recordaba ese libro de Schwob, pienso que es inevitable pensar en el éxodo que los niños sufrían y también en una cruzada parecida que acontece hoy diariamente frente a nuestras narices. Una cruzada de niños muy similar motivada por una fe que trasciende cualquier religión: una fe llamada esperanza, cuya ingenuidad motiva a centenares de menores que se aventuran, al igual que en el libro, a una muerte casi segura en su trayecto hacia Estados Unidos, de la que solo una mínima parte logra salvarse.

El argumento de la obra está inspirado en hechos poco documentados y es de esa ambigüedad de la que el relato parte. Lo que me lleva a pensar que, independientemente de la documentación del viaje fatídico que los niños de Centroamérica emprenden, tal vez en algunos años, o luego de que pasen unos siglos, surja un investigador empedernido, un escritor apasionado que escudriñe en todas las bibliotecas y hemerotecas los detalles de esta triste migración; y la gente leerá un relato similar al de Schwob sobre niños agobiados por la pobreza, la desnutrición, la discriminación y la desesperanza que se aventuraron con valentía e inocencia a buscar su propio futuro. Tal vez los lectores de entonces, incrédulos al principio, se pregunten cómo fue posible que la historia haya permitido tal atrocidad inverosímil, y juzguen con derecho nuestro tiempo como una edad despiadada que permite que la desigualdad sea capaz de realizar exabruptos de ese calibre. Tal vez, siendo un poco más coherentes con el desarrollo de nuestra historia, los lectores de entonces juzguen el hecho como uno parecido a otro del que ellos puedan sean testigos y comparen a estos niños de ahora con los niños de entonces, pereciendo de una muerte similar.

La historia nos ha enseñado a pensar en la niñez como se piensa en la esperanza. Los niños son el futuro, reza un lugar común de los discursos políticos, acompañado de imágenes que evocan la posibilidad de un cambio, como diciendo que es sobre esos cerebros jóvenes y sedientos donde descansa nuestra salvación. Pero la nuestra, nuestra esperanza es una que ha perdido la esperanza en nosotros y prefiere dejar de vivir en la intemperie miserable que les ofrecemos. Si un niño muere en un viaje emprendido en nombre de algo que no podría ser llamado de otra forma: de nuestro fracaso como sociedad, como democracia y como humanidad; muere porque en esa orfandad llamada patria no se les ofrece una vida para quedarse. ¿Qué esperanza podrá quedarnos a nosotros entonces?

¿Quién es Carlos González?

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Arana dice:

    Historias, pero, creo que estos casos están bien documentados…

    Recordemos alguna no muy lejana, talvez, Elian Gonzalez el niño balsero (no el único niño, pero si el mas famoso)… por ejemplo…apunto, que las balsas con niños siguen llegando a U.S.A. pero los niños son recibidos como refugiados y entregados a familiares en U.S.A. pero bueno…

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