Bitácora de un aventurero. Un fin de semana en Nassau (II)

Leo

Desperté plácidamente entre la suavidad de las sábanas y dejándome arrollar por el sonido marino, como si en mi sueño me arrastrara libremente por la resaca salina del océano. Era domingo y mi último día para disfrutar antes de volver a Miami, donde dormiría una noche para luego retornar a Guatemala. Después de mi rutina matutina, que incluía el refrescante baño y el arreglo personal, tomé de nuevo camino hacia el centro de la ciudad.

Frente a la solitaria parada de buses había un improvisado mercadillo de artesanías con dos o tres puestos de comida callejera, atiborrado de turistas del Wydham, quienes de buena mañana pedían cocteles preparados a base de frutas tropicales, mientras que un grupo de mujeres obesas que vestían unos trajes de colores chillones, muy propios del lugar, improvisaban danzas africanas que llamaban la atención de los fuereños.

En cuanto a los rasgos físicos de las mujeres bahamesas, puedo decir que hay ciertos atributos muy característicos. Las mujeres jóvenes, aunque no muy altas, suelen ser de cuerpos esbeltos y bien proporcionados, aunque desde ya es posible adivinar las dimensiones que sus muslos, caderas y glúteos llegarán a tener en edades maduras. Sus rostros suelen ser llenos, redondos y con pronunciadas frentes curvas delimitadas por cueros cabelludos poco abundantes y rizados. En la mayoría de los casos, el cabello está peinado con diminutas trenzas pegadas a la cabeza, que le daba al cráneo la apariencia de la intrincada geografía cerebral. Por lo demás, sus ojos suelen ser de expresión dulce y maternal, sean mujeres jóvenes o viejas; mientras que la nariz pareciera ser más chata y sus labios mucho más pronunciados que el de la mujer de ascendencia africana promedio. Tienen un exquisito color de piel oscura bronceada llena de vida, que en algunos casos llega a profundidades insondables de la acetona.

El colectivo se tardó una media hora para llegar al centro de Nassau. El plan para hoy era muy claro: caminar desde el mercado de artesanías hasta Paradise Island, que, según mis cálculos, no quedaba tan lejos. Para fortuna mía, esta vez no me equivoqué. Comencé a caminar por la calzada principal, entre unas construcciones que parecían abandonadas, pero que lucían unas pintas con colores brillantes, trabajadas con el cuidado del artista underground; y, aproximadamente, un kilómetro después me encontraba ya en el primero de los puentes que llevan directo al imponente hotel Atlantis. Bajo el sol de las diez de la mañana, sin duda, atravesar aquellos puentes caminando podía resultar cansado. Los puentes comenzaban a elevarse de manera que a la mitad del camino se llegaba al centro del arco para comenzar el descenso. Sin embargo, no me puedo quejar, no solo porque el recorrido fue mucho más corto de lo que pensé, sino porque la vista del océano Atlántico era en verdad majestuosa, principalmente si se tenía como referencia las primorosas construcciones que antecedían a los imponentes edificios ocupados por las instalaciones del hotel. Eran casas dispuestas ordenadamente a la orilla del canal, emulando ciudades belgas u holandesas adaptadas al trópico. Tenían entre tres y cuatro plantas, y techos con caídas dobles de agua. Los tonos pastel en contraste con los muelles donde se alineaban perfectamente lanchas y veleros de todo tipo le daban al paisaje cierto aire de dibujo infantil. Cada paso que daba aproximándome a la isla me parecía mejor que el anterior para tomar una fotografía, mientras que adivinaba el orden y la pulcritud que debía imperar en aquella pequeña comunidad.

Una vez en Paradise Island, no me costó llegar hasta las callejuelas de aquel resort que traspiraba lujo desde cualquier ángulo que se le viera. Tal y como si fuese un poderoso feudo tropical, aproximadamente un centenar de establecimientos comerciales se distribuían entre las arterias jardinizadas, teniendo como fondo imponente el enorme castillo del resort que parecía abrazarlas protectoramente. Claro, el paisaje ideal para el cuento de hadas hecho realidad, aunque no tan impresionante para mí, que podía ver más allá de la ilusión arquitectónica a lo Disney ofrecida por estos establecimientos, la cual, por más ordenada que sea, no le gana en encanto a la arquitectura que rezuma en sus paredes historia viva. Sin embargo, la estancia era agradable y se trataba de eso, de disfrutar el paseo lo más que se pudiera.

La fachada del hotel tenía varias entradas. Las limosinas y carros del año aparcados al frente, exhibiéndose como si fueran trofeos; el lujo de sus puertas chapadas en algo parecido al oro; sus jardines frescos vigilados por personal uniformado; todos aquellos detalles intimidaban. Cuando menos lo sentí, logré introducirme por uno de aquellos portones y me vi caminando entre pasillos amplios, dibujando octógonos que rodeaban estancias más grandes, donde todo tipo de negocios de primera clase alardeaban todo el esplendor de su ostentación y riqueza: tiendas de diseñador, zapaterías, ventas de artesanías, cabarés, casinos, salas de exposiciones, todo lujo y confort. Debo confesar que entre tanta vuelta y por causa del embobamiento que me causaba el radiante brillo de estas tiendas, aunado a las oleadas de gente que iban y venían, en un momento me sentí desorientado. Pero no me preocupaba tanto perderme entre aquella masa de turistas que curioseaban más que comprar. Mientras tanto, reflexionaba acerca de los cambios que han experimentado los viajes a lo largo de la historia. De hecho, los viajes por placer son inventos relativamente recientes, producto del desarrollo tecnológico en los medios de transporte, así como del enriquecimiento, claro está, concentrado en pocas manos. Viajar con todas las comodidades y con suficiente poder adquisitivo se ha convertido en un ideal que proporciona algo muy estimado por las clases acomodadas y para aquellas que no lo son tanto, pero que pueden permitírselo: el estatus. De ahí que el espíritu aventurero del viaje se haya sustituido por la seguridad y la comodidad; de ahí que los destinos turísticos se hayan convertido en productos de mercado que se pueden consumir, como ocurre con las marcas de alimentos mundialmente conocidas. Y aunque no comparta al cien por ciento esa visión capitalista, en el que viajar se ha convertido en uno de los ideales más altos del mundo burgués, no cabe duda que sigue siendo una de las actividades más agradables que existan.

Caminando, caminando, por fin logré llegar a una puerta donde ya no era posible seguir adelante. Imaginé que a ella solo podían acceder las personas que se hospedaban en ese lugar. Se me ocurrió, entonces, con esa fantasía en la que suelo perderme por períodos de tiempo variables, que era una especie de portón mágico que conducía a otra dimensión prohibida para la mayoría de mortales, entre los que me encontraba yo. Fantasee con un magnificado parque acuático, con piscinas paradisiacas donde es posible nadar con los delfines. Pronto volví a poner los pies en la realidad. De lo que no había duda es que ese lugar, por el hecho de ser prohibido, estaba destinado a aquellos pocos afortunados que podían costearse una estadía de lujo. Así que no me quedó otro remedio que dar media vuelta y regresar. Tomé una puerta que me llevó a unas terrazas laterales, por las que fui saliendo hasta estar de nuevo en las afueras del resort. Todavía anduve caminando entre las tiendas de afuera antes de comenzar el regreso a la isla de New Providence.

Era ya pasado el mediodía y el hambre apremiaba. De regreso, en el punto más alto del puente, me solacé con la vista que se ofrecía de la pequeña ciudad de Nassau, rodeada por pequeñas colinas tapizadas de palmas y otras florestas del trópico, una ciudad porteña sin muchos alardes de gran metrópoli, pero con un espíritu salvaje que se adormecía por el calor de aquellas horas sofocantes; una ciudad con abundantes techos de cinc pintados de vivos colores, cual si fuesen extrañas formas coralinas que asoman de entre el verdor de su vegetación.

De nuevo, en el corazón de la ciudad, pasé a comer a un restaurante de esos que, sin ser lujosos, pareciera que tienen algo de cuño aristocrático, extraños, por cierto, en aquel ardiente clima que ni la brisa marina logra atemperar. Antes de volver al hotel, fui a dar una última vuelta por las callejuelas cercanas. Estuve matando el tiempo comprando algunos recuerdos en el mercado de artesanías a donde llegan los turistas que bajan de los lujosos cruceros. También visité algunos edificios que me parecieron emblemáticos, como el Parlamento con motivos neoclásicos y su fachada rosada, en cuya plazoleta se exhibía una estatua de la reina Victoria imperando desde su trono; la torre de su muelle, similar a una de las de la Plaza España, en Barcelona, o a las que se aprecian alrededor de la catedral de San Marcos en Venecia; su pequeña fortaleza enclavada en el cerro que se conoce como los Jardines de la Reina Victoria; la torre del reloj de la catedral, de paredes anchas y ventanas ojivales que sugieren estilos medievales; la Casa de Gobierno, con la estatua de Cristóbal Colón dando la bienvenida en el descanso del graderío que lleva a la entrada principal; y el Museo de los Piratas, al que lamenté ya no poder entrar porque a esas horas de domingo ya había cerrado.

A eso de las cuatro volví al hotel ya con muy poco dinero, pues el viaje que había comenzado una semana y media antes, y que había abarcado Orlando y Miami, estaba llegando a su fin. El atardecer me sorprendió en una de las hamacas de la playa privada del hotel, meciéndome al vaivén de las olas hasta que comenzó a oscurecerse. Entonces, en una de las tantas salas del amplio lobby, a la par del casino, me dediqué a leer hasta entrada la noche una recopilación de cuentos de terror que llevaba. Antes de retirarme a descansar, me senté a revisar mis correos en una computadora de uso comunitario, acompañado, la mayor parte del tiempo, de un peruano, uno de esos turistas aventados con honda como yo, que se van a perder en cualquier rincón del planeta cada vez que pueden. Al final, me preguntó si sabía dónde podía conseguir hierba sagrada, pero yo no tenía ni la menor idea.

Mientras fumaba, antes de irme definitivamente a mi habitación, estuve apreciando el desfile de taxis que llegaba por personas jóvenes, arregladas para comenzar la noche de rumba. Entonces sí sentí un poco de pena por haber llegado tan solo y volví a imaginar lo fabuloso que hubiera sido conocer alguno de los clubes nocturnos del lugar que se me antojaban afiebrados y frenéticos.

Al día siguiente, abandoné desde temprano el hotel y tuve que esperar desde las once de la mañana a las seis de la tarde en el Aeropuerto Internacional de Nassau, una estadía larga en la que terminé de leer los relatos de terror que me acompañaban. Las cosas no terminaron tan bien. Tuve, como ya es costumbre cuando viajo, problemas para salir. La policía de migración me detuvo, me interrogaron, me preguntaron que a qué iba a territorio estadounidense, revisaron mis maletas con una paciencia agotadora, hasta que les hice ver que en unos minutos tendría que estar en la puerta de abordaje, porque si no mi avión me dejaría. Salí bien parado de todo aquello porque tenía la noche de hotel en Miami y mi salida a Guatemala al día siguiente.

Lo más deslumbrante del vuelo fue el hormiguero que parecían las luces de la gran ciudad de la Florida cuando íbamos acercándonos a ella. Una vista espectacular. De ahí, la llegada y mi miedo de pasar nuevamente por las oficinas de migración. Fue grande mi sorpresa cuando, luego de recoger mi equipaje, el pasillo me llevó directamente a las afueras del aeropuerto. Lo que no había entendido –y he ahí lo complicado de mi salida– era que migración de los Estados Unidos me había detenido al salir de Nassau y no al entrar a Miami.

Esa noche llegué a derrumbarme a la cama del hotel. Prácticamente el viaje terminaba allí. Sentía uno de esos deliciosos cansancios que me llenaban de satisfacción. Al contrario de lo que suele ocurrir con muchas personas, experimento una gran dicha cuando retorno a casa, con esa sensación de haber crecido interiormente y haber aprendido de la vida misma. Entonces, me convenzo cada vez más de que viajar es como una droga sin la que ya no podría vivir. Al otro día, una sonrisa traviesa se escapó de la comisura de mis labios cuando logre divisar desde los cielos, entre los copos de algodón, los taciturnos volcanes de mi país y el forraje vegetal de sus tristes montañas. Sin duda, volver también es un motivo de alegría, a pesar del profundo dolor que enluta este país. Sin duda, también, es parte de la celebración de la vida; esa vida que, por complicada que sea, siempre se expresa con ímpetu.

¿Quién es Leo De Soulas?

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