Tantos males

Jimena_ Perfil Casi literal

En los últimos días he buscado la candidez de un abrazo o la tranquilidad que ofrece un oído capaz de escuchar la voz que, dando un consejo, logra un instante de alivio, o la fuerza de quien te incentiva a la lucha con la seguridad de que te acompañará en ella. Lo encontrado fue el espíritu de un viejo gordo y arrogante que de sumar ya tantos miles de años y almacenar grandes intereses de voluntades compradas, lo único que da al género humano es una risa sarcástica y una mirada condenatoria.

Este viejo gordo, de largo cabello, se sienta en un sillón de lanilla café con grandes cojines de tela brocada importada desde Europa a ver cómo nos devoramos sintiéndonos superiores unos a otros, lastimándonos, bombardeándonos, apuñalándonos y por último caminando por las mismas calles y avenidas sin voltear a vernos como hermanos. Al lado, dentro de un templo de sedas, se sienta a observarnos uno de sus hijos, la ambición que nos viene devorando y consumiendo, que nos ha hecho creer que si no la poseemos en cantidades desbordantes seremos eternamente infelices. Pero esa es su trampa y por eso mantiene un perfil bajo, desde las sombras nos ve construir imperios de concreto, nos da como bálsamo el sueño de una abultada cuenta de banco y cuando nos ve llorar derrumbados, únicamente huye cobarde y temerosamente, dejando al alma buscar consuelo en tumbas de dinero que no podrán comprar ni una sola milésima de segundo más y únicamente consolará a los bastardos de la vida, el colocar una lápida de mármol y letra dorada con epitafio falso y rebuscado.

La familia se extiende y la criatura anfibia, siempre delgada y de suaves curvas nos observa, ríe a carcajadas todo el tiempo, toma vino y platos estrafalarios que le sirven para mantener su dieta. Es la superficialidad que nos da en pequeñas dosis felicidad quimérica siempre vestida de múltiples colores y llena de accesorios para no fallar en su búsqueda incesante por encajar. Observa cómo nos llenamos de ella y entramos en una especie de trance que nos aleja de la realidad. En este transcurrir del tiempo lento, el mundo nos gana la batalla sin que nos percatemos de ello, pues sobre una pasarela nos venden el olor ficticio que encubrirá el aroma propio y nos hace creer que debemos desear el secreto de cómo ocultar esa imperfección que, sin en realidad serlo, nos atormenta.

El tercer hijo casi nunca sale de casa, se mantiene enfermo de sí mismo pero le da tiempo, sí, le da tiempo a la indiferencia de invadirnos y de llenar el camino con sus heces que a diario como pueblo tragamos hasta sentir llenura completa. Junto con sus hermanos son los dignos representantes de la gran familia modelo, de la de buenas costumbres y seguidora inefable de la doble moral.

Esta gran familia es huérfana de madre y se le recuerda como una desaparecida más que años atrás fue torturada, violada y asesinada por los esbirros de la muerte que rondan las calles de los viejos barrios —y que ahora son la nueva metrópoli—. Precisamente por eso su estirpe se desgarró y transformó en todo este cúmulo de enfermedades epidémicas.

Sigo buscando el abrazo, el oído, el consejo, la compañía para la batalla; tal vez la encuentre mañana, pero mientras tanto, me consuelo con la voz temblorosa que me despide con un “Dios le bendiga”.

¿Quién es Jimena Minaya?

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