Reflexiones desde el subsuelo

javier-gonzalez-blandino_-perfil-casi-literalA la condesa de Saba,

que duerme cada noche

con la luz del baño encendida.

 

1

El discreto don de la escritura

Libérame del habla demasiado larga.

Maurice Blanchot

Qué bonito es hablar. Uno siente que toda una vida cabe estrujada en una sola respiración. Que todo lo que está allá afuera puede contenerse ciegamente en una sola palabra. Todo, sin exclusiones. Desde el insomnio interminable del mar, los amores hipocondríacos y suicidas, hasta las piedras que caminan en el valle de la muerte en California. Es como un consuelo. Ya sabe, señora. Un consuelo tristísimo y convenido. Hablar es como decir “he sido vencido”. La escritura también. Ya sabe. Hablar – ¡escribir!– no es más que una íntima y dolosa confesión al fracaso, pero ante todo un acto de duelo. Como si todo el tiempo, antes de hablar, alguien te preguntara “¿Cuáles son tus últimas palabras?” Y entonces, señora, uno se lanzara a hablar, avergonzado y a toda prisa, uno empezara a arrojar cosas viejas, una babaza incontenible, arena en los ojos, mechones arrancados por la furia, virutas de un anhelo que van tomando forzosamente una apariencia gramatical, a dar tumbos, a enroscar aquella cabellera grasienta del idioma, todas esas letras que uno anda ahí como tábanos,  el olor que el fuego arranca a la piel, un chillido de jabalí —así se oye, así nos vemos— a dar arañazos contra la pared en vez de tener el valor final para llorar todo el amanecer, en vez de tener el coraje final para ahogar a las palabras una a una en nuestra propia sangre salobre. ¿Ya sabe cómo? ¿Ya sabe cómo?

2

El caso de la fe

¡Ay de ustedes, maestro de la Ley y fariseos, hipócritas!

que son como sepulcros blanqueados, bonitos por fuera,

 pero llenos por dentro de huesos de muertos

y de toda clases de impurezas

¡Serpientes! ¡Razas de víboras!

(Jesucristo; Mateo 23: 27-28, 33)

Sí, sí creo en Dios; en realidad Dios es mi verdadera pasión. Y yo diría que mi única certidumbre. Dieciséis años de Literatura —una menudencia de tiempo, lo sé— han sabido sembrarme, a trechos y con puras raíces, sospechas furiosas por la vida, interrogantes vampirescas, signos en rotación. Dios ha sido mi única y más hermosa certeza durante todos esos años. Y claro, hay que dudar antes para poder llegar a Dios. Ninguna contradicción encuentro en ello. No, ninguna.

Ahora bien, cuando uno se asoma al universo va dándose de narices con lugares donde Dios estuvo hace mucho tiempo. Pero siento que estoy parafraseando a alguien, la frase original creo que iba más o menos así: “El hombre encuentra a Dios detrás de cada puerta que la ciencia logra abrir”. Atribuida no sé ahora a quién: Newton, Bronowski, Einstein, da igual. Quizás por estas razones todo intento por rivalizar a Dios y la ciencia me parece mediocre. Es como una manía compulsiva por los contrarios, como una testarudez infecciosa, un maniqueísmo de cera. Y sin embargo, cualquier forma de fanatismo —la del ateo militante, la del religioso con cadenas, la del que aúlla como perro a las estatuas, la del que escarba en la basura, la del que quiere proteger a la naturaleza y a los perros— no solo me parece vil, sino también irrisoria. Conciliar es más hermoso que escindir. Y porque en la medida en que respeto el credo del otro —en que sé abrazar las diferencias— testifico el propio.

Ahora, mire, cuando uno valora al ser humano dentro de dimensiones reales se entera de la miniatura y de la mediocridad de algunas mentes; por ejemplo, Carl Sagan, a finales de la década de los setenta, ideó un calendario cósmico en el cabría hipotéticamente toda la vida conocida desde los orígenes más remotos del universo hace más de diez mil millones de años. Dentro de este anuario, si fechamos la fundación del universo un primero de enero y nuestro presente la medianoche del treinta y uno de diciembre, y situamos también el origen de la vida en la tierra un veinticinco de septiembre, las primeras flores un veintiocho de diciembre, la aparición del hombre no ocurre sino hasta noventa minutos antes de que el año se acabe, y la escritura apenas un minuto antes. ¿Ha visto?, así de criatura es la existencia del ser humano en la tierra en relación a la anchura del cosmos que es tan remoto. ¿Me entiende lo que quiero decirle?

Y Dios es el gran arquitecto. Sí, ya hay una teoría del gran Diseñador, yo lo sé, porque, efectivamente, la música de las esferas es orquestada por un gran Maestro. Y sin embargo, más allá de esto que afirmo, incluso más allá de mi propia fe, las religiones organizadas han hecho del Dios omnipotente un dios de bolsillo. El genio de la lámpara mágica. Uno frota el costado de la vasija y todos nuestros problemas desaparecen antes que el humo del genio se desvanezca. Hay que chasquear los dedos, dice la tradición, la ley. Quieren amansar al León de Judá y convertirlo en una decoración para sus iglesias; las religiones ven al dios censor y localista, y yo veo a la energía que ha hecho nacer vida por cada rincón del universo. Olvidan que Cristo no es un ilusionista ni un mago de ferias, sino un arquitecto detallista y perfecto, y que la edificación de catedrales memorables toma su tiempo.

Ahora, Cristo se llamó a sí mismo como un río de agua vida, y en verdad lo era, pero las iglesias, o por lo menos la inmensa mayoría de ellas, razonan a Dios desde una doctrina artificial y un aposento estrecho. Allá afuera está el mar en toda su plenitud —el calendario cósmico y los diez mil años de vida sideral—  y los legalistas se dan cabezazos dentro de las peceras de todas las religiones. Sí, una pecera, y como toda agua sin movimiento: el agua estancada huele mal. Harto conocido es el pasaje del Cristo con la mujer adúltera. Los escribanos del templo llevan antes Jesús a la mujer acusada de cometer adulterio, y ellos mismos son los que invocan las leyes de Moisés que exigen que la mujer sea muerta lapidada, que la mujer sea muerta a pedradas, y ahí mismo, incluso le están sugiriendo al Nazareno que él arranque con la ejecución. Cristo los escucha detenidamente, pero sin verlos, mientras escribe con su dedo sobre la tierra alguna grafía conmovedora. Y entonces es que lanza aquel rayo que aún no cesa, aquellas palabras penetrantes que hicieron avergonzarse a toda la turba de acusadores: “el que ahora mismo esté libre de pecado, que lance la primera piedra”, y la caravana se fue marchando uno a uno, los más ancianos primero, hasta que ya no quedó nadie. Una cátedra de amor: la gracia de Dios desborda cualquier intento punitivo del hombre consigo mismo.

Años más tarde la ley fue la que enjuició y dio muerte al Cristo. Los legalistas saduceos, los espantapájaros del templo, los sabihondos de las escrituras, empuñando los papiros de su tradición, empujaron al Mesías por el despeñadero de la ley.

Otra cosa, el libre albedrío fue el más hermoso regalo de confianza que Dios pudo haber hecho a los hombres, a sus hijos. Pero nosotros lo hemos arruinado todo con nuestras ansiedades y nuestras vanidades borrascosas. Y es que Él mismo lo ha sabido: que no se puede amar a Dios sino es desde la plena libertad de nuestras decisiones. Incluso, creo que no hay otra forma de amar a Dios que no sea desde nuestra propia duda. Si no, no sería amor, sería ley: sería el obediente y simple cumplimiento de un decreto celeste. Y eso no es amor, sino legalismo.

¿Pero todo esto no es más que otro artificio del autor de este artículo? No lo creo, o por lo menos no esta vez; en la Biblia misma abundan ejemplos sobre esto que sugiero. Mire, señora, por ejemplo: Elías, el profeta más temido del Antiguo Testamento y quien hizo que lloviera fuego de los cielos, se acobardó ante la vulgar amenaza de una hechicera siria, dudó de su unción, y se fue a esconder a una gruta. Luego Juan el bautista, de quien el propio Mesías dijera: entre todos los hombres de la tierra ninguno ha sido más grande que Juan, tembló antes de ser decapitado, frente a la soberbia de su captor: el rey Herodes, y dudó a tal punto que tuvo que enviar nuevamente a sus discípulos a interrogar a Cristo para saber si este era o no el mesías. Pedro, piedra de toque de la Iglesia católica occidental, hizo negaciones en cadena antes del alba.

Ahora, ¿y nosotros? ¿A dónde está el libre albedrío que fuera un regalo sin condiciones? Las religiones la han militarizado, han mutilado la gracia de Dios. Nosotros lo hemos echado perder con nuestras fanfarronadas, nuestros decálogos histéricos y nuestras sentencias estúpidas. ¿Queda claro que no estoy hablando de libertinaje, verdad, señora? Sino de ser libre, del derecho mínimo para decidir sobre nuestra vida sin la intrusión de la liga de la justicia de una religión. Lo demás es chatarra religiosa, feligresía hipócrita, zigzagueos del que no conoce a Dios. Los demás son los cuervos de la carroña, de la condena.

3

El sueño de la razón produce monstruos

                                      Llegará un día en que la lengua

se volverá contra los que la hablan.

  Gershom Sholem

Lo recuerdo todo con absoluta nitidez. Ni siquiera es necesario imaginarlo haciendo mayores esfuerzos. Basta con reconstruir la relación de los hechos echando mano de los detalles más necesarios,  inconfundibles. Fue hace como dos años, en los tiempos en que el hombre común anhelaba al menos una certeza para sí mismo. Ahora ya ni eso. Bueno, en fin, yo trabajaba durante la semana en una oficina postal del gobierno y los sábados me había metido a estudiar Derecho en una universidad privada. Ese sábado, en particular, era el último del cuatrimestre y la clase en cuestión la que más dolores de cabezas nos daba a todos: Derecho Fiscal.

El profesor llegó con más de quince minutos de retraso al salón y a toda prisa amontonó sus cosas en la mesa, las carpetas con sus anotaciones y su paraguas que parecía más bien un animal torcido y moribundo. El hombre era toda una autoridad en el tema, un doctor, un hombre de ciencia, de esos que escriben libros que uno ni entiende, de esos que salen al extranjero a dar conferencia a universidades distantes que uno conocerá solo por la televisión. Carraspeó y empezó a apuntar la fecha y el tema en el pizarrón. En letras azules y mayúsculas. Manchas de sudor sobre su camisa bajo la axila. El marcador desenfundado en la mano derecha, al aire y amenazante.

Entonces ha hablado. Ha dicho algo sobre la clase, del tema del día. La Reforma Tributaria y las novísimas clausulas en las recaudaciones municipales. Y luego se ha quedado viendo hacia los ruedos de su pantalón. Así, como un completo idiota. Con unos ojos aterrados y fantasmagóricos, pero también llenos de vergüenza y de culpa. Ahí se quedó, pues, ni qué decir, por un momento, luego de hablar, viéndose las pantorrillas, como si las palabras que recién pronunciara fueran una parábola de arena derramándosele sobre sus zapatillas.

Al rato se sentó, inmóvil y sin volverse hacia nosotros. Se veía asqueado, inapetente. Aún con los ojos estúpidos. Todo el salón enmudeció de tajo. Se oyó que alguien rasgaba una página muy al fondo. Los siseos de los abanicos del techo, yendo y viniendo con aburrimiento, como los de una marea del aire.

Y el hombre seguía ahí, borroso, paralizado por su propia voz.

Creímos una meditación prolongada, un retraso en su memoria a corto plazo y en el hilo de sus ideas doctas. Una pesadez por el almuerzo. Pero no ha sido eso, luego lo hemos sabido. Porque el jurista ha limpiado su escritorio con un manotazo bronco y las hojas han volado por todas partes. Cuchicheos al fondo, asientos que se arrastran. Creo que alguien estornudó. Porque el jurista ha empezado hipar. Sí, un hipo sucio y cortopunzante. Ira y vergüenza dando tumbos acuosos en sus ojos.  Dando hipos, el jurista ha seguido dando brazadas en su escritorio hasta desembarazarlo de todo.

Y luego, ahí frente al grupo, en medio de ese sábado de exámenes y del cierre del cuatrimestre, en medio de su jurisprudencia venerable en forma de tratados y artículos con reformas, en medio de sus notas revoloteando por el viento de los abanicos y ajadas por sus zapatillas, en medio sí mismo, el hombre ha lanzado un hondísimo sollozo  —que era también un quejido dulcísimo— y luego se quedó dormido.

¿Quién es Javier González Blandino?

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Jesser dice:

    Fue una experiencia a plenitud de desarraigo de la mentira, y ha dejado claro lo que realmente es…

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