Joyce Carol Oates y Virginia Woolf, narradoras de memorias

Diana Vásquez Reyna_ Perfil Casi literalLas memorias relatadas por escritores son de las fotografías más lúcidas y críticas con las que se pueden contar en la literatura. En muchos puntos hacen de la vida cotidiana un relato lleno de escabrosos y relucientes detalles.

La británica Virginia Woolf leía y escribía diarios y memorias, no solo sobre su vida, sino de otras personas por encargo. Este género (por llamarlo de alguna manera) es una las no ficciones más fascinantes y elaboradas ya que los recuerdos cambian de matices y colores, expresiones y palabras. Cada vez que se cuentan, el monstruo tiene cara de héroe-villano, y aquel andrógino, que solo trataba de esconderse, vuelve a vencer al monstruo una y otra vez, y cada muerte es sumamente atractiva.

La estadounidense Joyce Carol Oates, reconocida académica y prolífica escritora, publicó en el 2011 A Widow’s Story (Memorias de una viuda, en español), en el cual con un discurso sencillo y claro (no por ello simple) comparte su descarnado embate con la soledad, los ataques de ansiedad y la impotencia ante la muerte de su esposo.

Estas memorias tienen una aguda observación social, que caracteriza toda la obra de Oates. A cada página aparecen golpes directos al rostro, tropezones y caídas por los procedimientos y trámites burocráticos cuando se ha perdido a un ser querido. La muerte nos pasará a todos, pero ninguno estaremos preparados para cuando ella entre y llene de vacíos todo aquello que ni siquiera imaginamos.

Adentrarse en esos cuartos privados, que a veces permanecen ocultos al público lector durante muchos tiempo, es adentrarnos en la médula humana, realmente conmovedora y espantosamente frágil. Para describir un recuerdo siempre hay que reinventarlo y de esta manera es posible hilar una historia penetrante, con situaciones comunes que se convierten en osadías.

Moments of Being (Momentos de vida, en español), de Virginia Woolf, es una compilación póstuma de seis textos autobiográficos que habían quedado como borradores, con muchas revisiones y la mayoría escritos a mano. Cinco de ellos llevan la marca de “obra en desarrollo”, y los últimos tres fueron leídos por la autora “a aquellos para quienes los escribió”. Con un trabajo arduo de edición y criterio se hizo público el volumen completo en 1976.

Este libro no solo presenta sucesos de familia, sino en muchos rincones, si se lee atentamente, plantea grandes interrogantes de la humanidad, de una vida victoriana que aún se repite en otras latitudes, de la sociedad y del papel de la mujer sin derecho de tener una vida propia. Además es un mosaico de sensibilidades y expresiones que develan melodías y placer, como característica fundamental de la obra de Woolf.

El hilo conductor de ambas memorias es el personaje femenino que afronta sin capa y sin espada un terreno que no ha sido creado para ella. La soledad no significa lo mismo para los hombres que para las mujeres en sociedades que no se acostumbran a verlas como sujetas autosuficientes, independientemente de los vínculos intelectuales, amorosos y de compañía que hayan forjado a su alrededor. Una viuda, una hija sin madre o una mujer sin esposo muchas veces queda al lado de los ceros al lado izquierdo.

Hasta se podría pensar que una discapacitada ha tomado el espacio de la mujer cuando se le encuentra “sola” frente al mundo. Incluso, esa estructura social-psicológica alrededor de la mujer y la soledad ha calado en los huesos, ha permeado el pensamiento y la autoestima.

Tal vez es la mujer la única que tiene la capacidad de traducir ese misterio que envuelve la fragilidad y la fuerza en un cuerpo a veces ausente, por cuanto es la única que debe imponerse a una marea que la ha arrastrado por siglos para mantenerla en un bajo perfil, para que haga las “tareas sencillas”, para que dirija la casa, y al final tome la decisión de qué palabras usar para contar cómo sucedió la historia de la cual fue la única superviviente o la única que se atrevió a hacerlo.

¿Quién es Diana Vásquez Reyna?

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Carlos dice:

    Qué buena onda Diana, a mí también me gusta mucho leer diarios. Raras veces son pensados y escritos con la idea de no hacerlos públicos alguna vez, porque el hecho de escribir y el lenguaje mismo es un hecho cultural. Pero en los diarios, la parte individual e introspectiva es mucho más fuerte, e íntima. Se da ese juego de escribir desde un lugar oculto o escribir para uno mismo. Además, descubrís un escritor o escritora que en realidad no conocías en lo absoluto, completamente diferente a como sus obras lo pintan. Me has convencido de leer los textos autobiográficos de Virginia Woolf sobre los que escribís.

    Personalmente, el diario que más me ha gustado es el de Cesare Pavese: “El oficio de vivir” y te recomendaría, si no los has leído aunque creo que es por ahí por donde van tus lecturas, los diarios de Anaïs Nin: “Incesto” y “Fuego”. Me entusiasma la idea de leer los de Kafka.

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