Confieso que he reñido

Rubí_ Perfil Casi literalHay pláticas que se momifican en la mente; unas  con mayor firmeza que otras. Honestamente no imagino un cerebro capaz de rebobinar detalle a detalle en la esfera del espacio y del tiempo, todas y cada una de aquellas conversaciones en las que se ha visto potenciado, ¡y mejor que así sea!, pues es la única manera de hacer de nuestra memoria la caja de Pandora; etérea esfera de donde antojadizamente tomamos pasajes sobre los cuales escribir. Este es el caso, mi caso.

Tal y como una palabra propia se teje con otra ajena y la urdimbre comunicativa construye un recuerdo que involucra sujetos que intercambian opiniones sin afán de coincidir en todas ellas, tuve la fortuna de participar en una encendida conversación con un personaje —que al pasar sus ojos por aquí sabrá quién es— con quien debatíamos un asunto en particular: lo desechable de las frases célebres dichas por personajes de importancia histórica a causa de su propulsión en Internet.

Este docto e intelectual hombre —apelativos que le encantan— argumentaba sobre lo ridículo de la postura que adquiere una persona equis al “hurtar” una frase célebre, dicha o escrita por algún pensador para reflejar ideas y sentires que su inutilidad mental le prohíbe maquinar, solo porque aquella esté clasificada en la estantería de los pensamientos a la orden de un clic. Según mi compadre de libros y tragos, todo es parte de la banalización de la literatura, las ciencias, la filosofía, etcétera. Para él, el hecho de que una persona que no conoce la obra La voz del maestro del libanés Gibrán Khalil, no tiene el derecho de apropiarse de frases: “La vida nos lleva de un lugar a otro; el Destino nos traslada de un punto a otro […]” para colocarla enmarcada en un paisaje desértico en algún muro social, como estandarte de un intelecto construido con retazos de lecturas animadas de ayer y hoy. “Ese derecho que se gana leyendo, conociendo y siendo, no usando ideologías de otro al que no conocemos.” dijo.  Estas palabras fueron para mí un fuego cruzado, no por estar en contra de ellas, sino por la extraña validez que me representaron antes de pronunciarme semánticamente a las mismas.

No estoy segura si culpar o no a la brecha generacional. Madurando la idea, no hay culpables, simplemente diferimos en opinión; por lo tanto a nadie sorprenderá que yo, nacida al final de los ochenta, usuaria de redes sociales, lectora e igualmente consumidora de medios de lectura no impresos, saliera en defensa de la moderna propagación del conocimiento. Indudablemente, apoyo en un grado ligero los legítimos sentires de un lector que merece toda mi admiración por haberse construido a sí mismo leyendo en las bibliotecas públicas, rescatando libros de los lugares menos literarios imaginables, y cambiando refacciones por libros. Sin embargo, esto no legitima un juicio de guillotina contra los beneficios de la tecnología. Ultimadamente, todo en este mundo es palabra, dicha o escrita, pero todo es palabra y todos somos dueños de ellas.

A mi parecer, y respetando mucho a quienes concuerden con las nostálgicas ideas musolínicas de mi amigo lector, las pequeñas cápsulas poéticas, narrativas, sociológicas, filosóficas, sicológicas, antropológicas, políticas, científicas, o de cualquier otra índole que se me pase por alto, juegan un papel de trascendencia en un mundo de información heterogénea. La clave es la tolerancia. No con las personas que usen y desusen frases que para nosotros hayan significado una luz en medio una pasta roída. La tolerancia debe ser con los medios de comunicación cibernéticos contra los que no podemos ni debemos de fraguar inútiles y resentidos ardides.  Si el propósito no es el plagio, me veo obligada a objetar que el conocimiento, impreso o virtual, no tiene un solo dueño, tampoco un medio mejor o peor para incubarse en aquellos que a su bien se disponen a adquirirlo o usarlo.  Si por un lado una frase cortada de una novela de George Bataille no nos hace asiduos lectores, tampoco nos perfila totalmente ignorantes u oportunistas del saber. Es simplemente adaptación de recursos a los que todos tenemos acceso.

Irónicamente, el acalorado debate me trajo el recuerdo de un político pero sensato Neruda del que no me plazco tanto al releer.  Mi defensa del libre albedrío de las palabras llegó con una fracción de Confieso que he vivido:

“[…] Todo lo que usted quiera, sí señor, pero son las palabras las que cantan, las que suben y bajan… Me prosterno ante ellas… Las amo, las adhiero, las persigo, las muerdo, las derrito… Amo tanto las palabras… Las inesperadas… Las que glotonamente se esperan, se acechan, hasta que de pronto caen… Vocablos amados… Brillan como perlas de colores, saltan como platinados peces, son espuma, hilo, metal, rocío… Persigo algunas palabras… Son tan hermosas que las quiero poner todas en mi poema… Las agarro al vuelo, cuando van zumbando, y las atrapo, las limpio, las pelo, me preparo frente al plato, las siento cristalinas, vibrantes ebúrneas, vegetales, aceitosas, como frutas, como algas, como ágatas, como aceitunas… Y entonces las revuelvo, las agito, me las bebo, me las zampo, las trituro, las emperejilo, las liberto… Las dejo como estalactitas en mi poema, como pedacitos de madera bruñida, como carbón, como restos de naufragio, regalos de la ola… Todo está en la palabra… Una idea entera se cambia porque una palabra se trasladó de sitio, o porque otra se sentó como una reinita adentro de una frase que no la esperaba y que le obedeció. Tienen sombra, transparencia, peso, plumas, pelos, tienen de todo lo que se les fue agregando de tanto rodar por el río, de tanto transmigrar de patria, de tanto ser raíces… Son antiquísimas y recientísimas… Viven en el féretro escondido y en la flor apenas comenzada […]”

Poco o nada puede agregarse a la taxonomía de bondades que hay en las malditas negras —como las  llama Cortázar en Rayuela—. Así como Neruda confiesa en su libro, yo confieso que no había pensado en este polémico tema hasta llegada la confrontación y contraste de juicios; experiencia que me despertó posturas que no sabía que sostenía. Por tal razón menciono al principio lo sustancial de algunas conversaciones que, no por ser incómodas, dejan de ser trascendentales y constructivas. Pero pese a ello, mi espíritu es férreo y no cambio mi visión utópica de la causalidad. ¿Quién sabe? A lo mejor, una frase tuiteada o publicada en el muro de alguna persona sea el anzuelo perfecto para que nazca un nuevo lector.

¿Quién es Rubí Véliz Catalán?

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Estimada Rubí: yo también, al igual que tú, soy un recolector de citas. Las marco con lápiz en mis libros, y si no tengo lápiz en ese momento, les doblo la esquina superior para que no se me pierdan, y si el libro no es mío, las apunto en cualquier pedazo de papel (desde una servilleta hasta un recibo de luz), y si no tengo papel, en un mensaje de texto en el teléfono, y si no tengo a la mano nada de esto, no me queda otra más que memorizarlas. Como podrás ver (y seguramente a ti también te ha pasado), todo esto de recolectar citas implica un “sacrificio extra” (por llamarlo de alguna forma, aunque para mí no lo es, o tal vez sí un poco, si tomamos en cuenta que para ello muchas veces habrá que manchar y doblar las páginas de nuestros propios libros) … como decía, todo eso implica un sacrificio extra al que nadie nos somete excepto nuestro propio deseo, y que una gran mayoría de lectores superficiales jamás estarían dispuestos a llevar a cabo, acaso por una inmensa vanidad de creer absorberlo todo, o acaso por simple haraganería o “hueva”, como le dicen. Nosotros no buscamos a las citas, ellas nos encuentran a nosotros; no nos proponemos encontrarlas, ellas llegan de repente. Hay citas buenas en libros malos, así como hay libros buenos sin citas buenas, en fin, tampoco se trata de buenas o malas lecturas. Pero vengan de donde vengan las citas, me siento orgulloso de ellas porque son las heridas compartidas (entre el autor y yo) en cada una de mis lecturas, son las cicatrices de mis años recorridos como lector.

    Ahora bien, para el “docto e intelectual hombre” que dice que publicarlas y compartirlas es un “plagio”, empieza por remitirlo a un diccionario para que conozca el significado de este término. Sin profundizar más de lo necesario, sólo a partir de eso podrás darte cuenta que nada de lo que dice tiene validez. Claro, seguramente se trata de un resentido que te tiene envidia porque disfrutas tus lecturas más de lo que él ha de disfrutar las suyas. Es una pena que siendo un “docto e intelectual hombre” no sea capaz de conocer el impacto potencial de una cita para motivar a leer la obra de la cual proviene, o simplemente para crear nuevos lectores (tal como tú lo has mencionado aquí con mucho acierto); y por supuesto, probablemente él nunca habrá dicho algo lo suficientemente interesante como para ser citado por alguien más en un epígrafe o en un post de Internet; por eso abre la boca, de lo contrario te aseguro que la tendría cerrada, y tu artículo de hoy hubiese sido sobre cualquier otra cosa.

    Compartir citas de otros es la forma más honesta, humilde y eficaz de formar nuevos lectores. Honesta porque no interviene tu palabra, humilde porque cuando lo haces estás dispuesta a desprenderte totalmente del “yo” para enfocarte en otro, y eficaz porque llegan más rápido que una novela, que un cuento y hasta que un artículo como todos los que se publican en Casi literal. Mientras un lector nuevo sea para ti motivo de satisfacción, nunca te arrepientas de hacerlo, y mucho menos a causa de resentimientos ajenos. No vale la pena.

    Saludos y un abrazo.

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