John le Carré al cine

Alfonso Guido_ Perfil Casi literalAlgunas veces uno adopta prejuicios hacia un autor de ficciones sin haberlo leído. Esta actitud resulta siendo injusta pero muchas veces inevitable, sobre todo en estos tiempos en que de las imprentas sale cualquier cosa que venda sin importar el verdadero valor literario que pueda o no tener.

Este ha sido mi caso particular con John le Carré, un escritor británico de novelas policiales que hasta ahora me he resistido a leer, no precisamente porque no me guste el género, sino porque al igual que muchas otras personas, siento una aversión natural —aunque quizá algunas veces injustificada— hacia los best sellers, y tengo entendido que lo que publica este autor se promociona y vende en grandes cantidades.

No digo que los best sellers sean todos “malos”, pero esta concepción es una de las tantas manías y prejuicios que uno suele adoptar tras cinco años de preparación literaria académica —y quienes han pasado por eso, sé que no me dejarán mentir—, desentrañando obras y aprendiendo a diferenciar entre la “buena” y la “mala” literatura por medio del análisis de sus componentes. Hoy en día, sin embargo, me doy cuenta que hasta los análisis más eruditicos sobre literatura, así como de cualquier otro tipo de expresión artística, no se libran de la subjetividad, no son más que una perspectiva particular y jamás reflejarán una verdad absoluta. La influencia de esa opinión dependerá la mayoría de veces del alcance físico que tenga y de la reputación de quien la emite, mas no precisamente por su validez. Pero aquí habría que detenerse un momento para hacer una diferenciación necesaria entre reputación y fama, o entre alcance intelectual y alcance publicitario, pero todo eso es parte de un cuento largo que será bueno abordar en otra ocasión porque veo que al igual que otras veces ya me desvié millas luz de lo que venía contando.

Volviendo a le Carré, hay algo que me ha pasado con este autor en particular a pesar de no haberlo leído nunca y que lo mantiene en un lugar especial muy a pesar de mis prejuicios literarios: las adaptaciones de sus obras al cine han provocado una gran admiración de mi parte. Debo confesar que esto es algo que no me ha pasado con ningún otro escritor de best sellers que no haya leído —y que seguramente no leeré—. Me pasó hace algunos años con El jardinero fiel (The constant gardener, 2005), un thriller de misterio que cuenta la historia de un hombre que busca esclarecer la muerte de su esposa, una activista social asesinada en Kenia justamente cuando preparaba una denuncia hacia una transnacional; esta película, además de contar con una muy buena trama, me presentó a la mejor Rachel Weisz que he visto actuar hasta ahora y que siempre he extrañado volver a ver. También me volvió a pasar una noche de estas con El hombre más buscado (The most wanted man, 2014), una historia de espionaje contextualizada en nuestro tiempo que gira alrededor de un inmigrante checheno y propenso terrorista que llega a Alemania de forma ilegal, pero cuyo trasfondo deja al descubierto la falta de juicio con la que muchas veces proceden las más altas esferas del poder mundial en asuntos de seguridad. De este filme, además de su historia bien contada, habría que hacer mención especial de la magistral actuación de Philip Seymour Hoffman, que a pesar de haber fallecido a principios de este año, no me extrañaría que figurara como uno de los más fuertes candidatos a ganar el próximo Premio de la Academia como mejor actor principal, precisamente por su rol en esta película interpretando al espía Günter Bachmann. Sé, por otra parte, que en los años sesenta se lanzó el film basado en El espía que surgió del frío (The spy who came from the cold), y que no hace mucho tiempo se produjo una nueva adaptación de la misma novela. Habría que verlas, quizá no sea una casualidad que resulten siendo sumamente interesantes.

El cine es un arte que cuenta con luz propia y por ello no cabe duda que la mayor parte del mérito de estas dos magníficas producciones cinematográficas corresponde a sus directores (Fernando Meirelles y Anton Corbijn, respectivamente), que para muchos vienen a ser los verdaderos artistas de una puesta en escena; pero tampoco habría que negar que las historias de le Carré —al menos en estos dos ejemplos— son buenas ficciones, muy bien elaboradas y a las que no les sobra ni falta nada a pesar de su complejidad, acaso de esos raros especímenes que tienen mayor valor artístico en una pantalla que imprensos en el papel. Sé que esto es algo que no puedo afirmar sin haberlo leído, pero lo que al menos sí he podido comprobar hasta ahora es que sus historias son buena materia prima para crear buen cine.

¿Quién es Alfonso Guido?

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Comparto tu aversión injustificada y también me he resistido a leerlo.

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