Disquisiciones

Eynard_ Perfil Casi literal

No existe Dios alguno dice el hombre que creyó servirle a ese ente tan lívido, tan transparente, tan etéreo, pero en realidad se dio cuenta que a quien le estaba sirviendo era a los hombres en primer lugar y a él más que todo, a su orgullo y vanidad. Este hombre es el padre Sergio, también conocido como Kasatski.

Dios, durante toda la vida del cristianismo hasta nuestros días y seguramente para toda religión existente, es el final del túnel de la desesperación, para todo aquel que no esté convencido de su inexistencia o de su renegación. Dios, creo, es la excusa de la debilidad y precisamente la creación de esta excusa para el pensamiento humano ante situaciones plenamente complicadas. Viéndolo detenidamente, aunque parezca trillado el argumento, pero en realidad es un escape ante la responsabilidad de nuestros actos totalmente irresponsables (o el puro cruel destino que no nos permite hacer nada bien) que nos han llevado a la desdicha, así que buscamos una salvación irremediable.

El padre Sergio tenía un problema que es reconciliable con esto que se dijeron una vez los amigos de Coperacha Films en el cortometraje Suicidio (ganadores del primer lugar de El Aguacatón de Oro 2014): “el cielo hizo bien impidiendo la plena comprensión de su belleza”. El problema del padre Sergio dentro del marco de una religión conservadoramente castrense de entre mediados y finales del siglo XIX era la renuncia de su orgullo y la vitalidad de su ser, eliminar toda voluntad inherente a su ser (como si no hubiera costado crearla a partir de la evolución, etcétera, o más bien, es el juego de lucidez de aprender para desaprender) por la encomendación ante el servicio de Dios. Terminar siendo un fantasma seguidor sin alma porque ese interés “de la vida estribaba no solo en subordinar cada vez más plenamente la propia voluntad”. El sacrificio te pide lo último hasta ser nada, solo el cuerpo frío y maleable por los designios inescrutables. Esta es la idea, este es el fin.

Esta idea de servirle a Dios con la cabeza gacha viene a partir del momento en donde la confianza que él poseía en la humanidad fue quebrantada y se quedó solo ante el mundo: su prometida absolutamente pura y celestial no lo resultó en su mayoría, pues era amante del zar de turno y el pobre Kastaski cayó en medio de la desesperanza total que, por inercia, lo llevaría a entregarse a esa entidad tan etérea como dije, tan ligera, tan incorpórea en su obviedad en donde el poder de la idea es la predominante para admitir su existencia que viene a ser instituida por la fuerza desde el inicio de su vida y, como lo último que te queda como ser humano es regresar al pensamiento límpido de tu madre que te resguardará del mundo implacable, en aquel momento era mejor regresar a la idea total y protectora de Dios de la infancia: “¿y adónde podía conducirle la desesperación? ¿A Dios, a su fe infantil, que nunca había perdido?”

Pero el padre Sergio es débil porque pertenece al mundo de una manera u otra como todo ser humano, pertenece a la realidad que se ha creado y de la cual no puede alejarse. Tantas veces me pregunto qué tan normal y sano podrá ser el ascetismo, pero, si no recuerdo mal, después del alejamiento, del enclaustramiento en la cueva, cada uno regresa a su inicio en el mundo, a la convivencia aunque sea en contra de su mayor deseo. En fin, apartarse, algo que en este mundo occidental tantos quieren pero que les es imposible. “¿Para qué ha de existir el mundo, con todos sus encantos, si es pecaminoso y hay que renunciar a él?”, pregunta con ahínco el padre Sergio. ¿Por qué Dios ha creado la tentación del pecado, el pecado mismo que mi cúpula religiosa puso en el pecado? La realidad total es el horror hacia la duda y la pregunta si querés pretender ser santo como el padre Sergio.

Ha de ser difícil el mundo cuando tu fe es mermada por tus pensamientos alrededor de lo que te ocurre en la vida, por las situaciones incontrolables de las circunstancias del destino. Así ocurrió al final. Al padre Sergio la gente le otorgó poderes de sanación y se convirtió en el santo sanador que debía hacerlo esclavizadoramente, pues la gente lo necesitaba y él no podía rechazarla. Se dedicó tanto a sanar que pronto dejó su rutina asceta y las oraciones cada vez empezaron a dejar de escucharse; los monjes del monasterio que estaba a su lado empezaron a utilizarlo con mayor descaro, ya que era una gran atracción “turística” digamos; él empezó a cansarse. De ahí vino el problema del servicio que se habló desde un principio: ¿a quién le estoy sirviendo realmente? ¿A Dios, al hombre o a mí? Primero pensó que le servía a Dios porque en apariencia se dedicó a rezar, después de dio cuenta que le servía al hombre porque empezó a darle prioridad ante cualquier situación en su mundo, así que después dijo que él era una herramienta de Dios para comparecer y ayudar al hombre, pero finalmente concluyó en que se había retirado para servirle a Dios por puro orgullo suyo que vino por el despecho de una situación mundana, la situación personal que provocó llevarlo hacia el alejamiento y, aún así, falló al servir al hombre por orgullo y vanidad de saberse especialmente útil. Esa parte de su vida fue confusa en medio de tres elementos: Dios, la sociedad y él. ¿Cuál de los tres era el real y cuáles eran los terriblemente dañinos en medio de la realidad y la confusión del bien? Por último el padre Sergio creyó que Dios se le estaba haciendo presente.

Toda esa historia que, creo, habla sobre el conflicto de Dios con miradas de puro siglo XIX, me hizo recordar todo ese problema de su existencia o inexistencia que ya había dejado por un lado por irremediable: ¿a dónde vamos o a dónde no vamos cuando no puede saberse si de verdad existe un camino? Pero lo interesante es la fuerza que nosotros le damos a una idea que concebimos o nos hacen concebir con mayor seguridad, que creemos, que la defendemos y por la cual damos cuerpo y alma. Esto es lo más curioso, damos todo de nosotros para defender algo que nos ha convencido. Solo pensamos un rato hasta qué punto tiene fuerza nuestro convencimiento. Finalmente, si esta idea no nos es compatible terminaremos buscándola en verdad o en burla como Diógenes buscaba con una lámpara durante el día las grandes Ideas de Platón.

Terminando con el asunto de Dios, Sébastien Faure creo que dice lo más acertado que el padre Sergio seguramente nunca admitirá: “¿Tendrán la manía de pensar y la tontería de creer que de un vuelo pueden llegar a las alturas que Dios ocupa? ¿Serán presuntuosos al extremo de creer que su pensamiento, que es finito, pueda comprender lo infinito? (…) Tengan, en fin, la probidad de reconocer que, si porque a mí no me es permitido concebir ni explicar a Dios, se me niega el derecho a negarlo, a ustedes, como a mí, no les es permitido concebirlo ni explicarlo; tampoco tienen derecho a afirmarlo.”

¿Quién es Eynard Menéndez?

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