No quiero matar a Asturias

Fernando_ Perfil Casi literalAlgunos franceses en los treinta, pensaban que en Centroamérica aún se sacrificaban vírgenes a los dioses para suplicar cosechas y cazaban con lanzas. Llegó entonces un tipo extraño, con rasgos monolíticos, que sabía francés y que había escrito un libro ―no un códice―. Y encima, iba «recomendado» por Paul Valéry. Era Asturias. Los franceses entonces pensaron que Asturias era el referente antropológico de Guatemala. Y estudiaron sus novelas como un documento étnico; lo definieron, como bien dice Arturo Arias, como el escritor de la «problemática étnica». Otros, lo pintaron como un farsante, un escritor que, a diferencia de Arguedas o Twain, no había representado correctamente la cultura de su país. Lo que no se molestaron en deducir es que Asturias no planeaba ser un cantor étnico, ni un antropólogo. Lo que Asturias siempre quiso fue darle su propio color a Guatemala. Ser inmortal no por palabras, sino por imágenes, por formas. Es sencillo describir una fiesta regional; lo complicado es darle la vuelta.

Podemos ver a Asturias desde distintos ángulos. Para unos es el máximo escritor de Centroamérica, pujando codo a codo con Darío. Para otros, un escritor barroco pasado de moda. Para unos cuantos, una pieza de museo, políticamente correcta.

Curándose en salud, muchos críticos dicen que la genialidad de Asturias es puramente verbal; algunos lo comparan con Quevedo y Joyce; yo creo, sin caer en ortodoxias o adulaciones, que esa construcción verbal es un puente. Baudelaire creyó que la literatura es un bosque de símbolos; Mallarmé dijo que todo va, al fin, a los libros. Esto significa que la palabra es un medio, una vía entre el lector y el escritor. No niego, sin embargo, que Asturias trazó un camino de rosas; para llegar a él, hay que toparse, de vez en cuando, con espinas.

Asturias sería un paisajista mudo si solamente se detuviera en el mundo real. Sería más bien un etnólogo o un folclorista. No; decididamente, Asturias es otra clase de escritor. Es un escritor imaginativo -algunos dicen que demasiado- que llevó a la escritura a límites insospechados de astucia y control. No es fácil ser barroco; Shakespeare, Cervantes, Donne y Lugones sobreviven porque podemos bucear en sus palabras; o lo que está detrás de ellas.

Guatemala es rica en tierra, en gente, en comida, en bailes, en trajes, en fiesta, en dolor, en amargura, en historias inacabadas, en hambre, en brujería (magia), en guerras (masacres), en injusticia (impunidad), en depresión y descontrol. La obra asturiana es caótica, porque Guatemala lo es. Y el caos, según los griegos, es necesario.

La visión de Asturias que yo tengo es la de poeta. Muchas veces he defendido esa postura, y he dejado que los expertos se ocupen de las otras facetas -la antropológica, la surrealista, la social, la política-. Yo defiendo al Asturias poeta. No solo porque Sien de alondra sea mi obra preferida, sino porque en Asturias hay poesía, ritmo, métrica y control lírico en sus narraciones. Yo creo que Asturias, como, Flaubert, leía sus frases en voz alta. Es imposible que esa música sea producto de la casualidad. En breves líneas, con dos o tres ejemplos, razonaré mi argumento:

«Millones de hormigas mueven una montaña.»

El rumor de la letra m es audible. El lector puede comprobarlo; cuando uno lee una frase así, inmediatamente imagina a las hormigas trabajando, moviéndose de aquí hacia allá en un tumulto fonético.

«Revoloteo de murciélagos, ruido de saqueo en la iglesia, goteo de sereno, qué gordas y claras gotas, paseo de algún gato, un como palabreo perdido, gangueo, tartajeo, gemiqueo, lloriqueo y pataleo de moribundo.»

Es así de fácil. Asturias cuenta una historia, pero a su modo. No se conforma con introducirnos en un mundo fantasmagórico y surrealista. No. Para una tierra como Guatemala, con tantas líneas de color y sombra, con tanta sangre derramada, con tantas lenguas distintas y tantos corazones alumbrados, una historia lineal, «objetiva» y gris no es suficiente. Asturias lo sabía; es hora de que nosotros también lo comprobemos.

¿Quién es Fernando Vérkell?

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