Manuel José Arce, el poeta de adentro

Fernando_ Perfil Casi literal

Hoy sufro, y quiero que lo sepa todo el mundo. Si me desangro y no hay hormigas a la vista, ni gallinas, ni gatos histéricos, bien puedo recorrer mi biblioteca y encontrar aquel pequeño libro insospechado que hallé en el fondo de una pila de poetas subterráneos, Los nombres que nos nombran, una recopilación hecha por otro poeta público, Morales Santos. En medio del avispero de palabras, encontré un poeta transparente, epigramático y con letra de luciérnaga. Era Manuel José Arce. Desde entonces sus versos me persiguen y me recuerdan que en medio de todo, aún con tantos cuasi-poetas y tantos certámenes, todavía podemos leer poesía.

Arce es antes que nada un poeta solidario, interesado por el sufrimiento humano. Sus poemas están abiertos como dos ventanales, e invitan a cualquiera a penetrar en su universo. Yo mismo, de chico, enceguecido por la adolescencia, la rabia y la rebeldía, encontré a un hombre que también gritaba de furor, que juraba que su casa se había llenado de monstruos y me decía que sí, que él también creía que una mujer debería estar llorando a nuestro lado. Escribí algunos poemas que intentaban copiarlo y que no conseguían su objetivo. Cuando me cansaba de plagiar metáforas ajenas, regresaba (y regreso) a la poesía de Arce. Y ahí está él, esperándome con los brazos abiertos, como las antenas de los televisores viejos.

Ojalá tuviera el tiempo y ustedes la paciencia para leerme hablar eternamente de los poemas de Arce. Pero eso sería ir en contra de la voluntad del poeta que dijo:

Y vamonós, porque nos vamos vamos,

para no ser ni estar contra la luna.

Hay escritores que se ramifican y buscan su propio brotar; hay poetas que se justifican.

Un verso suyo dice: “Fui un laborioso techo de amor sobre tu cuerpo”.  Otro grita: “[Pasó] …Un hombre con su lágrima en la mano”.

Arce, como Whitman y Neruda, es poeta no de izquierda ni de derecha sino de adentro. Ve al hombre como un papiro en blanco, como un árbol recién talado, como un perro abandonado en una calle extraña y se compadece y se sacrifica por ese Ser que a veces es Humano y a veces Animal. Pero eso a Arce no le importa, porque dice:

Puro camino soy:

soy un camino.

Estoy

por eso mismo

caminando.

Cuando estoy triste, como hoy, leo a Manuel José Arce. Cuando siento que no pasa nada, que las paredes se caen, que el amanecer no llega, que se me atascan las horas gordas en la garganta de la mañana, leo a Arce.      Y feliz, poetizado, recuerdo que hay un poeta-dramaturgo que condenó y ejecutó a una pobre gallinita proletaria, para que las futuras generaciones se entrenaran en el arte de la escritura.

¿Quién es Fernando Vérkell?

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