Matricidios (I)

Juracán_Perfil Casi literalEs de todos conocido que cuando un grupo de artistas jóvenes se quieren dar a conocer, una de las primeras acciones que toman es demeritar el trabajo de los artistas anteriores. Así ocurre con todas las tradiciones de ruptura: los modernistas reniegan de los neoclásicos, los surrealistas de los modernistas, y así la cadena sigue hasta éstos días de postmodernidad en que todo se mezcla. En artes plásticas tanto valen la pintura tradicional al óleo como realizar acciones perturbadoras en espacios públicos; en literatura, poemas rimados y medidos conviven junto a videoinstalaciones y música concreta. Siempre habrá quien prefiera una u otra sin que ello implique la negación del derecho a que existan criterios diferentes.

Pese a todo, en las artes la tradición de ruptura se mantiene. Y si bien es cierto que los cambios de valores son necesarios —pues la realidad se transforma continuamente desde otros ámbitos, como la política, la ciencia y el comercio—, también es prudente preguntarnos cuál es el papel que jugamos todos frente a éste tipo de cambios, si realmente estamos proponiendo o simplemente nos acomodamos a lo que nos exigen.

La poesía en Guatemala cuenta con una larga tradición, no digamos de rupturas, sino más bien de olvidos provocados en la mayoría de las veces. La generación de escritores de la época post-independencia relega a los autores de la colonia, en algunos casos, como un toma de conciencia por el conservaturismo que estos mostraban, pero en otros casos porque ni siquiera alcanzaron a leer sus escritos, censurados por su crítica a los valores morales o las instituciones políticas que habían en el país. Tal es el caso de Sor Juana de Maldonado o Manuel González Colarte.

Desde finales del siglo XIX la tradición se mantiene más o menos estable hasta la Revolución liberal, que con todo y sus disidencias, prosigue hasta la Revolución del 44, cuando según el discurso político del momento, se lee críticamente a Antonio de Fuentes y Guzmán, y se sojuzga del criollismo implícito en Flavio Herrera o Virgilio Rodríguez Macal. Pero llega la contrarrevolución en 1962 y muchos escritores son perseguidos, encarcelados y asesinados; lo que provoca que durante casi treinta años la producción literaria se reduzca hasta hacerse prácticamente nula. Los que logran sobrevivir, lo hacen velando su discurso revolucionario bajo temas como el amor, la nostalgia y elogios del paisaje, usando formas tradicionales como sonetos décimas y redondillas, o relatos costumbristas en los que la rabia y el desaliento se combinan mientras la denuncia se asoma apenas.

Es en éstos años, bajo éstas difíciles circunstancias, que se gesta lentamente buena parte de lo que hoy es considerado como la poesía femdenina en Guatemala. Nombres como Luz Méndez de la Vega, Rogelia Cruz, Margarita Carrera, Delia Quiñónez, Alaíde Foppa e Irma Flaquer. Tienen ya un lugar preferente en la memoria colectiva, pues aún arriesgando sus vidas, fueron capaces de sostener un discurso que sin dejar de lado las reivindicaciones sociales, nos  hablaron también de la lucha de género, el amor, y la filosofía.

Pero el mérito no se debe solamente a ellas. Otros nombres hay que también subsisten entre la lista de sobrevivientes: María Josefina Herrera, Magdalena Spínola, Angelina Acuña, Atala Valenzuela, Amanda Espinoza, Pía Palacios, María Olimpia Ochoa, Flora Chavarri y muchas otras que nos han legado sus libros y hoy casi nadie menciona al hablar de la poesía escrita por mujeres en Guatemala.

¿A qué se debe este olvido? Quizá porque su poesía no fue abiertamente confrontativa, quizá porque hablaron más de sus sentimientos que de la política, quizá porque algunos de sus versos tocan temas religiosos, y esta es la causa que más pesa, porque la represión estatal contra las agrupaciones de escritores fue tan violenta que sus escritos circularon entre muy pocos lectores, porque nuestra sociedad continúa dividida y la pertenencia o no a determinada “élite” social conlleva el desprecio de las otras.

La lucha de éstas mujeres no ha sido simplemente literaria. Su legado está en los espacios que dejaron abierto para que nuevas generaciones de mujeres pudieran expresarse: Atala Valenzuela fundó la Asociación de Mujeres Periodistas de Guatemala, Angelina Acuña fundó y dirigió las revistas Espira y Reflejos; Marta Pilón, además de su labor como periodista, dirigió la revista Guayacán e impulsó la creación de acuerdo municipal para la protección de la Flora y Fauna, uno de las primeras leyes en que el estado reconoce la importancia de cuidar del medio ambiente; Amanda Espinoza escribió numerosos libros de cuentos infantiles, además de poemarios que hoy podríamos considerar precursores de la poesía erótica femenina.

Asunto quizá de comadrazgos, Angelina Acuña, Marta Pilón y Amanda Espinoza no son citadas en las antologías de poesía femenina realizadas recientemente. En las siguientes entregas intentaré reseñarlas, para que las jóvenes que hoy escriben poesía las busquen y conozcan un poco más de estas madres de la palabra.

¿Quién es Juracán?

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Eddy Roma dice:

    También hay que recuperar a Olga Martínez Torres (a quien el poeta Miguel Ángel Vázquez, mi maestro, llamaba la “Rimbaud femenina”) y Romelia Alarcón Folgar.

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