¡Indignémonos!

el

Carlos_ Perfil Casi literal

A los jóvenes, les digo: mirad a vuestro alrededor, encontraréis los hechos que justifiquen vuestra indignación (…). Encontraréis situaciones concretas que os llevarán a emprender una acción ciudadana fuerte. ¡Buscad y encontraréis!

Stéphane Hessel. ¡Indignaos!

Daba gusto ver aquello, aquella plaza rebosante de gritos y sudor y esperanza. Sentir esa cantidad enorme de gente como un único organismo vivo, enarbolando la indignación como una bandera nacional. Construyendo, por fin, una idea común de su colectividad, tomando como base un hartazgo de siglos y siglos. Daba gusto ver a toda esa gente, tan diferente entre sí, consciente de que su diversidad era su fortaleza y no su debilidad.

Desde hace muchos años sentía que era una especie de huérfano de país. Pensaba que nosotros éramos algo así como personas que van errantes por el mundo, sin sentir que pertenecen nunca a una patria. Y me gustaba repetir algo que dijo Bolaño en una entrevista. Dijo algo así como “mi única patria son mis hijos”, pero el sábado 25 de abril sentí que mi patria era una bandera ondeando como invadida por una súbita felicidad. Ondeando sobre una bomba, o mejor, sobre un estallido, sobre un incendio hermoso que por fin se desataba y que seguía creciendo y creciendo.

Confieso que tampoco había sentido mía esa exégesis de solemnidad que es el Himno Nacional. Sentía que estaba hablando cosas falsas, exaltando algo que jamás había existido, construyendo un imaginario de nación a la conveniencia de algunas personas, un complejo aparato demagógico que jamás vería caer, hasta el sábado pasado. Y de ver tanta honestidad en los gritos, tanta diversidad en las personas, tanto enojo, me puse a pensar en la esperanza de algo a lo que yo ya había renunciado y que encontré de nuevo cuando vi a un joven con una pancarta de protesta en una mano y una bandera en la otra. Entonces ese imaginario que es la bandera cobró un matiz que no había tenido nunca.

Y no solo fue ese día. Después del sábado, surgieron pequeños pero significativos actos de soberanía. Actos cotidianos de crítica, de participación política ciudadana. “Actos de magia”, como diría el poeta Julio Serrano. Actos heroicos, diría yo. Actos que ponen fin a una indiferencia pacífica y que trasladan una indignación íntima al plano de la acción colectiva.

También me gusta pensar que lo del sábado fue un mensaje claro de cara a las elecciones próximas. La valoración del voto como ciudadanos es tal vez la mejor enseñanza que esa manifestación podría darnos. Me imaginé la voz de esas treinta mil personas diciendo: “no estamos conformes con el circo que tenemos por democracia, y este año electoral no nos conformamos con cualquier títere imbécil que ostente el poder. Este fue el último gobierno de pendejos, porque nosotros no lo somos. Nunca lo hemos sido y ahorita les estamos quitando de la cabeza esa idea”.

Ojalá no peque de ingenuo al pensar que esto es el comienzo de algo.

¿Quién es Carlos González?

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