Jeff Buckley: Grace

Fernando_ Perfil Casi literal

Grace se publicó en 1994, en pleno auge del grunge, del Valium y la depresión noventera. El álbum fue reconocido inmediatamente como una obra singular, casi perfecta, llena de matices y más profunda que las cuatro o cinco notas de los riffs nirvaneros. El apellido Buckley, además, era sinónimo de buena música, de arte.

El disco es una obra maestra. El tiempo se encargó de engrandecer la voz de Jeff, de volver indiscutible que canciones como Mojo Pin o Last Goodbye son esenciales para cualquier amante de la buena música.

Aunque es una frase común, es cierto que los Buckley fueron genios atormentados. Su padre, Tim Buckley, murió joven por sobredosis y casi no conoció a su hijo. Jeff, por su parte, se ahogó en Wolf River Harbor y dejó inconcluso su Sketches for My Sweetheart the Drunk.

El valor real de Grace se basa sobre su originalidad. Nadie cantó o cantará como Jeff Buckley. Sus dotes como guitarrista, su amor por las tonalidades menores, su sentido rítmico, la sensibilidad en sus fraseos, su voz fantasmagórica y sus letras («Bésame, por favor bésame/Bésame pero llena de deseo, no de consolación») hacen del álbum un deleite para los oídos.

Cadencias sicodélicas y los mejores gritos que escuché en la vida en So Real, un cóver de Nina Simone, Lilac Wine y el conocidísimo Hallelujah de Cohen, la canción homónima y el hit pop Last Goodbye hacen que Grace deba ser escuchado con los oídos bien abiertos y los ojos bien cerrados.

¿Quién es Fernando Vérkell?

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