Arte: ¿medio o estilo de vida?

LeoTodos los que hemos hecho o hemos pretendido hacer arte soñamos, por lo menos una vez en la vida, poder vivir de esta actividad, tener el tiempo suficiente para dedicarnos a crear y desbordarnos a nuestras anchas en los mundos imaginarios que somos capaces de generar. Por supuesto que este ideal sería maravilloso no solo para satisfacción individual del artista, sino para beneficio de la cultura en general. Lo cierto es que por soñar no se paga, pero la realidad, tarde o temprano, se encarga de que el artista ponga los pies sobre la tierra, porque el infierno de las necesidades físicas demandadas por el cuerpo comienzan a exigir su inmediata satisfacción.

Pretender hacer del arte en una actividad económica que se convierta en un medio de vida no es criticable bajo ninguna circunstancia. De hecho, cada quien trata de explorar lo mejor que pueda los talentos que la naturaleza le proveyó para granjearse una vida mejor, principalmente si se ha dedicado tiempo para estudiar y pulir estos talentos. A esto se le deben sumar que los mercados artísticos en nuestras sociedades empobrecidas culturalmente se hacen necesarios, por lo que cualquier iniciativa, sea estatal o privada, se vuelve imperante. Pero hay que ser muy cauteloso, porque cuando el artista adopta una actitud de desprecio ante la posible participación en otras actividades económicas que no sean creativas e, ingenuamente, cree que trabajar y vivir del “arte” es una forma de rebeldía frente a un sistema que obliga a la mayoría de personas a dejar la vida a servicio del patrón o la empresa para la que trabaja; pues bien, cuando se adopta esta actitud, el artista solo tiene dos caminos: el primero, entregarse a su sueño quijotesco mientras que, a pocos, se va gastando y consumiendo como héroe trágico destinado a morir en el anonimato; o bien, cae en la trampa de lo que aquí daré en llamar el pragmatismo artístico.

Trataré de explicarme un poco más: sin duda que, conforme pasan los años y las sociedades florecen o progresan materialmente, se va creando un público más o menos amplio que demanda bienes culturales de cualquier tipo. En ese sentido, las industrias artísticas tienen un campo amplio en países con economías emergentes, con demandas que, sin duda, deben satisfacerse. Sin embargo, en la marea de producción y consumismo que impera en nuestras economías globalizadas, los artistas pueden convertirse también en productores en serie, cuando no, en meros productos comerciales. Eso está demostrado en países desarrollados, donde las artes se han convertido en grandes industrias que rinden tributo a los dioses de la producción y del dinero; aunque en países como los nuestros, en el que todavía predominan las actividades económicas primarias, pareciera que se ensaya a ser artista entre las dos vertientes: la del que se hace llamar artista por convicción y necesidad de expresar, y la del que se hace llamar artista destinado a llenar las expectativas de un mercado.

Hasta aquí todo sería perfecto si estas dos posturas no terminaran, como sucede en la mayoría de los casos, enfrentadas precisamente ante un antiguo dilema estético que ha creado comezón a lo largo de toda la historia del arte: ¿cuál es el sentido o funcionalidad del arte de la sociedad? ¿Acaso, por su misma naturaleza improductiva, debería ser la inutilidad misma? ¿O más bien debería ser la satisfacción de necesidades utilitarias superfluas y la creación de productos que fortalezca un sistema económico?

Si bien es cierto el principio de mercado que podría resumirse en que “quien no ofrece no vende”, también es cierto que los sistemas capitalistas de primer mundo y feudo capitalistas del tercer mundo han sido diseñados precisamente para preponderar el valor de las utilidades por sobre cualquier otro tipo de valor, con lo cual, los productos quedan convertidos en medios que alimentan a este mismo sistema para alcanzar la finalidad suprema del consumo. Por supuesto que esto solo sirve para hacer evidente la crisis del arte mismo, que hoy peligra más que nunca porque, precisamente los objetos artísticos corren el peligro de dejar de ser fines en sí mismos para convertirse en objetos bonitos destinados a exhibirse en los escaparates y a disposición de quien los pueda pagar. También implica el agotamiento de las ideas novedosas y de las visiones divergentes, puesto que los mercados masivos solamente aceptan por regla aquello que ofrece los mismos derroteros. De hecho, el arte utilitario corre más que nunca el peligro de caer en el vacío, pues este mismo público, más que contenido, demanda solamente la satisfacción pueril y vacua de los sentidos.

Esta es precisamente la trampa. Aunque es comprensible que el artista de hoy quiera vivir de su trabajo, corre con ello el riesgo de caer en esta trampa pragmática. Quizá no vea consumir su propia vida en una oficina con un horario de ocho de la mañana a cinco de la tarde; y en un medio como el de Guatemala, quizá nunca llegue a formar parte del sistema formal de producción; puede, incluso, que explore los elementos más lúdicos del arte, para crear sus productos; pero, ¿acaso no está trasladando los patrones del sistema de producción a las esferas del arte para degenerarla o prostituirla? ¿Podría, acaso, existir la posibilidad de pensar que, sin quererlo y sin estar consciente de ello, participa de manera indirecta de este sistema mercantilista y, por lo tanto, está poniendo sus dotes solo al servicio de un mercado que ve el arte como diversión o como objeto destinado a la alharaca de vanidosos esnobistas? De ser así, de ser absorbido por la agenda empresarial y corporativa, ¿cuánto del trabajo artístico termina siendo auténtico y queda convertido en valor en sí mismo?… Es importante no olvidar que una de las reglas del mercado es que “el cliente siempre tiene la razón”, por lo que sin duda, el artista estará supeditado siempre a cumplir con los estándares que se exigen de él y, como consecuencia, adaptarse a las normas que rigen el sistema. Entonces, ¿qué más da que artista maquile obras de arte o que se entregue por completo al olvido de una profesión liberal? En un panorama así, todo pareciera indicar que estamos próximos al suicidio del arte.

Valdría la pena que el artista que quiera vivir del arte replantee su posición y trate de buscar un equilibrado balance: ¿qué será mejor?, ¿el arte como un medio de vida o como un estilo de vida?

¿Quién es Leo De Soulas?

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