Mi sueño de Solentiname (I)

2017-05-20-08-59-03-726Isla San Fernando, archipiélago de Solentiname, mayo de 2014

Éramos mi mochila, mi machete y yo. Estaba hospedada en una pequeña habitación cuya ventana me permitía apreciar, a lo lejos, la Isla del Amor del archipiélago, y que había sido vendida a unos europeos por parte de la familia de Julio César Sequeira Pineda en vanos intentos por reunir dinero y tratar de salvar, por medio de atención médica, a los padres de éste, muy enfermos y sin posibilidades económicas.

“Es una isla muy bonita. Me gustaría poder visitarla”. Julio César, el propietario del hostal Mire Estrella, respondió que no podía ser visitada pues los advenedizos propietarios habían decidido hacer de la pequeña isla tropical su terreno privado paradisiaco en medio de las aguas dulces del gran lago de Nicaragua. “Antes me gustaba, ahora ya ni ganas tengo de verla”.

En los tiempos que aún me empeñaba en vivir las fantasías de la selva que había leído en cuentos de Horacio Quiroga, quería que mi investigación etnobotánica —con la que planeaba obtener la Licenciatura en Biología con Administración de Recursos Naturales— fuera en un lugar lejano de la capital, lleno de vegetación y de tradiciones y cuyo nombre evocara mística y poesía: Solentiname.

El archipiélago de Solentiname,  localizado al sudeste del lago Cocibolca y perteneciente al departamento de Río San Juan, está conformado por 36 islas de origen volcánico, habiendo 4 islas que se destacan por su extensión: isla Mancarrón, isla Mancarroncito, isla San Fernando e isla La Venada. A estas dos últimas se les suele llamar en los mapas “Elvis Chavarría” y “Donald Guevara” respectivamente, en honor a mártires solentinameños que perecieron en años previos a la revolución de 1979. El resto son islas pequeñas usadas por los animales como habitáculos, bien lejos de la molestia humana.

Solentiname, que según la versión más popular significa “Lugar de hospedaje” en náhuatl, empezó a tener relevancia histórica y cultural a nivel nacional a partir de 1966, cuando el padre Ernesto Cardenal empezó a estimular una organización de tipo comunitaria y de contenido cristiano revolucionario. Cardenal también fue quien instruyó a los solentinameños en el arte de la pintura y la artesanía, sorprendiéndose muchas veces el poeta y sacerdote de la natural habilidad artística de sus pobladores, que incluso llegaron a crear su propio movimiento pictórico: el primitivismo.

Quise ser acompañada en mi aventura científica. Busqué en varias ocasiones un compañero de viajes, pero mis colegas tenían mil y un excusas o sus propias giras de campo programadas: así que tuve que afrontar mis miedos sola. Aunque Noé Ubau, colega biólogo nativo de San Carlos, no pudo acompañarme, al menos me prestó su machete con su respectiva vaina de cuero y se encargó de dejarlo bien filoso. Me colmó de consejos y se alegró de comprobar que mi viaje coincidía con mi ciclo menstrual. “Por lo menos sé que vas arrecha y podrás defenderte”. Después de haber pospuesto el viaje en reiteradas ocasiones, salí de casa pocos días después del terremoto de abril en Managua rumbo a San Carlos, Río San Juan.

En San Carlos me recibió mi estimado amigo Carlos Bonilla, a quien no podré olvidar nunca ya que me salvó de morir ahogada en el río de Boca de Sábalos en enero de ese año. Carlitos me recibió muy contento de volver a verme y me dio posada en casa de su abuela y también una sábana para que no sufriera de frío al acampar. Al día siguiente me hice a la mar, o mejor dicho al lago, en una panga comunal con destino a la isla San Fernando. Había delimitado mi zona de estudio a esta isla por ser el lugar donde está el Museo Nacional Archipiélago de Solentiname, también conocido como Museo Arqueológico de Solentiname (MUSAS). En este museo hay un pequeño jardín de 1 m2 con muestras de plantas medicinales empleadas por los habitantes.

La travesía transcurrió tranquilamente. Apreciaba las aguas diáfanas e iba preguntando cuál era cada isla que íbamos pasando a la vez que observaba a las personas desembarcando hacia sus hogares en pequeños puertos de madera. La gente es de tez morena, medianos o bajos de estatura, y muchos de ellos tienen ojos claros. Me hago a la idea de que, como están acostumbrados a vivir en tranquilidad, el medio repercute en su trato ya que son personas humildes, trabajadoras y muy amables con los visitantes.

Llegué a San Fernando. Me costaba un poco comprender cómo había llegado hasta allí, sola, y no se me ocurría hacia dónde ir. El machete recién afilado que llevaba al cinto me proporcionaba seguridad. Empecé a andar tomando fotos de los rótulos que iba mirando en el camino y del paisaje. Por la isla pasaba un solo camino que llevaba a los distintos hospedajes. Aunque Miguel Romero, mi compañero de investigación, me había dado lo justo para el viaje, y que Camilo Mairena, mi primo radicado en Miami, también había sido generoso conmigo, mi estupidez e irresponsabilidad previa a la gira me había dejado ajustada de presupuesto. Se me había ocurrido pedirle permiso a alguna señora a ver si me permitía acampar en su patio. De todos modos, apenas serían tres los días que tendría para recopilar datos a grandes rasgos para el protocolo investigativo.

Seguí andando. En una parte del camino llegué al hostal Mire Estrella, en donde Julio César insistió e insistió para que le alquilara un cuarto. Juzgó mi apariencia similar a la de un chele mochilero y no se aguantaba la risa cuando le expliqué que era una estudiante de biología, nicaragüense como él. “Pero parece gringa, qué chelita que es”. Le dije que como estudiante que era, no tenía casi dinero para alquilarle una habitación, pero que no se preocupara  porque de todos modos andaba a cuestas mi tienda de campaña. Julio César casi se escandalizó con la idea de que la chelita pasara dos noches a la intemperie, y por sólo 5 dólares me permitió dormir en el cuarto con vista hacia la Isla del Amor.

Ya instalada en la modesta pero cómoda habitación saqué las provisiones, la ropa, la sábana y el cuaderno de notas. Retiré el machete de mi cintura, me tumbé en la cama y traté de obligarme a dormir, a pesar del temor de que alguien entrara mientras estuviera dormida.

¿Quién es Solange E. Saballos?

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Bonito articulo me gusto haberlo leído.

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