Mi sueño de Solentiname (II)

2017-05-20-08-59-03-726Isla San Fernando, archipiélago de Solentiname, mayo 2014

Día 2: No podría precisar si dejé cerrada o abierta la ventana. Empecé a despertar como a eso de las 9:00 a.m. y lo que menos quería era abandonar la cama: me había costado mucho conciliar el sueño por mi paranoia. Me dije a mí misma “Dale, despertate, no viniste hasta aquí para dormir”. Empujada por mis obligaciones como investigadora de campo, me incorporé finalmente, me vestí y fui hacia el baño.

Afuera estaba Julio César. Me preguntó si había pasado bien la noche a pesar de los insectos que penetraban en el cuarto aun cuando había cedazo. Le dije que tenía que ir a rondar la isla para obtener datos sobre las plantas medicinales empleadas por los pobladores, por lo cual decidió acompañarme y presentarme a sus vecinos. Muchos de ellos son parientes: los apellidos Sequeira y Pineda predominan en el archipiélago, siendo su combinación de lo más común.

Caminamos. San Fernando, siendo una isla mediana y abarcable por la vista, no deja de ostentar su extensión a medida que los pasos suben y bajan por su relieve un tanto accidentado. En el camino Julio César me iba informando acerca de las condiciones de abandono estatal que sufría Solentiname. Quedé estupefacta al ver un predio quemándose, ya que Solentiname tiene la categoría de Monumento Nacional. Si bien en ningún sitio de Nicaragua se vela propiamente por la conservación —más allá de campañas ambientalistas estériles y camisetas misioneras— me suponía que al menos se intentaba velar para que no se continuara perturbando el ecosistema.

Descubrí que los terratenientes adinerados de San Carlos utilizan mucho terreno de las islas como espacio de ganadería y que los representantes del Ministerio del Ambiente y Recursos Naturales rara vez llegan a inspeccionar. Suelen ser fácilmente sobornables, así que más allá del lago, Solentiname aún vende la fachada de un paraíso en medio de aguas dulces con bosques conservados y habitantes de despreocupada vida.

A lo largo del camino se entremezclaban parches de cultivos de banano, bosque tropical seco en recuperación, algunos árboles robustos y solitarios. Bien dispersas entre sí, a lo largo de caminos de tierra, están las casas hechas de madera de balsa; la misma usada por los artesanos solentinameños para tallar sus coloridas figuras.

Al llegar a la primera casa Julio César saludó a un conocido suyo: un carpintero que se encontraba en la dura faena de construir una casa por sí mismo. Antes de acercarnos, Julio César me pidió, entre risas, que dijera que era gringa. No entendí la gracia hasta que, meses después, visité a Carlitos. Le conté la historia y él, entre risas también, me explicó: “Quería que dijeras que eras gringa como para darle a entender a su amigo ‘ya viste, esta gringa se quedó en mi hostal, y me está pagando un montón de reales’”.

Julio César quiso quedarse a conversar con su amigo y quedamos de vernos cuando regresara de entrevistar a los demás vecinos. Subí. Me topé con una casa espaciosa en donde me recibió el cabeza de familia, un campesino de expresión seria quien me permitió conversar con las mujeres de la familia. Una de sus hijas me regaló guayabas y jocotes de su patio. Qué gran suerte la mía, puesto que me moría de hambre y tenía demasiados remilgos con respecto a pedir comida. Había dejado mis escasas provisiones en la habitación a la espera del mareo, previo al desmayo por inanición, que anunciara el momento crítico.

En la siguiente casa platiqué con una anciana. Aseguraba casi nunca enfermarse gracias a las infusiones y té que hacía de las plantas de su patio. En la próxima casa conocí a una madre que estaba sólo con uno de sus hijos, una niña morena y adorable de unos 2 a 4 años. Me permitió llevarme un recetario con remedios medicinales, copiado a mano, de un taller que recibió en San Carlos. Aún tengo pendiente regresar a devolverlo.

Durante esta travesía exploratoria la figura que me resultó más llamativa fue la de don Ramiro Sequeira, un anciano de más de 70 años con la contextura física de un hombre de 30, con vastos conocimientos de medicina natural. Lo encontré gracias a la preguntadera que me tenía con sus vecinos, quienes me indicaron su dirección.

Caminé mucho hasta dar con su morada. Vivía solo, en una casa muy pobre, bien cercana a la costa. Me recibió amable, me mostró su jardín y me dio de comer un pedazo de pan con un vaso de avena.

Cuando le pregunté por el Museo Arqueológico de Solentiname me contó que antes él era el encargado del jardín, pero que por habladurías había perdido su puesto. Cuando le comenté de mi proyecto se emocionó tanto, me dio tantas ideas y me hizo una descripción tan precisa de las necesidades de salud de los pobladores que, aparte de saber que no podía meter todo eso en mi metodología, sentí la carga de un llamado social demasiado grande para mis posibilidades en condición de estudiante. Sin embargo prometí hacer lo que estuviera en mis manos. Por ahora solo ha sido escribir estas líneas.

Le di mi cámara a don Ramiro para que me tomara una foto en su jardín, y creo que fue más o menos en esos momentos cuando reparó en mi machete. “Muchacha, aquí nosotros somos familia, somos respetuosos y tranquilos. Aquí nadie le va a faltar al respeto, ni la va a violar. Se puede quedar a dormir, no le va a pasar nada, si no quiere la puedo mandar donde una de mis sobrinas”. Me reí y le dije, para no ofenderlo, que lo portaba solo para cortar el monte que se me atravesara por los caminos.

¿Quién es Solange E. Saballos?

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