Mi sueño de Solentiname (III)

2017-05-20-08-59-03-726San Fernando nocturno. Al regresar de mi gira de reconocimiento de zona y compilación de datos sobre las plantas medicinales más usadas por los pobladores, sólo tenía ganas de acostarme y dormir. Antes de volver al hostal había visitado y entrevistado a la encargada del Museo, de quien no puedo precisar el nombre: sólo pude recordar a don Ramiro, suspirando por su antiguo puesto. Al caminar en dirección al Mire Estrella tuve una visión pictórica: una auténtica pintora primitivista coloreaba sus paisajes a la luz del atardecer. Me detuve inmediatamente a conversar con ella y creo que la señora no alcanzaba a comprender mi maravilla. Quise escucharla a gusto pero el hambre me roía las tripas y me estaba llevando al punto del desmayo. También quise pedirle comida, instigada por la fama de los solentinameños de ser excelentes huéspedes, pero la vergüenza pudo más. Seguí mi rumbo.

En la habitación saqué una de mis últimas latas de atún con vegetales y algunos pedazos de pan. Comí, encerrada, aún con la paranoia torturándome incluso cuando había comprobado que los habitantes eran gente tranquila. Creo que eso fue lo que me empujó a salir a recorrer la única acera de la isla.

Salí a contemplar la serenidad de las aguas lacustres. Quise acercarme a la costa, caminar un poco, pero con tan poca iluminación y tantas piedras difícilmente pude tener un paso seguro. Las piedras de la costa son como las de río: redondas, oscuras, muy lisas.

Caminé. De día la única acera de San Fernando deja ver a uno de sus lados el Museo Arqueológico, los hostales y las casas cuyas ventanas son abiertas cuando el calor hace a los pintores exponer su trabajo durante su creación. De noche se organiza un coro de animales nocturnos y el reflejo de las aguas cristalinas del gran lago hace pensar en el emerger de seres místicos.

Caminé más. He tenido miedo a la oscuridad desde niña y las excursiones nocturnas me han ayudado a atenuarlo. Sin embargo, no dejo de estar atenta a las sombras. En la paz de San Fernando lo más que llegó a asustarme fueron los fuertes ladridos de los perros, tanto que me hicieron volver sobre mis pasos, pues temía despertar a los vecinos y que me sorprendieran merodeando a deshoras. Opté por irme a la cama, un tanto triste pues sólo me tocó pasar dos noches en la isla. En tan escaso periodo de tiempo no pude recorrerla entera ni pude interactuar a como quería con la gama de personas que me topé: artesanos, pintores, carpinteros… Este viaje tan añorado había resultado ser una locura de estudiante, envalentonada por las ansias de conocer, de ir para acá, fuese sola o acompañada. Una fantasía materializada que se golpeó bruscamente con el abandono estatal, las necesidades de una comunidad que no sabe de protestas sino de su cruzada del día a día, y que se alegran sinceramente cuando son reconocidos y apreciados de afuera por gente de su propia patria, tan lejana a su realidad, o por visitantes extranjeros que se enamoran de su peregrina historia y tratan de hacer algo por los “campesinos de agua”, como les llaman los sancarleños, sus vecinos más próximos.

La segunda y última noche fue de puro valor reflexivo. Me preparaba, sin saberlo aún, a los innumerables inconvenientes que afrontaría a la mañana siguiente: buscar la panga de regreso, afrontar el hambre y mi escasez de dinero, visitar con mis últimas energías la tienda de artesanos (para encontrarla cerrada), entre otros inconvenientes que resultaron vergonzosos/graciosos.

Una más y nos fuimos.

¿Quién es Solange E. Saballos?

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Bonito articulo me gusto haberlo leído.

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