El mundo y el futbol

Eynard_ Perfil Casi literalEn el principio Dios iba a la escuela y se ponía a jugar futbol con sus amigos hasta que llegaba la hora de irse a sus salones. Aunque Dios sabe muchas cosas, quiere aprender más y hacer cosas nuevas. Un día Dios dijo: «Hoy trabajé mucho y es hora de ir a recreo». Dios y sus amigos se pusieron a jugar futbol y Dios chutó tan duro la pelota que cayó en un rosal y se ponchó. Al explotar la pelota, se creó el universo y todas las cosas que conocemos.

Rodrigo Navarro Morales, 7 años

Hace unos días acontecieron momentos importantes, cardíacos y emocionantes junto con otros lamentables en relación con ciertos sucesos ocurridos en medio de un país «tercermundista» como Guatemala, pobre de tanto saqueo que ha sufrido por parte del descaro de sus funcionarios, quedándose prácticamente de rodillas, en caída libre desde un desfiladero, como un barco hundiéndose inevitablemente en medio de la noche, el frío y el hambre.

No quiero sonar frívolo ni mucho menos, pero ya sabemos que somos un país con un sistema de salud incompetente y sin medicinas. Sabemos que aquí existen unas veinte muertes diarias de manera violenta. Sabemos que la gente se muere de hambre en medio de una tiránica explotación que viene desde 1492. Y por todo eso sufrimos, entre miles y miles de razones, explicaciones, conclusiones e inducciones. Sin embargo, sobrevivimos y tratamos de llevar la vida medianamente con lo que se puede —no queda de otra— y para lograrlo tenemos un escaparate, la instancia de 90 minutos en donde, como Javier Marías decía, recuperamos semanalmente la infancia. Tenemos eso: el futbol, que al final de cuentas, en medio de tanta podredumbre que también lo ha ensuciado, aún sonreímos y algunas veces hasta podemos subir en el trono impecable de la felicidad. El éxtasis nos invade y/o gritamos y/o lloramos y/o nos enojamos y/o nos entristecemos y/o se expande un abanico infinito de emociones y sentimientos humanos, desde los más viles hasta los más maravillosos. Porque eso es el futbol, un fenómeno que nos encanta y que aún no podemos llegar a entender cómo funciona, por así decirlo, en el sistema nervioso de nuestro cuerpo.

En Guatemala hemos vivido en estas últimas semanas una serie de partidos futboleros increíbles y decepcionantes, altamente intensos en donde partimos desde una victoria esperanzadora de la maltrecha selección de Guatemala contra Estados Unidos (2 a 0 como locales) y su consiguiente derrota aplastante con tintes de triste realidad por un macabro marcador de 4 goles contra 0 como visitante, todo esto parte de las eliminatorias mundialistas. Días después vino el tan esperado clásico español y finalmente, la semana pasada, nos encontramos con los también tan esperados cuartos de final de la Champions League, el curso de la carrera por la gloria.

Días y jornadas de espectáculos futboleros en donde podemos desbordar de pasión y/o, al mismo tiempo, según he experimentado, también de soledad en un mundo en el cual tenemos partidos por todos lados para encauzar nuestra tristeza, nuestra frustración, nuestro afán táctico estructuralista o de innovación, de saltos continuos en la vida, nuestra vida, cambios fluctuantes de humor, nuestro «corazón lector en donde leemos el futbol como una novela», dice Juan Villoro, y en donde todo se puede proponer, inclusive la totalidad de las cosas: el futbol «total» de La Naranja Mecánica del recién finado Johann Cruyff, el Dream Team del Barcelona del mismo Cruyff, el Barcelona de treinta pases continuos de Guardiola, el Barcelona mucho más agresivo de Luis Enrique, la poesía del barrilete cósmico de Diego Armando Maradona y Lionel Messi, las piernas riéndose a pura gambeta de Garrincha, la integralidad goleadora de la samba de Pelé. Aquí nos encandilan los once de la tribu, esa misma tribu que se encandilaba por las hogueras y que se percató de que la única alternativa para sobrevivir es la unión. Los once de la tribu que nos representan en las cíclicas batallas de héroes, dioses y semidioses. La mitología de la pasión, los once que nos representan y en quienes nos identificamos, en donde pertenecemos detrás de un escudo, de unos colores, en donde nos pertenecemos detrás de nuestros antepasados, nuestros padres, nuestros primos, sobrinos o tíos, el barrio o la ciudad de donde provenimos, en donde dejamos enterrado el ombligo: en donde nos manifestamos como el jugador número doce, el nacimiento del  grito de guerra.

Como dicen en Argentina, «somos de un equipo hasta el final de los tiempos», lo acompañamos en el trayecto de su devenir histórico. Este ya es nuestro y nosotros somos suyo o, también, le vamos, es decir, que somos más cautelosos; y siendo más prudentes quedamos a la espera para el despliegue del balón en el terreno de juego, el esférico sol, estrella originaria del calor de la vida por el cual gravitamos a su alrededor. Podemos cambiar de religión, de pareja, de casa, de nacionalidad e incluso de sexo, pero la norma universal y tácitamente obligatoria bajo pena de la profundidad de los códigos de la moralidad incumplidos, nos impide cambiarnos de equipo, acción que claramente sería condenada como alta traición y el exilio para todos los tiempos.

«La cosa más importante de las cosas menos importantes», dice Jorge Valdano. La filosofía puesta en marcha con el estoicismo eterno que practicamos a la hora de apoyar al eterno equipo perdedor, a menos que «sea tocado por unas manos o un par de piernas divinas», esto lo dice Adolfo Bioy Casares.

El futbol que se nos asemeja a la injusticia de la vida, en donde no es necesario ni mucho menos tan importante tener el control durante todo el juego, pues cualquier falso movimiento, cualquier craso error puede catapultarnos a la derrota, al escarnio, nuestra auto-sentencia; o bien, lo podemos aprovechar para un contragolpe, para estremecernos en la victoria: cualquier opción es válida, todo es cuestión de concretarla.

Este es un juego extraño que nos maravilla y nos emociona, tan extraño que incluso le adoptamos e introducimos recursos mágicos en nuestro imaginario y reacciones febriles de vida que nos alumbra el corazón, las metáforas más la realidad del mundo y sus circunstancias: La Bombonera no tiembla: palpita.

Jorge Luis Borges dice que el futbol es popular porque la estupidez es popular. A lo mejor es cierto, a lo mejor no. De lo que sí estoy seguro es que nosotros, en nuestra humanidad completa, nos envolvemos durante noventa minutos en una extraña forma de hipnosis pasional, de comportamientos en donde nos aflora la pureza genuina de nuestro corazón, dos planos yuxtapuestos, simultáneos: el de la realidad concreta, el que se juega en la cancha; y el otro, el de nuestra imaginación, el de nuestras elucubraciones invadidas de nuestra imaginación y de nuestros deseos y esperanzas últimos.

¿Quién es Eynard Menéndez?

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