Breve historia del milagro cinematográfico (I)

Bruno Huzinker_ Perfil Casi literalEntre todas las artes, quizá sea el cine la más ligada al sistema capitalista. Aún anestesiados contra toda posibilidad de otro mundo, las señales deben resultarnos innegables y evidentes: producciones millonarias; trama, personajes y diálogo, todo formulaico y repetitivo; secuelas, precuelas y reboots; salas múltiplex; estrellas deificadas y productoras todopoderosas… En un esquema casi huxleyiano, cada año las masas inconscientes alimentan con billones de dólares esta enorme maquinaria comercial.

La ley del mercado —de la que, admito, entiendo poco— parece guiar por buen camino el perfeccionamiento de hornos microondas y computadoras portátiles. Lo que puede resultar un misterio es cómo una multitud que acude a raudales a los estrenos de Fast & Furious 7 y Saw 8 podría, apoyando en la balanza de la demanda avanzar el desarrollo del arte cinematográfico. ¿Es posible hacer buenas películas hoy en día? Sí, indudablemente. No se ven Casablancas o Lawrence of Arabias, pero la calidad de algunos nichos fílmicos está lejos de caer en lo mediocre. ¿Cómo explicar este improbable milagro? Y, si comenzamos a curiosear alrededor de la madriguera, nada cuesta lanzarnos de lleno y preguntarnos lo siguiente: siendo el cine desde sus inicios una actividad fundamentalmente comercial, ¿cómo han logrado surgir las obras maestras que pululan en la historia de este arte?

En el pasado, el éxito y longevidad de una obra de arte dependía de su propósito y de la crítica generada. Reconocido por los conocedores de la época, a Michelangelo le encargaron decorar la Capilla Sixtina para resaltar la altura y estatus de la Iglesia católica. Elogio crítico y propósito. La recepción popular quedaba relegada a un segundo plano. Más adelante, los novelistas y poetas del siglo XIX, ya preocupados por la opinión popular, aún dependían de las reseñas y de los mecenas para continuar escribiendo: un libro mal recibido por la crítica salvo en unas cuantas excepciones, no vendía bien y numerosos son los casos de obras maestras que, inadecuadas para los propósitos y pensamientos de la época, no fueron descubiertas hasta décadas más tarde. Hasta el nacimiento del cine, estos dos criterios, crítica y propósito, determinaban el presente y el futuro del arte.

Curioso caso de arte que empieza como industria, el cine se tornaba desde sus inicios al populo, a los gustos e intereses de una mayoría. Después de unos fallidos intentos, los propósitos científicos del cinematógrafo fueron abandonados, beneficiando en su lugar la comercialización lucrativa. La crítica de cine no vendría sino hasta más tarde, y aún en su apogeo hacia finales del siglo pasado, las productoras decidían sus proyectos basándose ante todo en las ganancias de películas anteriores. De esta regla se deben excluir dos tipos de películas: las filmadas bajo disposición estatal como en la Unión Soviética y los art films destinados a un grupo selecto sin mayor intención de ganancia monetaria. El cine soviético tenía un propósito definido: la propaganda ideológica, sin mucha consideración por un éxito de taquilla. El art cinema, de temáticas menos comerciales, generalmente más lento y con mayor énfasis en la estética y la experimentación, está conformado por películas independientes con ejemplos en casi todos los géneros. Se proyectan en festivales y salas seleccionadas buscando la aprobación de críticos y públicos específicos. Ambos escapan a las garras del proceso capitalista, demostrando muchas veces un dominio del arte tristemente escaso en las más grandes pantallas.

Ahora admitamos lo siguiente: por buenos que sean, los films de estas dos categorías no forman, ni mucho menos, el grueso de la antología fílmica que ha pasado a la historia. Con el paso de los años vamos recordando, como entidad colectiva, las gemas que el cine tiene para ofrecernos. Tras 120 años de producciones logramos llenar un sinfín de diccionarios, enciclopedias, recopilaciones y ensayos… todos desbordantes de películas dignas de ser vistas; pero cuando intentamos colocarnos en ese continuum histórico, comparando el siglo XXI a las décadas de grandes películas e inmejorables actores, notamos la diferencia abismal entre la cantidad de “clásicos” que ambas épocas nos han dejado. Y es que empantanados en el presente nos desesperanzamos al pensar que nuestra musa nos ha dejado. Seguimos caminando sin darnos cuenta de las joyas llenas de lodo que dejamos tras nosotros. La historia las secará, quitándoles el polvo de una demasiado dolorosa contemporaneidad. Perdonamos la ausencia de color de Citizen Kane sin poder imaginar que se hubiese hecho de otra manera. Hipócritas por modestia histórica, así mismo perdonaremos las películas cuyo único pero sofocante defecto fue nacer en la era incorrecta: la actualidad. Olvidamos lo que vale la pena olvidar, y por el mismo filtro pasaremos las atrocidades de hoy que tanto nos duele recordar.

Privados del fatalismo artístico, solo queda preguntarnos: ¿qué empuja la creación de este buen cine? Podría discutirse eternamente la identidad motora de una película con la vista por encima de la taquilla. ¿Es el guionista? ¿El director? ¿El conjunto del equipo? Poco importa. Por ahora basta con saber que, por un misterioso y feliz mecanismo, esquivando moda, demanda y el inaguantable peso de lo que es fácil, una pequeña parte, un pequeño impulso en nosotros, aún busca hacer del cine un arte.

¿Quién es Bruno Hunziker?

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Ernesto Panama dice:

    Gracias por el trabajo en pro de la cultura de nuestros pueblos este es él inicio de una exitosa carrera.

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