El país de los poetas

Alfonso Guido_ Perfil Casi literalUn par de veces reconocí en un supermercado de Managua a un anciano caucásico de mediana estatura, panza prominente, pelo blanco y alborotado, vestido con ropaje de colores pálidos y que portaba una boina de color negro en la cabeza. En ambas ocasiones conducía una carretilla a medio llenar y en una de ellas recuerdo que en la sección de frutas y verduras se debatía entre uno y otro racimo de plátanos cuando alguien se acercó a saludarlo. Él accedió muy cortésmente pero sin llegar a denotar la efusiva emoción que sus movimientos pausados por la vejez no le permitían. Aceptó estrechar las manos que le fueron extendidas pero nunca llegó a cambiar la cara de viejo cascarrabias que tenía en todo momento cuando parecía estar absorto en sus propios pensamientos, acaso pensando en el precio de los plátanos, acaso en el Premio Reina Sofía que pocos días después llegaría a anunciar su nombre como ganador. Así que este viejo es el poeta vivo más leído en lengua castellana, creo que le dije a alguien. ¿Quién? ¿Ernesto Cardenal?, me preguntaron, y yo asentí pensando en qué será de la poesía con todos los grandes poetas ya muertos. La tarde anterior yo acababa de leer su prólogo a la antología de poemas de Alfonso Cortés y fantaseé con acercarme a él tan solo para preguntarle más acerca de la vida y obra de este poeta leonés.

Pero talvez otro día. Al fin y al cabo acababa de darme cuenta de que Nicaragua es un país donde aún se pueden encontrar a sus grandes poetas en cualquier parte: en un avión, en una playa, en un mercado… Y es que cuando pienso en la fama que tiene Nicaragua como país de poetas, de forma automática evoco la antología de poesía nicaragüense que el mismo Ernesto Cardenal elaboró hace algunos años, titulada Flor y Canto, y en la que reúne a más de 60 poetas posteriores a Rubén Darío: desde Azarías H. Pallais, pasando por José Coronel Urtecho, Pablo Antonio Cuadra, Salomón de la Selva, Alfonso Cortés, Joaquín Pasos, Carlos Martínez Rivas y Gioconda Belli hasta él mismo; por mencionar algunos de los más conocidos. El resto no son más que ecos vacíos en mi memoria: si me los mencionaran talvez podría reconocerlos como parte de esa antología, aunque es muy probable que ni aun así.

Para ser honesto, ni siquiera la mayoría de los anteriormente mencionados me evoca una obra poética demasiado memorable. El concepto que tengo de Pablo Antonio Cuadra, por ejemplo, corresponde más al de ensayista y autor de la obra que reúne retazos de la idiosincrasia en Nicaragua, El nicaragüense, que al de poeta; Gioconda Belli, por su parte, corresponde a una especie de Isabel Allende centroamericana, una best seller cuyas temáticas sensualistas venden muy bien lejos de nuestras fronteras; Ernesto Cardenal es el sacerdote, guerrillero, pacifista, revolucionario, burgués y socialista (las contradicciones que puedan derivarse de este conjunto de adjetivos no son mías, sino de sus propias andanzas) que a mediados del siglo XX se codeaba con otros intelectuales exiliados en la ciudad de México; mientras que a José Coronel Urtecho lo evoco más por una de sus facetas menos conocidas: la de cuentista, específicamente como autor de «El mundo es malo», un relato de precisión magistral, de simpleza y agilidad hemingwayianas y quizá uno de los más vanguardistas para su época (1947).

Acaso se empezó a tener idea de Nicaragua como país de tradición poética solo a partir de algunos movimientos que surgieron tras la muerte de Darío, muchos de ellos con el fin de enterrar para siempre al cisne y reinventar lo que hasta ese momento se conocía como poesía nicaragüense. Fue el caso del movimiento Vanguardia, cuya estética nunca terminé de asimilar del todo y que en la década del 20 apostó por una poesía libre y llena de imágenes realistas, rurales y cotidianas, muy en contraste a la poesía de métrica culta, abundante en metáforas y exaltaciones oníricas y fantásticas con las que Darío reinventó el lenguaje poético en nuestro idioma.

Aunque no es mi intención descalificar el quehacer poético de estos y otros autores que se encuentran en la antología de Cardenal, no comparto el hecho de que todo lo que se produzca en un país de tradición poética sea verdaderamente poesía o que tenga valor estético. Este es el fenómeno que a mi parecer se presenta entre las más de 400 páginas que conforman Flor y Canto y que bien pudieron ser solamente 100 o incluso menos. ¿Qué es lo que convierte a una nación en un país de poetas? ¿Su vasta producción o su calidad poética? Claro está, no obstante, que en la poesía, así como en cualquier otra expresión artística, ningún juicio de valor deja de ser subjetivo.

***

Mi sentir no es el mismo cuando pienso en el poeta Alfonso Cortés; no como el hombre que repentinamente en un día del año 1927 se volvió loco en la misma casa en que Darío había muerto hacía once años, sino como el mejor poeta nicaragüense que ha existido después de él (curiosamente, lo mejor de su obra surgió solo a partir de su pérdida de la razón). Es por ello que resulta lamentable que hoy la mayoría de su obra completa se encuentre dispersa y que en muy pocas librerías fuera de Nicaragua se pueda encontrar algo de su autoría de la misma forma en que se encuentra a varios de sus coterráneos que ya he mencionado anteriormente. La siguiente «Canción del espacio» fue la primera composición que Cortés escribió en el estado de demencia repentino que lo acompañaría hasta el final de sus días:

¡La distancia que hay de aquí a

una estrella que nunca ha existido

porque Dios no ha alcanzado a

pellizcar tan lejos la piel de la

noche! Y pensar que todavía creemos

que es más grande o más

últil la paz mundial que la paz

de un solo salvaje…

Este afán de relatividad de

nuestra vida contemporánea —es—

lo que da al espacio una importancia

que sólo está en nosotros,

—y quién sabe hasta cuándo aprenderemos

a vivir como los astros—

libres en medio de lo que es sin fin

y sin que nadie nos alimente.

La tierra no conoce los caminos

por donde a diario anda —y

más bien esos caminos son la

conciencia de la tierra…— Pero si

no es así, permítaseme hacer una

pregunta: —Tiempo, ¿dónde estamos

tú y yo, yo que vivo en ti y

tú que no existes?

Para mí este solo poema basta para redimir las 466 páginas de Flor y Canto, pero no sé si sea lo suficiente como para reafirmar la tradición poética de todo un país. Porque aunque en Nicaragua siempre será muy probable encontrarnos a un poeta borracho en una finca, de resaca en las oficinas burocráticas del gobierno o absorto escogiendo plátanos en un supermercado, por cada cien de ellos quizá solo uno sea como Alfonso Cortés.

¿Quién es Alfonso Guido?

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