La suerte de la fea

Angélica Quiñonez_ Perfil Casi literal.jpgRepetidas veces he expresado cuánto me molesta el acoso callejero. No pasa un solo día en que yo camine en la calle sin que algún hombre, vestido de traje o con jeans manchados de cemento, haga un comentario soez acerca de mi cuerpo o me exprese con palabras melosas e hipócritas que desea acostarse conmigo.

Yo tenía trece años aquella primera vez en que un muchacho limosnero halagó mis glúteos cuando me dirigía a ver una procesión en el Centro. Me paralicé cuando percibí su sonrisa lasciva, relamiéndose los labios y mirándome fijamente. Seguí caminando con pasos más rápidos, con la cabeza agachada y un nudo de náusea en la garganta. Estaba extremadamente confundida. En la casa, cualquier edición de Vanidades presentaba poéticos epítetos para el derrière de una conocida cantante de pop latino, pero yo no entendía por qué el piropito me había hecho sentir tan sucia y vulnerable. Tampoco sabía de qué manera podía responder o si era correcto mencionárselo a mi padre, que caminaba a pocos pasos.

Las veces que he mencionado cuánto me disgusta esta situación, la respuesta (incluso de parientes míos) ha sido cualquier iteración de la misma frase: “la culpa es tuya por andar tan arreglada”. Aparentemente me corresponde la tarea de guardiana de la moral y el bienestar en nuestras calles. Los hombres, me han asegurado otras colegas y familiares, no pueden controlarse. Es labor mía, indiscutible, la de “darme a respetar” porque nadie tiene la obligación de hacerlo. A pesar de este aparente consenso, nadie ha sabido responderme cuando he preguntado cómo lo harían si estuvieran en mi lugar.

Mi madre me ha sugerido que debía regresar y enfrentar al tipo que me hizo cualquier comentario sucio para preguntarle si se le ofrece algo y al hacerlo lo único que me gané fue que el mismísimo tipo tratara de tocarme. Otras personas me han dicho que debería responder con otra grosería, pero tampoco veo la lógica de comportarme de esa manera para incomodar a otros. El consejo suele ser que debo mirar al frente y apretar el paso, sugerencia que aparentemente comparten todas las otras mujeres con quienes he intercambiado estas interesantes anécdotas. Pero lo cierto es que esta opción tampoco contribuye en nada, ni a mi propia paz ni a la posibilidad de que se detenga. Mi silencio es un voto de consentimiento para que cualquier individuo libidinoso se apropie mi cuerpo sin mi permiso. Según entiendo, un contacto sexual sin la aprobación de la persona involucrada se denomina violación. Realmente dudo que yo esté exagerando.

¿Por qué prevalece este mito del hombre como animal de instinto? Nos enseñan, como mujeres, a cuidar que sean fieles, que no tengan motivos para dudar de nuestra templanza y recato. Pienso que esta imagen del género masculino propicia una interacción tóxica entre las personas. ¿Por qué me corresponde sentir miedo y angustia al caminar a tomar el bus? Me repugna la manera en que la primera descripción de cualquier persona sobre alguna mujer sea su nivel de “atractivo”, más que su trabajo, su nombre o su propósito. Se habla de la mujer en voz pasiva: está bonita, está rica, está fea, está loca… La idea de Simone de Beauvoir sobre la inmanencia ideológica se pronuncia en esta percepción de los sujetos externos. La inclusión del lenguaje no debería depender de estar hablando para “todos y todas”, “ellos y ellas”, sino en un discurso que en principio vea a la mujer como sujeto y no objeto.

Cientos de comercios me ofrecen productos y prendas para arreglarme elegante y atractivamente. Corre la sugerencia de que sea más atractiva y elegante. La verdad, mi prioridad es tener salud y una buena autoestima. ¿Por qué es esto una invitación para que otros invadan mi espacio personal? Alguien incluso me ha dicho que debería sentirme agradecida porque otros me hallen atrayente, como si esta fuese una cualidad esencial para definirme fuera de mi desempeño como autora, como periodista o como profesional. Se me ha acusado continuamente de emplear de forma exclusiva mis supuestos encantos para avanzar laboralmente, como si mi historia fuera un continuo ritual de retoques con rímel y labial y no la necesidad de lograr un cambio. Jamás he escuchado que a un hombre se le perciba negativamente por ser guapo. ¿Quién se atrevería a comparar el atractivo de un hombre con su coeficiente intelectual? Tampoco he oído que los románticos piroperos impúdicos me regalen un comentario cuando camino de la mano de mi pareja. ¿Realmente han transcurrido siglos de evolución para que sigamos comportándonos como especies en riesgo? ¿Por qué se merece mi acompañante el respeto que yo debo implorar?

Detesto la manera en que colegas, conocidos, clientes y extraños han intentado forzarme un beso o una caricia con la excusa de que mi “belleza” no les permite controlarse. Siempre que he expresado mi irritación he recibido insistencias y agravios. He perdido la cuenta de cuántos tipos me han llamado superficial y egoísta, simple y sencillamente porque he afirmado que no correspondo sus deseos. Yo también poseo una sexualidad y no tengo miedo de manifestarla, pero jamás lo haré por el compromiso de quedar bien con alguien. Jamás se me ocurriría imponer mis manos sobre una persona que no me haya correspondido manifiestamente ese impulso.

Al escribir este artículo me he quedado con más interrogantes que conclusiones concretas, y me asusta pensar que yo tampoco tengo la menor idea de qué hacer cuando mi propio cuerpo es utilizado por los discursos y acciones de otros para antagonizarme. Me espanta la idea de traer una hija a una sociedad que la valorará mucho más por su talla de vestido que por sus ideas. Tiemblo de ira al pensar que habrá más días y más cuadras donde me esperan más chiflidos y obscenidades, más conversaciones incómodas en mis espacios de trabajo.

Más de algún lector pensará que estoy exagerando, que el feminismo es una cuestión de locas sesenteras y mis derechos están ya puestos en papel de origami y prestos a que me los gane a fuerza de la pureza. Pero el futuro se me imagina cada vez más cercano a la distopía de Margaret Atwood, con la brutalidad sistematizada y celebrada. Hace unos diez días estuve en una actividad literaria dentro de un colegio. Un grupo de estudiantes comenzó a llamarme con chasquidos y comentarios sobre mis piernas y senos, pero sus maestras los ignoraron. Me acerqué a presentar una queja y tan solo me arguyeron que los chicos de ocho años no entienden nada. Temo que probablemente están entendiendo demasiado bien el método del abuso y el aparente procedimiento cartográfico para parcelar los espacios de mi piel para la república de Gilead.

¿Quién es Angélica Quiñonez?

4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Luis Mijangos dice:

    Tienes mucha razón en todo lo que pones. Y me preocupa sobremanera la reacción de las maestras de los chicos de 8. Es allí donde se debe sembrar la semilla del respeto a todos, y con énfasis a la mujer. Hace poco, dando clases en una universidad a un grupo sólo de hombres, sucedió que afuera del salón había varias mujeres jóvenes, y una de ellas se rió un poco fuerte. Eso provocó que uno de mis alumnos dijera en voz alta una obscenidad. Yo paré la clase inmediatamente y pregunté quién había sido. El joven se atribuyó la autoría. Y luego de eso dediqué unos 15 min a explicarles lo que es el respeto. A decirles que la mujer no es un objeto para su deleite y satisfacción, pero creo que mi “regaño” llega algo tarde. Llego tarde para corregir conductas aprendidas 10 o 15 años antes. Es verdad que hay un impulso evolutivo de reproducción, y esa es la causa de fondo de todo esto, pero tenemos un raciocinio que nos permite controlar nuestros primitivos impulsos y actuar con rectitud y con respeto. La única solución que veo al problema que planteas es educación y ejemplo, principalmente a los niños. Yo tengo la dicha de tener un hijo y una hija (3 y 1 año de edad respectivamente) y juro solemnemente enseñarles este respeto a ambos, con énfasis a mi chiquito, para que sepa respetar en todo sentido a las mujeres.

    1. angieqp dice:

      Muchas gracias por comentar.
      De verdad me alivia saber que existen personas que no pretenden perpetuar las actitudes y conductas nocivas que la “moral” y las “buenas costumbres” han impreso en nosotros. Cosas tan sencillas como subestimar a una compañera, o valorar la belleza en las niñas más que su creatividad… son cuestiones que destruyen en silencio y con buen modo. Necesitamos hablar claramente.
      Abrazo, Luis.

  2. Julian Cota dice:

    Buena tarde!

    Antes de todo quiero comentarle que me leí todo su artículo y honestamente es bastante interesante. Con respecto al “feminismo” que comenta brevemente, le comento que no veo feminismo alguno en su artículo, lo que yo percibo es una exigencia de valores y respeto hacia su vida e intuyo que hacia la vida de las demás personas (tanto hombres y mujeres de cualquier edad). Lastimosamente vivimos en una época donde las personas no se preocupan por los valores y virtudes, los cuales son tan necesarios para nuestro buen vivir, para con nosotros mismos y en sociedad. Discrepo con Luis, en el hecho de que estos “valores” creo, deben ser forjados en el hogar con el ejemplo de los padres y quizás un refuerzo en la escuela, pero principalmente en el hogar. Déjeme felicitarle por su actitud de rechazo hacia algunas acciones de las personas con las cuales le toca inter-actuar a diario, lastimosamente hoy pocas personas se dan a respetar por miedo a no ser aceptados por la sociedad, miedo a ser llamados “anti-sociales” por ejemplo. Déjeme contarle que yo soy una persona que se respeta mucho, respeto a los demás sin importar su género, edad ni mucho menos su condición económica y respeto es lo que yo exijo a cambio, empero es importante como bien dice Arjona: Aprender a nadar en el fango sin que eso nos manche, es decir, aprender a vivir en esta sociedad sin que ello nos afecte demasiado; siempre y cuando no se nos haga daño físico alguno. Bueno, al menos es lo que yo hago. Éxitos!

    1. angieqp dice:

      Muchas gracias, Julián
      De hecho, me identifico como feminista porque he visto que existen aún paradigmas nocivos en contra de mi género.
      Mi trabajo como columnista es dar una opinión con la que otros puedan identificarse y darse a escuchar.
      La idea de un cambio es bastante utópica, pero me gusta pensar que al menos una actitud invertita o un punto de vista distinto pueden hacer grandes impresiones en nuestras vidas.
      ¡Salud!

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