Amor y tantas cuestiones

Eynard_ Perfil Casi literalAmor, te digo esta palabra, mil veces repetida,

acaso sin pensarla, como una letanía…

Luis Eduardo Aute

Hay pequeños amores y hay grandes amores. Hay amores malditamente lejanos y amores gloriosamente cercanos. Hay amores arrejuntados, amores desvencijados, amores casi descuartizados, amores amelcochados, amores ácidos, amores amargos, amores como destronados, amores salpicados de más amor o de sal o de fuego ardiente. Hay amores enamorados, amores carnales, amores sensuales, amores sexuales, amores divorciados, amores columpiados en su mismo amor, amores casados, amores solteros, amores cansados, amores vitales, amores masoquistas y el otro nivel en que son sadomasoquistas. Hay amores recortados mes a mes —como buen salario—, amores planificados, amores espontáneos, amores virtuales, amores apechugados, amores bien prohibidos, amores bien permitidos, amores libres y amores libertarios. Hay amores de sol, amores de agua, amores de viento, amores de aire, amores de luna, amores galácticos, amores de ensueño, amores en silencio. Hay amores literarios, amores pictóricos, amores filosóficos, amores lógicos, amores abstractos, amores contemporáneos, amores realistas, amores románticos, amores neoliberales, amores comunistas, amores platónicos. Hay amores drogados, amores fugaces, amores de verano, amores primaverales o amores de invierno y amores de otoño. Hay amores delincuenciales, amores legales, amores poéticos, amores sin ton ni son, amores venenosos y amores muy inofensivos, amores inadvertidos. Hasta hay amores como armónicos y hay amores desequilibrados, como desquiciados y, claro, amores suicidas, nunca faltan. Hay amores infinitos y amores muy finitos, amores eternos y amores efímeros, amores cínicos, amores esporádicos. Hay amores futboleros, basquetboleros, beisboleros, de lucha libre y así, digamos, mejor, amores deportistas. Hay amores de encuentros furtivos, amores viajeros, amores muy nómadas y amores sedentarios. Hay amores vagabundos, errantes y hay amores invariables, inmóviles, estáticos y, por qué no, amores como quedados. Hay amores corruptos que se convierten en amores infieles en contra de su voluntad, así hay amores licantrópicos, amores cleptómanos, amores de impulsos inciertos, amores neuróticos, amores hipocondriacos, amores estresados, amores sicosomáticos, amores esquizofrénicos, amores paranoicos y amores depresivos. Hay amores narcisistas, amores egocéntricos, amores sinsentido, amores demenciales, amores mitológicos. Hay amores divinos y amores mortales, amores celestiales y amores del mismísimo infierno, amores de tu ki multiplicado y de tu cosmos requetepotenciado. Hay amores luchadores, amores violentos y amores pacíficos, amores saiyajin, amores cuerdos y amores de locura así como amores de dios y amores del diablo, amores del mal y amores del bien, amores de la luz y amores de la sombra. Hay amores terrenales y amores celestiales, amores bonitos y amores feos. Hay amores invictos y amores perdedores, de esos que salen por la puerta de atrás. Hay amores industrializados y amores artesanales, de esos que se moldean a mano poco a poco, muy lentamente. Hay amores infantiles, amores maduros, amores de fantasía, amores de manita sudada, amores sinónimos, amores antónimos y hasta amores heterónimos, amores con permiso y amores sin permiso, amores atrevidos, amores fugaces, amores desplazados, amores lastimados, amores adoloridos. Hay amores lectores, amores nebulosos, amores noctámbulos, amores nefelibatos, amores de celibato, amores viejos, amores veteranos y amores jóvenes. Hay amores taciturnos, amores como deprimidos y amores muy alegres, amores radiantes, amores contentos, amores divertidos, amores satisfechos y amores insatisfechos. Hay amores domables y amores salvajes, amores de este mundo y amores de otro planeta, amores extraterrestres, amores viciosos, amores castos, amores decentes y comedidos, amores pecadores. Hay amores lujuriosos, lascivos, licenciosos, cachondos, concupiscentes, voluptuosos y amores pornográficos. Hay amores de mar, amores de tierra, amores cantores, amores juglares, amores embrujados, amores ya quemados.

Hay de todo y hay de nada. Hay quienes han tenido suerte y hay quienes el infortunio los persiguen como por castigo consecuente o inconsecuente. Tenemos en la memoria el amor de Adán y Eva, de Apolo y Dafne (y demás fulanillas), de Zeus y Hera (y demás fulanillas), de Jesucristo y María Magdalena, de Cleopatra y Julio César y Marco Antonio, de Eros y Psique, de Orfeo y Eurídice, de Nietzsche y Salomé, de Teseo y Ariadna, de Bonnie y Clyde, de Saba y Salomón, de Enrique VIII y Ana Bolena, de Lucrecia y Candaules, del Espíritu Santo y la Virgen María, de Eloísa y Abelardo, etcétera… etcétera… etcétera…

¿Quién es Eynard Menéndez?

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Emma Borrero dice:

    No sé, Eynard.
    Creo que el amor es uno, y las cuestiones estúpidas de los seres humanos le ponen todas las máscaras que se inventan por necesidad. He estudiado que toda conducta social existe como respuesta adaptativa a nuestro entorno, como un mecanismo que garantiza nuestra supervivencia y estabilidad.
    Esa es quizás la razón por la que le damos tantas identidades al amor: nos hace más fácil la idea del orden. Verlo de frente implicaría que nos pusiéramos de cara a la emoción más devastadora, la atracción total que posiblemente desafía las normas lógicas, físicas o biológicas.
    Darse de cara al amor implica que por un segundo te apartás de las reglas ceremoniales y las estrategias para ligarte a alguien. Lo apreciás como ser humano plagado de defectos y conocimientos raros. Deseás todas esas cosas bellas, pero también las dolorosas y oscuras. Encontrás una razón para despojarte de todo lo que tenés, incluyendo tu identidad, tu felicidad y tu destino. Dejás de hacer planes. Te enlistás para un conflicto de guerrillas, con todo y sus trampas, sus manifiestos de la verdad y la idea de una paz fabricada con sus promesas. Pero de todos modos lo hacés. Le das a esa persona el control de tus emociones e intenciones, porque descubrís que es glorioso abandonarte. Perdés el respeto a cualquier norma o lineamiento moral, y en el fondo hasta esperás que alguien te recrimine para decirle “lo hice por amor”. Te ofrecés para hacer todo, todo, todo lo que esa persona desee para sonreír una décima de segundo, con la idea que esa décima vale todas las eternidades de todos los matrimonios en cualquier fe, o quizás más. La felicidad, aun fugaz, que se dibuja en la cara de quien amás es la más exquisita sensación para vivir. La sola idea de tocar una mano, de intercambiar un beso, de pasar horas riendo y hablando sobre nada, de cantar juntos, de seguirse un juego o perder varias horas en la cama son sólo extensiones de esta necesidad de vivir. Posiblemente son las únicas cosas por las que vale la pena vivir.
    Pero bueno, el amor es uno: es el rostro de la persona que, fuera de méritos o razones, simplemente demanda de vos cada segundo despierto, cada producción poética, cada pensamiento aleatorio, cada preocupación y cada razón para reírte o llorar. Y ni modo, se lo das completo. Te das completamente aunque no recibás nada a cambio. Te das en lo absoluto aunque él no sea el buen partido o el príncipe soñado o el reflejo de lo que en primera impresión deseaste.
    Te das, sin reproches, sonriendo, sin atención al dolor que te empieza a morder los talones cuando él te esquiva la mirada y te dice, clara o silentemente, que le valés mierda.

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