Rubens, Degas y la belleza

Rubí_ Perfil Casi literalEmitir opinión acerca de lo viciado de las sociedades modernas al respecto del culto excesivo a la imagen, la belleza y la juventud, puede ser imprudente si desconocemos que esa postura ritualista tuvo su origen en un tiempo que no es el nuestro. Si bien cada día vemos tantos comerciales televisivos o publicitarios donde se nos intenta convencer de que lo bueno es lo bello (lo bello en términos de mercado) aunque no sea útil, esta situación no tiene nada de nuevo; solamente se ha potencializado desproporcionadamente en nuestro siglo a razón de que el conflicto central de momento es la moda.

Vivimos el tiempo de la inconformidad, pero como ya dije, esto no es ninguna novedad. Por ejemplo, la belleza de la mujer es uno de los temas universales de la plástica, pero desde que el Barroco se impuso como patrón estético en los países económicamente pujantes de Europa, ese culto a la imagen no fue tan agresivo; el pincel de muchos pintores barrocos fue el photoshop de ahora. Si por un lado hubo artistas de la Corte que tenían a su bien alterar un poco las fisonomías de aquellos mecenas que no resultaban del todo agraciados para inmortalizarse en un lienzo —como los Habsburgo, por ejemplo—, hubo artistas decididos a establecer cánones más realistas de belleza, es decir, más justos para con las proporciones y facciones humanas.

Para fijar un referente exacto sugiero echar un vistazo a las pinturas del artista alemán Pedro Pablo Rubens, y observar su interés por las musas de figura voluptuosa (sí, Botero no fue el primero). La mujer “rubenesca” es así: blanca, con un ligero sobrepeso y su expresión facial goza y transmite una sublimación celestial. Las mujeres de Rubens se prestan al jugueteo erótico tan solo con la dirección de sus pupilas y las posturas sueltas de la parte superior de sus cuerpos. La pintura Unión de la Tierra y el Agua es uno de los mejores ejemplos de lo que afirmo: en ella hay una propuesta mitológica poco sencilla de desentrañar, dado que en aquel cuadro, que ahora está apostado en una de las paredes del Museo del Ermitage en San Petersburgo, hay demasiados elementos en juego, tanto míticos como pictóricos. Sin embargo, en él es la musa quien resalta, vibra y es el centro del cuadro: ella es el tema. Rubens formuló un modelo de mujer terrenal e irónicamente astral, inalcanzable y sensual, aunque esta particularidad de estilo no se aparte de cierto fetichismo malicioso.

Una vez superado el Barroco del Siglo XVI y XVII, Francia fue sacudida en el siglo XIX por un movimiento artístico que, a mi forma de sentir el arte, fue uno de los más excelsos y arrogantes por su afán de disputa: el movimiento Impresionista. Con este llega Edgar Degas, otro pintor que, si por un lado no conmueve hasta la exquisitez como en el caso de Rubens, las mujeres de sus cuadros son de una belleza natural y sutil casi inescrutable. En 1880 Degas inició la serie “Las bañistas” donde incluyó mujeres pintadas desde la intimidad de sus rutinas. La bañera, Mujer desnuda peinándose, Mujer con toalla y Después del baño son algunas de las pinturas que exponen a estas mujeres sin rostro en la totalidad de sí mismas. Y es que para Degas, la mujer era estéticamente autosuficiente; por ello las pintó sin rostro, porque en ellas se muestran todas, justas en sus proporciones anatómicas, sin posturas ensayadas y mantenidas por largas jornadas de posado, sin pretensiones mitológicas. Las mujeres de Degas no crearon un modelo de belleza, sino un modelo de pensamiento de la mujer frente al arte y su involucramiento en él.

En distintos siglos, tanto Rubens como Degas dejaron eslabones irrompibles en la historia del Arte, útiles para rastrear cómo los modelos de belleza son eternamente dinámicos. Ya en el tiempo de Amedeo Modigliani, también en el siglo XIX, el prototipo de mujer bella era más occidental, de facciones que revelaban la perfecta mezcolanza de razas como resultado de las migraciones.

Pese a que es casi imposible pensar en las mujeres bellas del arte sin remitirnos a pinturas sorprendentes como La maja desnuda de Francisco de Goya o La Venus del espejo de Velázquez, no podemos negar que hubo alternativas a la plastificación de la belleza del cuerpo humano (no solamente femenino) tales como Degas y Rubens. El caso es que la belleza no es un asunto moderno del que solo se ocupe la tecnología y el mercado. Hemos endiosado la figura humana desde mucho antes de que el resultado fuera la selfie perfecta gracias a las aplicaciones de los teléfonos móviles que modifican las fotografías. Por eso hablar de alienación al respecto de la imagen es un poco arriesgado si no se retrocede un poco en el tiempo. Lo bueno del ejercicio de la retrospección es desempolvar lo poco conocido y saber que siempre hubo alternativas como las que dejaron Rubens y Degas.

¿Quién es Rubí Véliz Catalán?

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