Como quien muere una estrella

Angélica Quiñonez_ Perfil Casi literal.jpgCelebrándose hoy la misa de nueve días de Alberto Aguilera Valadéz, finalmente se acallan las despedidas para el mito musical de Juan Gabriel. Junto con José Alfredo Jiménez, el Divo de Juárez encarna el significado de la música mexicana: fatalista, dramática, deliciosamente simple como el amor absoluto que se da y se recibe de vuelta en las trece pistas del CD, que se ilusiona y se desencanta en cada lado del casete.

Toda la gente mayor a mi alrededor recuerda a Juan Gabriel en una soñada época con borracheras despechadas, bailecitos en los garajes de las quinceañeras y precios en centavos. Yo, siendo una millennial desentendida, lo recuerdo como el listado extenso de canciones que no reconozco en el folleto del karaoke o el tipo gordo con esmoquin de lentejuelas por el que suspiraba mi abuela mientras veía televisión. Mi conocimiento consciente de Juan Gabriel termina y empieza en su artículo de Wikipedia, pero los comentarios y anécdotas de personas mayores que yo me han puesto a imaginar una figura legendaria. Les he preguntado qué era tan magnífico sobre el mexicano obeso cubierto de abalorios y glorificado por letras hiperbólicas y melodías melosas, y la respuesta ofendida fue algo así como “vos no lo entendés porque no lo viviste”.

Y al parecer hay muchísimas personas que quieren seguirlo viviendo, como lo evidenciaría el exceso de imitadores que anuncian los restaurantes y negocios de alqui-fiesta. Como Elvis Presley o los Beatles, Juan Gabriel habita una dimensión intocable, una imagen que no permite covers ni reinterpretaciones desde el sentido artístico pero que se traslada de fiesta en fiesta, de botella en botella y de romance en romance con las personas que lo viven. En cierto modo, estos ídolos musicales con las extrañas vestimentas, rumores de contacto extraterrestre y escándalos sexuales, me evocan las extensas y exuberantes descripciones que Homero dispondría para los héroes de la Ilíada y la Odisea.

Ni siquiera se trata de la autoría de obras maestras en cuestiones de arte. El Noa Noa nunca podría disfrazarse de la próxima Tocatta y Fuga. Y dudo que la infame línea de “un lugar de ambiente donde todo es diferente” pudiera sacarle una lágrima a la sensibilidad poética de Borges. El pop, después de todo, no se trata de enmudecer a los críticos sino de conectar a las personas que cantan y bailan en los conciertos, que creen en el amor eterno y confían en que el adiós duele menos que el olvido.

Sucede así una extraña paradoja cuando nosotros, como audiencia, nos sentimos íntimamente conectados a una canción por el recuerdo nostálgico de esa persona y ese miércoles en aquel bar que se transfigura a lo largo de los coros y compases. Vemos al intérprete como un ente de poderes misteriosos para formularnos memorias introspectivas, experiencias que podrían llamarse espirituales. Tal vez sea esa la razón por la que escuchamos obsesivamente una misma pista del disco hasta que se raya, o nos sabemos las letras con la exactitud mecánica con que recorremos el regreso a casa. Y seguramente es esta cuestión sentimental la que le otorga su dosis de arte al pop, la dulzura con que arrulla el 4:40. O bien, esta es la cuestión espiritual que convierte a los boleristas y roqueros en mitos, o monomitos como lo describiría Joseph Campbell.

Parafraseando a Campbell en Hero of a Thousand Faces, el mito es una apertura secreta desde la cual las energías inagotables del cosmos se introducen a la manifestación cultural humana. Estas energías, indica el autor, se originan en el subconsciente. Estas manifestaciones devienen los arquetipos, individuos que toman el papel protagónico de un mito y las capacidades sobrenaturales para influenciar a las personas, pero en lugar de espadas y profecías, los héroes de la modernidad tienen guitarras y trajecillos brillantes.

Los mitos de hoy son precisamente las canciones que relatan nuestra emotividad. Las letras y melodías son la misma, como lo es la versión que reproducen todas las editoriales con la historia de Odiseo. Sin embargo, la cualidad sobrenatural del mito está en esa capacidad de trasladarse de la rockola a nuestros sueños, de lo público a lo privado.

Y ahora que se han despedido millones de fanáticos del heroico tenor de Juárez, no puedo evitar pensar que también viene el final de una era. No consigo nombrar a algún artista más cercano al nuevo milenio que haya alcanzado esta cualidad mitológica avalada tan solo por las personas y su capacidad para sentir. Quizás ha cambiado la industria: cada semana veo al menos una decena de nuevos videos y sencillos, interpretados por divas y divos cada vez más jóvenes, cada vez menos conocidos pero más parecidos entre sí. Probablemente para esta generación del iTunes y el MTV sin música no se augure un héroe mitológico, sino una cuestión más civilizada donde las emociones se cambian y trasladan fugazmente antes del corte comercial y el próximo hit del verano.

¿Quién es Angélica Quiñonez?

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