Malas noticias

Angélica Quiñonez_ Perfil Casi literal.jpgHace quince días leí la columna de Diana Vásquez Reyna aptamente titulada Medios. La autora evocaba un popular remedio preventivo para la salud mental: no leer noticias, que a su vez implica no llenarse de tanta violencia y decepción. Concuerdo con Diana en la opinión de que la ignorancia con respecto a temas de trascendencia nacional resulta extremadamente perjudicial para cuestiones políticas y económicas. Ella también habla sobre cómo los periodistas facilitan la información a la audiencia y cómo los medios han cambiado negativamente. Y bueno, como alguien que ha trabajado más de tres años en un medio masivo, creo que me gustaría agregar algunos comentarios.

La verdad es que, como cualquier curiosa profesión humana, el periodismo tiene sus dificultades y vicios, pero se origina en la inocente necesidad de conocimiento. Las noticias existen porque necesitamos entender la realidad en función de nuestras necesidades y nuestra garantía de supervivencia. ¿Qué hace que un hecho se vuelva noticia? Sencillo: es cuestión de interés. Consumimos la información que nos da utilidad para tomar decisiones financieras, para ordenar nuestro día o para evitar pedirle el número telefónico a la persona equivocada.

Detesto que ciertas personas me digan que leer noticias los llena de negatividad, particularmente porque lo primero que comparten en sus cuentas de redes sociales suelen ser los últimos desamores de Taylor Swift o la más reciente advertencia sobre la violación de nuestra privacidad en Facebook. De alguna forma pareciera que todo lo que se vuelve noticia es aquello que perjudica. “Es que las noticias están llenas de muertos y de amarillismo. Y todos los noticieros lo exageran”. Lamentablemente, déjenme decirles que los muertos, los accidentes y los atentados no son inventados. Tampoco son invento la corrupción, los allanamientos y los derrumbes, pero entiendo que sea más reconfortante ver este tipo de cosas en House of Cards o en La ley y el orden.

La noticia impresa, televisada o digitalizada, es un producto. He oído decir que los medios son responsables de formar un criterio en las personas, pero eso es tan absurdo como sugerir que se eliminen las escenas de incesto en la Biblia, el antisemitismo en Ulysses o los insultos racistas en Huckleberry Finn. Si bien las personas que sugieren estas censuras tienen las mejores intenciones en su corazón, la verdad es que el consumidor es el único responsable de formar un criterio, de desarrollar una opinión y accionar o no al respecto de la misma. Quien sea racista seguirá siéndolo sin importar las reediciones de Mark Twain. Quien es románticamente disfuncional seguirá siéndolo aunque Jennifer Aniston insista en grabar comedias románticas cada vez más ridículas. Como reza el más famoso título de McLuhan: The medium is the massage. En los medios elegimos los mensajes que se alinean con nuestra manera de pensar. Es una decisión tan sencilla e inconsciente como nuestra selección de libros, series o películas. Buscamos lo que nos conforta.

Creo que el verdadero error de la audiencia desencantada consiste en sintonizar los noticieros o abrir los periódicos con la necesidad de ser entretenidos. Existe una mayor razón por la cual, durante miles de años de existencia del lenguaje, los seres humanos hemos buscado la manera más expedita de comunicarnos en masa. Jamás se me olvidó este incidente de uno de mis primeros meses como presentadora: habían secuestrado a una recién nacida en un hospital público y me correspondió enlazar la llamada de la madre en vivo. Ella era dos años menor que yo y tengo muy presentes sus sollozos mientras suplicaba que le hiciéramos llegar a todo el país la información sobre su hija perdida. La niña apareció al día siguiente cuando un desconocido la devolvió a las autoridades con una nota de disculpa. ¿No es esa la mejor razón para explicar por qué existe un noticiero? Lo que la gente no ve es al reportero que gana poco más del mínimo, grabando en fines de semana, con lluvia o peligro y sin descansos. No ven al editor que persigue cada detalle en las notas y corre con el estrés de una hora de entrega exacta. No ven al equipo técnico que verifica las luces, audio y créditos. No ven al director que coordina equipos de cámaras, audio y redacción, preparando el momento en que un presentador se acerca a la audiencia y pretende formar un diálogo en torno a la realidad.

¿Por qué es un problema que la gente quiera ser entretenida? Sucede que, como mencioné, los medios son productos y eso implica que necesitan venderse, no necesariamente para generar ganancias sino para salvaguardar a todo el equipo involucrado. Las decisiones de las personas para elegir cierto tipo de noticia determinan qué hará un medio para mantenerse al aire, o en la imprenta, o en línea. El derecho, o bien, el poder de los consumidores de información es esa capacidad para elegir, comentar, criticar o responder. Los noticieros parecen circos porque la gente elige ver circos. Los periódicos se vuelven amarillistas porque las personas quieren un entremés antes de la próxima intriga de la novela. El impacto de los medios es en realidad el reflejo de nosotros mismos y de lo que queremos ver u oír. La decisión de lo relevante o útil depende de nuestra demanda hacia estos servicios que evolucionan (como ahora sucede con el medio en que trabajo) y crecen con su audiencia. Si queremos ver más, exijamos más, pero que nadie espere un país más consciente si sigo oyendo más preguntas sobre Ariana Grande que sobre Thelma Aldana.

¿Quién es Angélica Quiñonez?

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Mario Overall dice:

    ¡Excelente! Mejor escrito, imposible. Felicitaciones.

    1. angieqp dice:

      ¡Gracias! Me alegra saber que lo disfrutó.

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