Democracia tropical: ¿espejismo o verdad?

LeoEste 2 de octubre los ojos del mundo estarán atentos a los resultados del plebiscito en el que el pueblo colombiano tendrá la oportunidad de ratificar o no los acuerdos de paz, tras largas negociaciones que tienen como objetivo poner fin a una cruenta guerra interna de 52 años. Tras largas negociaciones entre el gabinete del presidente Juan Manuel Santos y los líderes de las guerrillas de las FARC, hoy más que nunca los colombianos tienen la oportunidad de cambiar cualitativamente los destinos de su nación y convertirse en un ejemplo de democracia en toda la región. Y no es poca la responsabilidad que los ciudadanos de este país tienen en las manos, puesto que el triunfo del Sí no solo representa el fin del conflicto, sino la apertura para una serie de reformas que buscan alcanzar una sociedad con mayor equidad y que, en cierto sentido, pretenderán erradicar los problemas coyunturales que originaron la guerra.

Por aparte, los simpatizantes del No, encabezados por el expresidente Álvaro Uribe, arguyen la ilegitimidad de estos acuerdos porque acusan de dejar en total impunidad muchos de los hechos sangrientos acaecidos durante la guerra. Hasta aquí sus argumentos son razonables y comprensibles, puesto que representan una suerte de amnistía que pareciera dejar un vacío de justicia entre los familiares de las víctimas. Sin embargo, observando con más profundidad el problema, es posible adivinar entretelones la existencia de grupos conservadores de poder a quienes asusta sobremanera que los dirigentes de las FARC puedan insertarse en la sociedad y participar de la vida política, de manera tal que logren desequilibrar la balanza de los privilegios adquiridos por estos mismos grupos.

He de confesar que desconozco muchos matices de la realidad colombiana y que puede resultar irresponsable emitir juicios a priori sobre lo que está sucediendo en esta nación. Sin embargo, no se escapa de mi humilde percepción el hecho de que para los grupos de poder establecidos a lo largo y ancho de nuestros países el mayor de sus temores es, precisamente, la pérdida de sus privilegios. De ahí que sean ellos los principales creadores de fantasmas tan vetustos, como el del comunismo amenazante, en el que un Estado tiránico se convierta en el dueño absoluto de los bienes de la nación así como de la vida y destino de sus vasallos, a quienes se les verá en el futuro como esclavos muertos de hambre que, inconformes, solo piensan huir de la patria.

Es claro que estas visiones apocalípticas infundadas reverberan y se multiplican como un reguero entre un gran grueso de población con poca formación ciudadana y una capacidad de análisis social demasiado pobre. Rumores de que un país quedará sumido en la peor de las miserias, como Venezuela o Cuba —donde pareciera que todavía existen tiranos caníbales que se comen a los niños—, son suficientes para hacer temblar a la población civil e influir decisivamente en sus decisiones. En otras palabras, los grupos y las personas a las que no les conviene que termine la guerra por tener demasiados intereses en juego podrían recurrir a argucias que, aunque son ampliamente conocidas, todavía llegan a impresionar a las ingenuas mayorías.

Si bien es cierto que de todos los sistemas conocidos hasta hoy, la democracia es el que ha demostrado ofrecer más ventajas, en nuestros países todavía estamos demasiado lejos de tal acto civilizatorio. Más que democracia, asistimos a un espejismo en el que vivimos la falsa ilusión de elegir en libertad, sin darnos cuenta de la grandísima manipulación que se cocinan al trasfondo. Esta manipulación puede traducirse en campañas como las del No, que a todas luces desfavorece a la mayoría pero que convence, precisamente, porque avizora un futuro negro y desesperanzador. En su intenso afán de seguridad, las mayorías preferirán siempre un viejo yugo conocido y no la posibilidad de un cambio.

Con todo y lo que pueda suceder en Colombia este fin de semana, este país siempre irá un paso más adelante que Guatemala, pues nuestra firma de la paz de 1996 no pasó de ser más que un show político en el que la guerrilla se terminó vendiendo a los intereses de la derecha oligárquica y conservadora encarnizada en aquel entonces en el mandatario Álvaro Arzú. Más que una paz firme y duradera, como tanto se pregonó por estos lares, el cese de hostilidades en Guatemala tan solo representó la creación de las condiciones necesarias para que la oligarquía pudiera llevar a cabo su plan privatizador. Prueba de ello es la vergonzosa manera como hoy, a 20 años de tal farsa, no se ha cumplido ni uno solo de los acuerdos de paz —así, con minúscula—. Si bien es cierto que la famosa firma dio fin al enfrentamiento armado, los problemas que originaron el conflicto no desaparecieron. En todo caso, la insalvable brecha de desigualdad se hace cada vez más amplia. Y lo peor, que yo recuerde, los guatemaltecos jamás tuvimos un plebiscito. Nuestra paz fue impuesta como tantas cosas se nos han impuesto sin que nos demos cuenta.

Sinceramente, solo me resta desear al pueblo colombiano que tome la mejor decisión, aquella que satisfaga los intereses de la mayoría y no el de un pequeño grupo manipulador que, al final, es quien termina siendo el gran ganador de una guerra. Y en vista de que en nuestras latitudes la democracia puede ser ángel y demonio al mismo tiempo, remedio y arma mortífera, la responsabilidad de un voto razonado es todavía mayor. Ejemplos de lo peligrosa que puede ser la democracia en manos de imbéciles abundan, y Guatemala, con las decisiones políticas tomadas desde la famosa firma de la paz, se ha pintado para eso. Esperemos que poco a poco vayamos asumiendo la responsabilidad de nuestros destinos y no las dejemos en manos de estos imbéciles que se complacen en jugar sucio desde las sombras.

¿Quién es Leo De Soulas?

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