Manual para ser cursi

Angélica Quiñonez_ Perfil Casi literal.jpgRecientemente me he percatado de un fenómeno que al parecer ronda en varios blogs y ciertas columnas de opinión. Supongo que es un fenómeno discursivo pobremente externado, o quizás solo un agotamiento de ideas: he encontrado demasiados artículos acerca del concepto del amor. Y no me refiero a un estudio antropológico ni literario sino al sentimiento en sí. Antes de que piensen que me molesté en llenar más de 2000 caracteres con mi manera de imaginar los unicornios rosas, las lunas llenas y los cuadernos documentales de poesía, voy a dejar muy claro que desprecio ese tipo de publicaciones. Y parece que no soy la única, a juzgar por el bajo tráfico de estos títulos que llevan la palabra con A.

Irónicamente, amor es uno de los conceptos que, junto a tiempo y muerte, originan todas las ficciones conocidas. Se supone que es una cuestión universal, tan difundida y obvia, que será imposible que alguien no se sienta identificado. Pero lo cierto es que será inútil colocarle una etiqueta de indexación a cualquier artículo sobre la maravilla del amor. Es un poco patético pensar en cómo las sufridas palabras de estos autores se ahogarán en el océano de irrelevancia virtual, clasificados con el mismo término que podría ligarse a una novela de Jane Austen, una película de Nora Ephron, un versículo bíblico o algún otro depravado fanfic de Crepúsculo (y eso terminó tan mal la última vez).

He dicho anteriormente que las personas buscan en los medios los mensajes que se adaptan a su manera de pensar. Los medios son espacios de ideas: conjeturas y discusiones en torno a la información que nos empodera, nos inspira o nos entretiene. Ahora bien, cuando un autor que se sienta a redactar su hipótesis fenomenológica sobre el amor contra la literatura, contra el consumismo, contra los supuestos estereotipos o contra las letras de rancheras, en realidad está dialogando consigo mismo. Y claro que ninguna audiencia aprecia saberse ignorada. Sin embargo, lo más trascendental de este disfuncional intercambio, y lo que creo que un autor amoroso no sospecha, es que a la audiencia realmente no le importa lo que él sienta.

El amor no es un tema que perderá interés mientras sigan existiendo las palabras, el alcohol y los embarazos accidentales. Es fácil sufrir con la pobre Éponine, fantasear que alguien tiene el Harry de nuestra Sally o coincidir con los Bee Gees y las otras personas que quieren llenar este mundo con ridículas cancioncitas acerca del tema. Sin embargo, la razón por la que el amor tiene tanta tracción en las obras de ficción (y en la música) es precisamente porque el autor es invisible. Las audiencias pueden identificarse con un personaje porque existe distancia para aceptar o rechazar sus actos y emociones. Pueden saltarse una canción del disco, o bien, dedicarle toda una lista de reproducción a los tropos de mariposas y ríos de llanto de Maná. Cuando un autor de opinión se envalentona para expresarle una forma y método al amor, está alienando a todo y cada lector que, obviamente, tiene su única e intransferible definición del sentimiento. Prescindiendo de un espacio para compartir su conocimiento y experiencia del mundo, podría argüir que este autor le falta el respeto a una audiencia que lo busca por esas razones originales (y probablemente quiere que sean solo amigos).

La otra circunstancia que, creo, complica convertir el amor en una discusión seria es lo dificultoso que resulta procurar un discurso nuevo sobre el tema. Es casi imposible hablar de amor sin un cliché, incluso cuando se trata de reprochar al mismo cliché. Resulta tan fácil ponerse fatalista, cínico, risueño, pornográfico o solemne, que casi ninguna postura escapa de parecer ridícula y equivocada. Mientras que pueden explicarse matemáticamente los fenómenos de gravedad y luz que devienen el tiempo, o los ciclos biológicos que facilitan la muerte, el amor es una construcción lingüística, cultural, social y, finalmente, personal. Un discurso, elemento científico del lenguaje, existe si su autor posee fundamentos, evidencias observables y mesurables para prestar objetividad. Me refiero a la objetividad que prioriza las ideas sobre la persona, porque éstas tienen una considerable posibilidad de no morir.

Considero imposible formar un diálogo inteligente donde el mismo lenguaje traiciona el significado y significante de sus interlocutores, donde son imprescindibles los prejuicios y nadie extraerá una conclusión intermediaria. Pero bueno, supongo que las manifestaciones del amor, al igual que los debates sobre la existencia de un dios, el estatus de planeta para Plutón, la necesidad de leer literatura clásica o el significado de la democracia continuarán abrumando los espacios de comunicación indefinidamente. Es un derecho de cualquier autor escribir sobre cualquier temática que considere importante, después de todo, pero es un talento de pocos autores entender qué temáticas merecen la pena.

¿Quién es Angélica Quiñonez?

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