Novelerías

Angélica Quiñonez_ Perfil Casi literal.jpgHabía una vez una editorial que distribuía conmovedoras historias para el mundo hispanohablante. Tenía un nombre melódico, autores laureados por la Academia y un premio novelístico que definía la calidad de nuevos y emocionantes narradores. Sus lectores esperaban con ansias las publicaciones de historias nunca antes soñadas, seleccionadas por editores que constantemente pescaban estas perlas de las profundidades lingüísticas. Sus mismísimos títulos asemejaban obras poéticas, boleros, versos, evocaciones inmediatas a las emociones que solo lo intangible puede causar. En Guatemala cualquier escritor fantaseaba con proferir una historia digna de las cuatro sílabas y el logotipo de filigrana dorada.

En los últimos meses he tenido la tarea de reseñar tres obras de esta fabulada editorial en un programa virtual. Al principio sentí una gran emoción cuando me entregaron el primer libro y me hicieron saber, con una sonrisa, que se trataba de una obra tan controversial como intrigante. Encontré una narración tediosa y explicativa, lejos de la mística que me inspira el infame autor protagonista. Pero ni modo: tratándose de la gran novela intertextual asturiana (y un escándalo que casi llega a tribunales), supuse que Hombres de papel era un mal necesario y que mis expectativas seguramente eran crueles. Después de todo, era una movida de riesgo apedrear a un laureado del Nobel.

La segunda obra correspondía a uno de los autores más populares de las últimas tres décadas, un cierto empresario convertido en humanista. En este caso, recibí una breve novela de misterio histórico cuya “incógnita” se descubre inmediatamente para cualquier persona que haya prestado dos minutos de atención en un curso de literatura inglesa. De nuevo, La amapola de Westminster tiene mucho ruido y pocas nueces.

Finalmente, este mes recién pasado obtuve la tercera obra: una novela semiautobiográfica de una autora que no había escuchado ni leído antes, con un par de obras de no ficción y una novela en el currículum. No quiero que nadie tome esto como un ataque personal, pero aún no existen los adjetivos que puedan expresar el fastidio, el desinterés y el desgano que esta novela provoca desde su mismo título: Asuntos de familia. Melodramática, innecesariamente enciclopédica y desesperadamente descriptiva: la saga de esta familia intercultural se parece más a una colección de artículos de la revista HOLA.

Después de esta triada de sinsabores literarios he estado pensando en la proeza que representa convertirse en un autor publicado. Muchos narradores y poetas brillantes que he conocido en este país han estado sujetos a tirajes limitados y de calidad económica. Les han rechazado obras fascinantes en sellos de prestigio porque no se consideraron rentables. Finalmente, muchos de ellos han optado por autofinanciar sus publicaciones. Nadie en este país puede vivir de la literatura.

Entonces, ¿de dónde vienen estas personas que ameritan una publicación masiva, con campañas de publicidad, ruedas de prensa y protagonismo en clubes de lectura? Sus obras no tienen una calidad distintiva ni un relato fascinante: son más bien mecánicas y, en un caso particular, pobremente editadas. ¿Por qué serían dignas de compartir el sello de los premios Nobel y los laureados de un importante premio novelístico? Intuyo que en muchos casos se trata de proyectos personales: cumplir aquél refrán sobre tener un hijo, sembrar un árbol y escribir un libro. Pero tal como hay personas que no deberían ser padres y personas que siembran aguacatales que destruyen las cañerías, hay otro tanto de gente que nunca debería tocar una pluma.

Inmediatamente pienso en la romántica tarea que tiene un editor de ficción, un acto confusamente erótico de recorrer los sentidos íntimos de un narrador y hurgarle esa palpitación que alguna vez sintieron los que escondieron un corazón bajo el piso, buscaron un libro aristotélico que matara monjes o se consolaron con 620 amantes. Un editor tiene la tarea de distinguir dónde está el talento, cuál es la historia que cada autor viene a contar y por qué es importante que sea conocida. Quizás lo más apasionante de este intercambio entre autor y editor sea esa certeza de conocer una parte íntima e inconfesable donde se fabrican pesadillas y ficciones. No sé si estoy rayando en cursilerías, pero a veces creo que el apasionamiento ha abandonado a demasiados editores. Sospecho que será un efecto secundario del hambre.

Realmente no quiero sonar como una de esas personas apocalípticas snobs que posiblemente esperan al Shakespeare resurrecto que una las legiones de literatos desempleados y queme todas las copias existentes de El alquimista. Yo también poseo las aventuras completas del mago Potter y mi prendedor de Sinsajo, pero me gustaría que las editoriales que me prometen al próximo Bolaño no me vendan a la nieta inédita de Corín Tellado. No sé si debiera culpar en ese sentido a los editores que han perdido los deseos de formar autores legítimamente llamados artistas. O bien, si es más justo culpar a las audiencias que han dejado de insistir.

¿Quién es Angélica Quiñonez?

5 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Mario Overall dice:

    ¡Uf! ¡Directo al hueso! ¡Muy bueno!

  2. Andrés Lou dice:

    No entiendo. La literatura comercial existe en todas partes y las Corín Tellado se venden más que los Bolaño aquí y en todo el mundo, ¿por qué extrañarse que abunde más lo primero que lo segundo?

  3. Eynard dice:

    Por eso volando a contracorriente con Los zopes 🙂

  4. Hacen falta mas lectores y menos pacotilla en las librerías. También hace falta pasión, lo has dicho muy bien!

  5. Luis dice:

    El mercantilismo literario y la literatura fácil son rentables. Aunque coinsido en que Alfaguara produce cada vez literatura de mala calidad, veo rescatable la obra de Antón, no es su mejor novela pero el Señor tiene lo suyo.

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