29 de noviembre

Rubí_ Perfil Casi literalEl último martes del mes pasado corría el sopor de la rutina; entre el olor de la comida callejera y el humo de los vehículos, el panorama era el mismo, no esperaba que algo extraordinario sucediera aquel día. Parte de la comunión con los quehaceres diarios de mi permanente vida universitaria es el uso del transporte público, actividad que en Guatemala implica poner en riesgo la vida y no digamos las pertenencias. Pero ese martes, cuando la vi allí sentada, dejaron de importarme aquellos detalles relativos a la vulnerabilidad de mi integridad física.

Durante mi espera por aquel autobús, el calor del mediodía freía mi cerebro y solo quería volver a casa para dormir. Cuando por fin llegó, abordé sin problemas y me tuve que embutir hasta el fondo; nada del otro mundo. Buscando lugar entre la multitud, la vi allí en el asiento amarillo para ancianos, intentando con su deteriorada dentadura, partir la costra dura de las frituras artesanales que llevaba. Hablaba entre dientes y miraba hacia el vacío por ratos, despertando la curiosidad burlona de quienes no la identificaban. Vestía ropa varonil, una boina y cargaba una bolsa con artículos de menudeo para la venta. Sí, era Isabel de los Ángeles Ruano, premio Nacional de Literatura 2001. Sí, era la misma mujer laureada por el poeta León Felipe y por Luis Cernuda. Sí, era la misma poeta acerca de quien los más sesudos académicos guatemaltecos han disertado, y a quien nosotros los estudiantes de letras conocemos desde la frigidez de la teoría. Era ella, la vendedora del Parque Central. Isabel, la cariátide, la musa, la poeta, la mujer.

A diferencia de otros días, viajar en autobús fue lo mejor que pudo pasarme, porque en sus ojos cansinos y esquivos, donde el dolor de vivir botó las paredes de la cordura, pude leer un poco de su poesía. Y a pesar de que ella no cruzó ni palabra ni una mirada conmigo, yo estaba ahí absorta, admirándola, maravillándome y pensando en versos como:

Estas rimas sonoras y violentas
llevan recio sonido atolondrado.

No puedo pedir más, son días blancos
días para gritar con palabras destempladas.

[…]

Así son mis versos
un pedazo de corazón y cielo azul.

No sé si tenga derecho a cuestionar alguna cosa acerca de la situación económica que ha determinado la suerte de esta mujer, así como ignoro si tengo derecho siquiera a opinar sobre ella, más allá de la solidez de su obra poética y periodística. Mis apreciaciones distan de la lástima, van encaminadas más bien hacia la indignación de ver a una mujer de una brillantez creativa excepcional, escurrirse vendiendo baratijas por las calles de un país que le ha dado la espalda, un país que primero la galardona con el mayor título como escritora y que después la anula desde las relaciones horizontales que se han tejido (y se siguen tejiendo) en los gobiernos y sus ministerios inútiles, donde trabajan personas que ni siquiera conocen su nombre, mucho menos su obra. Un país donde se la llama lesbiana, como si serlo siguiera siendo algo punible o como si detrás de ella hubiera una policía orwelliana de la moral.

Pero qué sé yo. A lo mejor mi única autoridad para opinar se cierre a este espacio que me permite recordarle a usted, querido lector, que si alguna vez pasa por las calles del Centro Histórico de Guatemala y ve a una mujer anciana vestida de varón vendiendo versos o chucherías, piense en que ella y usted comparten emociones universales, angustias, pasiones que mueven el mundo, lo sacuden y lo desordenan antojadizamente y lo dejan como el Guernica. Que ella es un nombre, una voz de mujer que habla de la realidad de la suerte del artista en manos de la sociedad del sinsentido, cómoda en el paternalismo y el consumo. A lo mejor esta revelación le llegue, como a mí, el día menos esperado, en una unidad del transporte colectivo.

¿Quién es Rubí Véliz Catalán?

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Dulce Rubí! Qué precioso artículo. Gracias por hacernos despertar.

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