Ortega y la dictadura perpetua

Alfonso Guido_ Perfil Casi literalNi siquiera el ciudadano más estúpido y desinteresado necesitaría leer el resultado de las elecciones del pasado noviembre en Nicaragua para saber quién fue el ganador de una contienda presidencial de por sí inexistente. Dentro de pocos días Daniel Ortega iniciará su tercer período de gobierno consecutivo tras una segunda reelección que no hizo más que evidenciar el esperpento en el que se ha convertido el sistema político nicaragüense en manos del sandinismo luego de llevarse a cabo unos comicios fraudulentos, sin competencia política y sin la presencia de observadores internacionales.

Desde la revolución de 1979, este hombre de dudosa reputación y cuestionable capacidad intelectual se ha aferrado con uñas y dientes al escenario político del país, y no le bastó una década como mandatario durante los 80 ni perder tres elecciones consecutivas a partir del 90 para retirarse de escena. Ortega regresó en 2007 para quedarse y en el presente año se cumple su segunda década en el poder. Durante este tiempo, con mucha sutileza y cortinas de humo, ha construido los cimientos de una dictadura que va para largo. La compra de magistrados de la Corte Suprema de Justicia y del Consejo Supremo Electoral, las múltiples y nefastas violaciones a la Constitución, las destituciones de diputados opositores en la Asamblea Nacional, el amaño de resultados electorales, la farsa de la construcción de un canal interoceánico y un sistema de gobierno populista que promueve la ignorancia colectiva han limpiado el camino de este caudillo chontaleño hacia lo más alto del poder, hasta alláaaaaa arriba, donde ni siquiera a pedradas podríamos apearlo ahora.

Cuando concluya este nuevo período presidencial, Ortega se habrá convertido, sin la ayuda de fantoches que disimulen su descaro, en el dictador más perdurable de la historia de Centroamérica, acumulando 27 años en el poder —5 al frente de una junta de gobierno y 21 como presidente— superando así los 22 años que Manuel Estrada Cabrera gobernó Guatemala desde finales del siglo XIX. Para no ir muy lejos, ninguno de los actores de la dinastía Somoza —ni el padre, ni sus hijos, ni sus fantoches— gobernaron durante tanto tiempo.

El descaro se vuelve aún mayor cuando se imposibilita la participación de la oposición en las elecciones —la verdadera oposición, no la de mentiritas que figuró en las boletas de votos— y cuando, por si fuera poco, se determina que la primera dama será la vicepresidenta del país. Estos son los primeros frutos de una dinastía cultivada a lo largo de una década. Con el control absoluto sobre todos los poderes del Estado, ya no habrá fuerza divina capaz de derribar al dictador. No vislumbro a Evo, ni a Correa y ni siquiera a Maduro —mucho menos este— permaneciendo más tiempo en sus respectivos gobiernos de lo que Ortega y su legión perdurarán en Nicaragua, muy a pesar de que en los últimos tiempos América Latina haya tomado un evidente vuelco de izquierdas a derechas —de Fernández a Macri, de Rouseff a Temer, de Lugo a Cartes— en su situación política regional.

Desde luego, se podría señalar ahora a muchos culpables de la circense situación política nicaragüense, como por ejemplo a los líderes de una oposición absurdamente dividida y fragmentada; sin embargo, a fin de cuentas son la ingenuidad y la sumisión del mismo pueblo las que conceden semejante cantidad de aberraciones a la democracia. Es culpa de la gente que mientras se mece en el porche de su casa siente temor de hablar de política y baja la voz para decir “callate porque los vecinos son sandinistas rematados”, o bien, es culpa de todos los empleados públicos que no se rebelan contra el sistema autoritario que les obliga a asistir a la Plaza de la Revolución con banderines rojinegros y ridículamente vestidos con t-shirts que hacen propaganda al régimen. Es culpa de los padres de familia que no se indignan cuando a sus hijos se les educa con engaños bajo un sistema avasallado que idolatra al dictador, de los intelectuales cobardes que esconden la pluma cuando se trata de expresar una verdad. Y también acaso, por qué no, de quienes nos fuimos, dejando atrás un país condenado a su propia suerte.

Ojalá abrieras los ojos, Nicaragua.

¿Quién es Alfonso Guido?

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Leo De Soulas dice:

    Ahhhhhhhhhhhhh, las pinches dictaduras en América Latina parecen ser el cuento de nunca acabar. Sin embargo, algo que me llama la atención de la dictadura de Ortega es que, con todo y sus miserias, no tiene los mismos problemas de los malditos países del triángulo norte: violencia desmedida, corrupción descarada, inseguridad… Eso sí, nuestros malhadados países del triángulo norte son democracias flamantes, de las que sus miembros clasemedieros se sienten muy orgullosos, como si fuéramos ejemplos de libertad.

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