La raya entre porno y erótica

Angélica Quiñonez_ Perfil Casi literal.jpgProcrastinando en los pasillos virtuales de la biblioteca de Kindle he encontrado cientos de libros que, libre del condicionamiento que suponen las libreras limitadas y los precios de importación, he descargado indiscriminadamente. Poseo ahora cientos de ediciones de los clásicos literarios, con ilustraciones, anotaciones y versiones de audio que quizás nunca acabe de leer pero que me fascina observar en la minúscula biblioteca de bytes. Pero la famosa sección de $0.99 no solo tiene Tolstois, Austens y Poes, sino que los intercala con libros de autoayuda, manuales de finanzas, fragmentos de nuevas sagas juveniles y, sobre todo, novelas de romance.

Y estas últimas vienen en todos los géneros que ya aburrieron o que jamás se le ocurrieron a Nicholas Sparks: desde dramas sobre enfermedades terminales hasta thrillers directamente plagiados de la programación de Investigation Discovery.

Sin embargo, las que me han llamado la atención por la cantidad exhorbitante de reseñas positivas de los lectores fueron las llamadas novelas eróticas. Con sus portadas aparentemente elaboradas por un aprendiz de Photoshop con acceso a un catálogo de Leonisa, las novelas tienen títulos apropiados para la batalla de las bandas adolescentes, como The Surrender of Persephone, Under Mr. Nolan’s Bed o Heidi and the Kaiser.

Como la curiosidad hace cosas maravillosas (y no podía decirle no a un precio de $0.00), descargué la novela Taken (sin relación alguna con la saga de Liam Neeson) escrita por Selena Kitt, una de las «autoras» más prolíficas del género y poseedora de un pseudónimo que solo sería creíble para una estrella porno. Empecé a leer la novela y decidí compartir esta banal y estrafalaria experiencia porque sostengo la teoría de que la narrativa erótica es una causa perdida, tanto para la narrativa como para el erotismo.

La narrativa de Taken no es para nada compleja: se lee en una hora y todas sus palabras caben holgadamente en el vocabulario de una niña de doce años. A menos del 10% del avance sobre el libro, la protagonista Elizabeth y su jefa Sarah ya fueron sorprendidas por una tormenta que las obligó a desvestirse para preparar la cena. Los diálogos son dolorosamente expositivos: puntualmente establecen las edades, rasgos físicos y profesiones de ambas mujeres como lo haría cualquier porno. El título de la novela, «Tomada», viene de cómo Sarah usa un anillo en su mano izquierda para dar la impresión de estar casada y evitar así la atención de los hombres. Aparentemente, este anillo también tiene el poder para incendiar pasiones homoeróticas, porque Elizabeth inmediatamente olvida a su novio de la secundaria para removerle el brassiere a Sarah y protagonizar la primera escena. Las descripciones no son exactamente anatómicas: la mayoría son sinónimos de temblar o respirar y listados de las cosas humedecidas por las circunstancias.

Sin embargo, las imágenes son claras e inconfundibles para quien las lea. No hay metáforas, por lo que los genitales reciben nombres inofensivos que se repiten descaradamente por la escasez de sinónimos. Hay muchas referencias a lo que hacen las bocas, y quizás por eso no podré volver a escuchar ni decir la palabra jugos.

Me sorprendió leer esta escena en que Sarah recita un poco de poesía erótica que es sincera, humilde y por eso irremediablemente cómica: «No puedo darle a una chica hambrienta/ la carne cruda ahora/ no cuando ha estado picando huesos. Boca de pajarito/ receloso gorjeo/ no significa que esté lista». No sé qué clase de poesía lee Selena Kitt, pero casi podría garantizar que viene de los rincones más recónditos y vergonzosos de DeviantArt o de alguna desafortunada open-mic night.

Cuando aparece el personaje de David, obviamente predestinado al menage a trois, los diálogos explotan todos los clichés conocidos: «no me molesta una mujer por encima», «sé una niña buena»… La trama se preocupa por pasar de un encuentro al siguiente, descartando cualquier conflicto que pueda parecer realista. Este es el mundo diseñado por David Duchovny, donde las vulvas están perfectamente depiladas, no existe el SIDA, el sudor huele a perfume caro, la lluvia tiene calidad dramática, las personas están conveniente —y trágicamente— estériles y las conversaciones mágicamente exponen otras alternativas para fornicar.

Las descripciones están hechas para que cualquiera imagine la posición, el color y las formas: nunca emociones. La segunda sorpresa viene en la forma de una referencia a Henry & June, la infame película erótica de 1990 sobre Anaïs Nin y Henry Miller. Duele un poco la manera en que dos autores, acaso los únicos que le prestan algo de redención al género erótico, sirven para catapultar la escena mientras los personajes terminan de cenar y comienzan a revolcarse frente a la televisión y sobre las cajas de pizza.

El clímax toma el 33% del libro, detallando hasta 12 posiciones y variaciones diferentes del trío que prometió la descripción del producto. Me salté varios párrafos porque simplemente había perdido todo el interés y necesitaba saber cómo concluía el gran evento. Cada suspiro, movimiento, penetración, beso y grito está registrado en estas escenas para no dejar nada a la imaginación, y esto incluye la marca del lubricante. Irónicamente, el desenlace no ocupa más de 4 párrafos sin mayor emoción: «la vida apesta». Mágicamente, los experimentados David y Sarah han superado su infertilidad para cumplir con las obligaciones del matrimonio occidental, y la antes-inocente Elizabeth es ahora novia de un hombre mayor. Un final feliz, y el heteropatriarcado vuelve a salvar el día.

Ahora bien, he leído a Anaïs Nin, Henry Miller, D. H. Lawrence y a E. L. James para tratar de entender por qué es tan complicado hablar de erotismo en narrativa. No puedo imaginarme algo más incómodo, extraño y desacertado que intentar escribir una escena de sexo donde la acción no desarrolla nada en la trama pero tampoco puede permanecer exactamente estática. Uno, como autor, corre el riesgo de sonar cursi, técnico, aburrido o pornográfico. ¿Por qué es tan atractivo para las personas leer página tras página de esa narración mecánica y simplista como la de Taken? La respuesta apareció en una frase de Delta of Venus. Anaïs Nin brillantemente resume que el sexo, sin emociones, caprichos o hambre, se convierte en una obsesión mecánica tan explícita como forzada. Esto probablemente explica por qué no soporté la lectura completa de las sensuales escenas de Selena Kitt, pero por qué tiene una respuesta tan efectiva de su audiencia. El relato sin personajes desarrollados ni emociones específicas permite que el lector se introduzca a la acción sin reparar en implicaciones, conflictos o símbolos. Se lee y se visualiza tan fácilmente como una película de medianoche en Cinemax, acaso con mayor apetito porque el mismo lector debe «desvestir» el relato con su propio conocimiento sobre el texto. En ese caso, lo que la gente compra no es erotismo, sino pornografía.

Una infame frase de Oscar Wilde, extraída para un perturbador episodio de House of Cards, infiere que todo en la vida se trata de sexo excepto el sexo, porque éste se trata de poder. La literatura, como objeto artístico, no representa emociones ni situaciones con la intención de ser fiel a la realidad, sino a una sensibilidad. El sexo difícilmente recibe un detalle específico en un ámbito literario: se trata de la sugestión y la construcción de tensiones mayores. El erotismo es esa exploración de las emociones e impactos que devienen del sexo: no necesariamente el amor, sino la ira, la venganza o la desesperación. Por eso, el erotismo a veces ni siquiera está en el dormitorio sino en actos acaso más mundanos como cortar una flor amarilla.

No tengo nada en contra de la gente que disfrute este tipo de novelas, pero creo que deberían recibir el nombre apropiado de literatura pornográfica y no erótica. Supongo que es esta falta de diferenciación la que hace que no surjan perspectivas narrativas sobre el sexo y éste persista como un raro tabú del siglo XXI. Quizás, a pesar de vivir en la era post-MTV, con la Playboy sin desnudos y el aplastante éxito de un fanfiction de BDSM, todavía tenemos mucho que aprender.

¿Quién es Angélica Quiñonez?

Un comentario Agrega el tuyo

  1. De hecho comparto tu opinión sobre las escenas del eroticismo, o por escrito o rodado. Eráse una vez que no se permitía nada de eso. Así que la pareja entra en la alcoba, comienza a quitarse la ropa y el libro pasó a la mañana siguiente y la película, a la próxima escena.

    Ya no. Los directores de cine han pasado ya de lo sublime a lo rídiculo, intentando crear algo nuevo sobre los actos del sexo humano. Toda descripción del coito y otras formas de actividades sexuales ya ha sido escrito y más de una sola vez. Igual que con los rodajes de lo mismo. Me hace reir ver las nuevas películas eróticas/pornográficas, notando que el director en su manía de ser creativo, busca en vano otro plano, otro ángulo, otra dimensión del campo de ciencia ficción para producir el orgasmo más bullicioso y prolongado de la historia.

    Mejor mandar a los excitados protagonistas detrás de puertas cerradas y dejarnos a los consumidores fantasear como nos gusta más.

    Abrazos, Richard

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