El infierno tan temido

Alfonso Guido_ Perfil Casi literalDurante las últimas noches y madrugadas —o por lo menos cuando el delirio no me acechaba— me dediqué a releer algunos cuentos escogidos: Rulfo, Poe, Onetti, algunos Dublineses de Joyce y algunas de las Ficciones de Borges. También «Todos los pilotos muertos» y «Una rosa para Emily», de Faulkner, y «Cabeza y hombros», de Scott Fitzgerald (acaso el mejor primer cuento de un autor en toda la historia, suponiendo que «Casa tomada» no fuera el primero que escribiera Cortázar). Y en las mismas fui en búsqueda de «El cocodrilo», de Dostoievski, pero no recordaba que ya no está y no quise leerlo en una pantalla. También me hubiera gustado releer «Telenovela», de Dante Liano, pero tampoco lo tengo, y aunque quisiera leerlo en internet, tampoco está. Acerca de este cuento, por cierto, debo decir que se trata de una insospechada perla entre el fango de un cuentiario más que mediocre. Talvez no exagere al decir que es uno de mis relatos preferidos en toda la literatura guatemalteca, o al menos lo suficiente como para que ahora, muchos años después de haberlo leído, aún esté hablando de él. Entre toda la narrativa breve del país, sé que sin dudar salvaría este cuento como también salvaría de Miguel Ángel Asturias su mejor obra a mi parecer: «El espejo de Lida Sal» (el cuento, no el cuentiario completo).

Ahora pienso que algunos cuentistas me gustan más cada vez que los releo, pero otros ya no tanto. Hablando de literatura guatemalteca, por ejemplo, me doy cuenta de que ya no me apetece releer los cuentos de Augusto Monterroso. Cada vez que tengo la intención de releerlo, específicamente sus fábulas o sus Obras completas (y otros cuentos), se me viene a la mente «Míster Taylor», «El eclipse» o la fábula infame que hiciera en alusión a Gregorio Samsa y entonces se me pasa. A mi parecer, el mejor cuento de Monterroso se llama «La tortuga de Kafka», y no está entre sus cuentiarios, sino muy bien camuflajeado en uno de sus libros de ensayo: creo que en La palabra mágica, si no mal recuerdo.

Hablando de Kafka pienso también en sus cuentos. La mayoría de ellos son de difícil clasificación y no soy capaz de recordar alguno que sea extraordinario excepto La metamorfosis, aunque para mí esta es una novela y no un cuento. Pero suponiendo que en efecto se tratase de un cuento largo, la genialidad de esta obra también dependería mucho de su traducción, aunque Monterroso —y vuelvo otra vez a Monterroso— dijo sabiamente (parafraseo) que una obra maestra es capaz de sobrevivir a cualquier mala traducción por muy pésima que esta sea. Que de hecho, esa es una cualidad de las obras maestras. Entonces pienso otra vez en La metamorfosis y en la traducción que de ella hiciera Borges, aquella que empieza rezando «Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontróse convertido en un monstruoso insecto», y debo confesar que ese encontróse particular en su versión no me deja tranquilo; y si a esto le sumo la leyenda de que Borges aprendió alemán de forma autodidacta y solo con la ayuda de un diccionario bilingüe… Bueno. Lo cierto es que no existe una regla que diga que los buenos escritores tengan que ser, precisamente, los mejores traductores. Pero vuelvo rápidamente a Kafka, a sus «cuentos» (entre comillas), y entonces pienso en muchos que leí hace unos años y que estaban reunidos en algunas ediciones de Alianza Editorial, entre ellos un texto sublime que recientemente volví a leer en una pésima traducción (a este no le hizo justicia la teoría de Monterroso) titulado «La ventana a la calle», pero pienso en él como cualquier otra cosa fuera de esta galaxia de simples mortales menos como un cuento.

Hasta ahora solo he hecho alusión a autores del siglo XX en su mayoría y esto me hace pensar en una persona que me ha criticado por eso: por no leer literatura de los últimos treinta años. Creo que exagera un poco, por supuesto, pero aun así le doy la razón. A mi favor quizá solo pueda decir que uno se va pero la literatura se queda, ella no se va a ninguna parte. Todavía me queda mucho por leer del siglo anterior. A Dorothy Parker, por ejemplo. Sus ensayos. Seguramente no me puedo morir sin leer antes a Dorothy Parker.

Con el fin de rellenar el espacio de caracteres mínimo que se requiere para publicar un artículo en esta revista —y veo que ya lo logré— he llegado hasta acá divagando acerca de muchas cosas superficiales, pero el verdadero motivo de esta columna, lo único que en verdad tenía ganas de decir es lo siguiente: anoche releí «El infierno tan temido», de Juan Carlos Onetti. No recuerdo cuándo fue que lo leí por primera vez, solo sé que hasta anoche me di cuenta de que es uno de los cuentos más hermosos que existen para leer en voz alta.

Así que eso era todo. Talvez ya me puedo morir en paz sin haber leído a Dorothy Parker y sin conocer el final del callejón sobre el que queda mi casa.

¿Quién es Alfonso Guido?

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  1. Cecilia Treguas dice:

    No se incomode por la crítica que dice haber recibido sobre no leer autores de los últimos treinta años. Comparto su problema, es más, creo que mi caso es peor. Tengo un ardiente prejuicio en contra de todos los autores de los últimos 67 años, no porque no los lea, sino porque no los soporto.

    Tampoco es que no cuente entre mis autores predilectos con tres o cuatro que han dado a luz la totalidad de su obra durante este tiempo; algunos están vivos y siguen publicando. Pero, aún a estos, los valoro no por otra razón sino por aquellas facultades que los emparentan con los escritores muertos. Cuando más vieja y pasada de moda me parece la labor de un libro (un ensayo con propósito definido; un poema con sintáctica y semántica legibles; un cuento, una novela o una obra de teatro con personajes con nombres y una trama emocionante); cuando más humilde y heredero de una antigua tradición se reconoce un escritor, aunque sea implícitamente; cuando un libro parece un desafío para la mente y el corazón y no un chisme editorial, más me cautiva.

    Los grandes escritores que usted menciona fueron gigantescos poetas que rompieron reglas fundamentales y se atrevieron a modificar la historia de géneros y subgéneros por medio de ideas y sentimientos tenaces y frontales, pero con cimientos y dentro de un compromiso artístico, porque lo que lograron no fue lo que se propusieron, que era, según yo, contar historias.

    Los mediocres escritores actuales (que no necesariamente nacieron en los últimos 30 ó 67 años; hay escritores actuales en todas las épocas, desde la prehistoria, y los habrá hasta que todo se acabe; los escritores que bailan con el bullicio “de su tiempo” no están en extinción, como si lo están los otros, los intemporales, los quijotescos, los deplorados y deplorables aguafiestas, los eternos románticos que innovan con base en aquello que los demás dan por “superado”) hacen, creo, todo lo contrario. Concluyen (sin pensar demasiado) primero cuáles reglas se les antoja romper y por qué bufonada quieren ser conocidos, y se olvidan de lo más importante y, peor aún, hacen que las personas lo olviden. Con eso, además, logran reproducir sortilegios retóricos, pero jamás crear arte.

    Por eso es importante releer a los autores que usted menciona y a quienes intentan imitarlos a ellos. Esos autores no tienen época ni lugar. Son artistas.

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