Estúpida, sensual nostalgia

Angélica Quiñonez_ Perfil Casi literal.jpgHace pocos días compré mi entrada de cine 3D para presenciar la mágica, encantadora y completamente innecesaria adaptación de La bella y la bestia. Me sé todas las canciones de la versión animada desde que tenía 3 años y también me sé las versiones más grotescas del cuento original según Perrault, Villeneuve y Beaumont. Podría hablar ahora de cómo he visto la versión de Disney decenas de veces desde que era niña, entendiéndola de maneras diferentes pero guardándole una fascinación especial que no sentía con ningún otro cuento, o cuánto me ha inspirado el personaje de Belle o sus posibles secuelas psicológicas, o por qué creo que es estúpido que la gente siga diciendo que la historia es sobre el Síndrome de Estocolmo. Pero como a nadie le interesa eso de mi patética y cursi infancia, escribí sobre la vergonzosa (y quizás dolorosa) razón por la cual existe esa adaptación.

El entretenimiento de estos días se trata del pasado: todo es un remake, reboot o secuela. Por eso volveremos a conocer a los Power Rangers, al Capitán Planeta, a la enésima encarnación de Batman y a todas las princesas de Disney (y con suerte, interpretadas por actrices que sí puedan cantar). Antes he dicho que se trata de un franquiciamiento del mercado creativo. Se escriben novelas para convertirse en películas que se convierten en secuelas, que se convierten en series, que se convierten en cualquier cantidad de productos: desde papel higiénico hasta anillos de compromiso. Sin embargo, un mercado existe cuando las personas crean la demanda. ¿Y qué razón podríamos tener para esta persistente obsesión con los niños noventeros y las caricaturas viejas? Y a estas alturas, ¿persiste la misma emoción al saber que a cada recuerdito le llegará su adaptación al cine?

Cualquiera podría pensar que el entretenimiento de antes tenía mejor calidad, mayor originalidad y menor competencia. Y existe un poco de razón en eso. De acuerdo con Box Office Mojo, en los años 90 los cines estrenaban un promedio de 450 películas al año. Solo en 2016 este número llegó a 729. Un estudio de Cambridge University Press también indica que la cantidad de álbumes musicales lanzados anualmente ha aumentado de 40,000 en los 90 hasta más de 100,000 en la década actual.

Con mayores ofertas, menos tiempo para publicitar y una competencia imparable, no es sorpresa que los estudios tomen la ruta corta para producir más contenido en menor tiempo. Los libros para consumo popular se han vuelto cada vez más formulaicos y se centran en una tendencia clara: cuando se publicó Crepúsculo poco tardaron en surgir romances sobre monstruos, y cuando se publicó Los juegos del hambre nada demoraron en brotar las novelas distópicas juveniles. Los artistas musicales sacan decenas de sencillos al año para mantenerse en la atención pública; reúnen decenas de videoclips a pesar de solo haber lanzado dos álbumes, y estos álbumes no salen en lapsos de cinco a siete años sino de dos a tres.

Pero con las películas sucede algo diferente: requieren una inversión mayor a la de un libro y un tiempo de producción aún más extenso que el de un sencillo. Sin la rapidez de los autores fantasma y los remixes electrónicos con Mr. Worldwide, ¿cómo puede preservarse una historia cinematográfica en la memoria de las personas?

La nostalgia funciona porque la audiencia hace el esfuerzo para mantener relevantes ciertos símbolos e historias. Nuestra infancia no necesariamente fue la mejor época de nuestras vidas, pero comparada con los problemas y decisiones que enfrentamos ahora (especialmente los sufridísimos millennials) es fácil sentir que en esa época todo era más sencillo y alegre. Al mismo tiempo, la tecnología nos da una constante impresión de actualidad, y un solo movimiento del dedo devela hasta una década de imágenes y opiniones en cualquier feed. Muy atrás se quedaron los días de rebobinar los mismos VHS. En cierta forma, nuestro entendimiento de ahora involucra todo el tiempo en que hemos existido conectados, tiempo que hemos documentado en imágenes y textos. Más que un legado o una guerra, más que toda la corrupción y la miseria, la ansiedad de nuestra era es olvidar y ser olvidados. Y es una preocupación aún más compleja en este siglo porque sabemos que nosotros mismos estamos persiguiendo la siguiente novedad, y esta es tan efímera e innecesaria como cualquier hashtag.

Talvez es un poco triste que tengamos los ojos tan fijos en el pasado, especialmente si es para entretenernos. Queremos que las cosas nuevas que nos maravillaron cuando éramos niños vuelvan a hacerlo, pero ya no somos niños y lo que estamos viendo hoy no son exactamente innovaciones. Volviendo a la última extravaganza musical de Bill Condon, me sorprendió enormemente cuántas líneas y tomas de esta nueva versión son copias fieles de la antecesora, sin un poco de interpretación o reflexión.

La bella y la bestia se adaptó brillantemente 1991, respetando el mensaje del cuento original pero creciendo su significado con composiciones musicales, instancias de comedia y una protagonista con motivaciones más parecidas a las de una mujer contemporánea. Aparte de un éxito comercial, la cinta de Gary Trousdale fue la primera animación que ganó una nominación a Mejor Película en los Óscares. La razón por la que fue una cinta exitosa es porque sus creadores entendían la manera en que la audiencia había madurado desde que escuchó el cuento en la infancia. El problema no es que exista una adaptación, sino que estas están orientadas a minar la memoria de la gente para economizar esfuerzos creativos. Y sí, las producciones son gigantescas y bellísimas, pero si los contenidos no se exploran, ni se alteran, ni subvierten para mover a las personas, poco importa tener los mejores cinematógrafos, músicos y directores de arte. Por eso no tenemos experiencias memorables en el cine. Por eso no lloré cuando se murió Dan Stevens la Bestia esta vez. Y quizás por eso estoy viendo tantos artículos de feministas amargadas porque La bella y la bestia 2017 también  es una historia de romance heteropatriarcal, y ni siquiera los sonadísimos 2 segundos gay de la película pueden darle una novedad adulta.

Quizás deberíamos tener los ojos puestos en madurar y escuchar (talvez hasta escribir) nuevas historias que nos caractericen o al menos nos conmuevan. O bien, podemos celebrar que jamás envejeceremos porque Hollywood también tiene preparado otro  remake de Peter Pan.

Puede que este sea un mal necesario para que surja una nueva era creativa. Algún día, críticos e historiadores podrán sentarse a hablar sobre la crisis de identidad y creación de los años 2010. Posiblemente la vincularán con escándalos políticos, desastres ambientales y ataques terroristas. Dirán que fue una época de sentimentalismo, narcisismo y descontrol. Se celebrará una era de arte disruptivo y lógica iluminada. Y ya habrá otro tiempo para la nostalgia cuando la gente se aburra de la revolución y procrastine buscando caricaturas viejas en Internet. Esa es la única historia tan vieja como el tiempo.

¿Quién es Angélica Quiñonez?

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