Cocorí, el racismo y otras cosas

Dlia McDonald Woolery_ Perfil Casi literalEn Costa Rica tenemos años de darle vueltas al mismo tema: que si hay o no racismo en la obra Cocorí, de Joaquín Gutiérrez Mangel. Y siempre son los hispano-descendientes y algunos afro-descendientes —«descendientes», término que no me gusta— quienes alegan del racismo contenido en el libro.

Es un libro como cualquier otro, y como  tal, está sujeto a interpretaciones y valoraciones. Recordemos que se nos ha hecho pensar que nosotros, los de la etnia afro, no tenemos más derecho social y moral que «seguir pasando» (o sea, como acontecimiento irrelevante) sin llegar a ser nada más que ciudadanos de relleno muy a pesar de que seamos costarricenses o miembros de cualquier otra sociedad. Todos seguimos teniendo opiniones divididas al respecto y de igual forma me sumo en la misma confusión.

Y es que mi historia como escritora, pero aun más como lectora, me ha demostrado que en este caso particular el racismo tan aludido en la novela es parte de una enfermedad de transmisión visual tanto de unos como de otros; una transgresión óptica que se fortalece con los prejuicios.

El libro es, simplemente, un libro (reiteración intencional); destinado a un uso y un fin totalmente personal, como el sexo o cualquier otra condición gustativa del ser humano. Al final siempre reevaluamos nuestro criterio de acuerdo a lo que nos muestran y enseñan casi siempre los otros: quisiera encontrar a una persona que, de una u otra forma, no se dejara influenciar por lo que otros nos dicen.

Los «descendientes» vivimos en un país con anatemas de comportamientos que desde siempre han sido confusos: ¿de qué descendemos? De costumbres y tradiciones que nos negamos a refutar, determinados por actitudes propias que usamos a conveniencia: «los negros nos pelamos entre nosotros» (sí, claro, ¡cómo no!), «los chinos son cochinos» (sí, claro, ¡cómo no!), «los indígenas esto y aquello…». En fin: todos de lo peor, pero cuando tratan de clasificarnos en el panorama de las problemáticas sociales, nosotros, las minorías, somos quienes tenemos menos presencia en las cárceles, o en las oficinas de demandas por violencia familiar, y por el contrario, somos quienes tenemos mayor presencia profesional en cualquiera de las ramas en las que sea que nos desempeñemos. Las noticias nos respaldan pero luchamos siempre contra el qué dirán. Viven diciendo que somos marihuanos, drogadictos y ladrones, por lo que es fácil que el resto de la población crea lo primero que diga cualquier persona, porque como también somos «mentirosos», muy difícilmente se equivocarán las autoridades —o quien sea— en sus apreciaciones. No sé cómo sea para los otros descendientes de las minorías, pero a la puerta de mi casa llega a tocar un grupo de policías por lo menos cada tres meses, exigiendo entrar porque existe un reporte anónimo de «negros armados».

Yo he sido tolerante, mas no acepto que vivamos en una sociedad para la que sea determinante tu color de piel y en la que tu carácter como ser humano sea silenciado cada vez que se pueda, usando nombres y epítetos que te denigren o ubiquen en una condición especial, unas veces con cariño porque ese es el reconocimiento que se hacen entre amigos, pero otras, la gran mayoría de las veces, se hace con todo el peso del valor semántico aprendido. En los estadios de futbol y otras disciplinas, la minoría afrocostarricense somos los mejores deportistas, pero también nos tratan como los monos entrenados que hacen piruetas para quedar bien con sus dueños.

Cocorí es un libro cuyo título —tanto blancos como negros— no usarían como nombre o apodo para un hijo suyo porque resulta denigrante que el niño protagonista de la historia pueda hablar con animales que le ayudan a cumplir el sueño del conocimiento o que tenga una madre tan ignorante que pudo hacer nacer, de una rosa marchita, un rosal para que su niño nunca se fuera de casa a buscar aventuras.

A mí ningún hispano-descendiente me ha venido a preguntar qué se siente ser negra, y en cambio, llegan a decir que nosotros, los afro-costarricenses, podríamos llegar a tenerles envidia (me preguntó, envidia de qué). Nadie me ha preguntado qué sentí, de niña, cuando me pintaron con tizas y témperas para blanquearme porque «estaba sucia», todo bajo la mirada cómplice de una profesora que me decía: «¿Por qué llora? Usted no debería de estar aquí, váyase con los de su clase social». Nadie me ha preguntado cómo me sentí después de que la profesora leía con voz clara Más debajo de la piel, libro de lectura obligatoria de Abel Pacheco y en el cual todos los negros o indios eran turras, putas, alcohólicos, bembobes, drogadictos, vagos y siempre tontos; y ella agregaba «y ustedes no tienen que ser como esa clase de gente», a la vez que todas las miradas volteaban hacia mí.

Nadie me ha preguntado qué se siente, más de treinta años después, llegar a una universidad y que esa misma profesora, ahora convertida en catedrática universitaria (tomando el antecedente de que yo no la recordaba, o más bien, la falta de memoria de los ticos ante el racismo) denuncie una agresión en su contra en un salón lleno de personas, declarándome así persona non grata sin informármelo. Como soy descendiente solo tengo que callar y reír en lugar de pensar. ¿Es o no racismo que veinticinco personas sin estar presentes, o mejor aún, sin verificar los hechos, decidan apoyar un voto de censura?

Cocorí es un libro inofensivo y solo puede hacer daño si lo permitimos. Su trayectoria solo depende del arcoíris interpretativo de cada quien, de cuán culpables somos de no mejorar la educación que nos dan. En cultura la cosa tampoco anda mejor: somos pocos los escritores de la etnia afro en general, mujeres en su mayoría, y todos los demás quieren decirnos qué escribir y cómo hacerlo, pero sobre todo, qué pensar. Y de nuevo: nadie me ha preguntado qué sentí al leer en mi blog personal cosas como ésta (lo transcribo tal cual, con todo y erratas):

«Qué patética que sos Dlia, haciendote autobombo, diciendo que con ese papel higienico con letras que llamas libro, achará ārbol, vas hacer amigo de no se quién, das risa, lástima, sos patética, risible, no existis en este pais, pero bueno de algo tenes que comer, pobre diabla».

O:

«Cambiamos a una Delia McDonald por 10 haitianos de lo peor, nos dan vuelto y salimos ganando con el cambio».

¿Es o no una frase racista? Y estas son la más gentiles de muchas que me fueron enviadas a propósito de Premios Nacionales en los que fui parte del jurado, pero como era mujer y negra, según ellos no podía comprender la obra de uno de tantos postulantes, por lo que pronto tuve que recibir ese tipo de mensajes racistas.

Aquí cierro con lo siguiente: Cocorí puede hacer daño porque hasta ahora solo ha tenido promotores que no aman su trabajo más que para hacer dinero. El libro no me parece racista: las actitudes los educadores en las escuelas sí lo son.

¿Quién es Dlia McDonald Woolery?

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