La condicionada experiencia cotidiana

Sergio Castañeda_ Perfil Casi literal¿Qué es lo normal? ¿Acaso si existe una norma no es porque entrama con ciertos intereses? Foucault declara que el poder, más que para «reprimir», ha servido para «normalizar». Bueno, en una sociedad como la guatemalteca cabe decir que el poder sigue reprimiendo y en serio, pero también es cierto que normaliza y condiciona incluso nuestras prácticas más íntimas.

Así es como Juan López, por ejemplo, al haber nacido en el seno de una familia mestiza de clase media urbana, estudia en un colegio católico privado y desde muy chico esa misma institución educativa, la iglesia y su familia le han ido imponiendo valores en los que cree por obligación más que por convicción, y qué decir de la influencia que recibe todo el tiempo por parte de las industrias mediáticas. A Juan López le han instalado una especie de chip casi sin que se de cuenta. Tras graduarse del colegio ingresará a la Universidad para estudiar una carrera pragmática con la que pueda ganar dinero, se hará de una novia bonita y callada bajo los convencionalismos del caso y buscará casarse cuando «ya toque». Claro, comprará un carro que le de cierto nivel de estatus, irá a los lugares de moda y, por supuesto, con sus amigos del trabajo reproducirá bromas clasistas, machistas y racistas. Juan López, tan predecible pero encajando con los suyos en la norma.

Qué sería de Juan si al salir de esa institución educativa optara por ser una cantante y reconociera que su identidad de género es distinta a la de su sexo biológico. Qué tal si decidiera dejar de creer en la moral cristiana, ¿qué pasaría si llegara a la cena de Navidad a casa de sus padres como mujer trans y de la mano de su novio? ¿Cómo reaccionarían al verlo su padre y madre, hermanos y compinches de diversificado? ¿A qué trabajo podría aspirar? ¿Bajo qué roles tendría que regir su conducta para que esta fuera aceptada?

Como la Kipá, que representa la forma —en su tradición— para que el judío recuerde que Dios se encuentra encima de él y que por ello debe comportarse de acuerdo a la ley divina. Del mismo modo, el poder en la sociedad actual normaliza las cosas en todo momento y lugar, incluso en lo más íntimo, cuando estamos solos (aunque siempre estamos solos). El auto-disciplinamiento nos condiciona bajo ciertos valores y uniformidad de prácticas, reduciendo ese abanico de múltiples posibilidades que representa la existencia misma. Quizá sea el miedo a la soledad el que triunfa en estos casos, y por ello no se concibe siquiera como una posibilidad resistirse a ciertos paradigmas, y en lugar de luchar por nuestra identidad y libertad de conciencia, nos dejamos sumergir en el vértigo de lo establecido aunque eso reduzca el ejercicio humano en sobremanera, deambular por ahí sin abrirnos a nuevas posibilidades. La normatividad no se queda allí, y de hecho, abarca mucho más. Las jerarquías se instalan en el sistema preestablecido y es entonces cuando despreciar la otredad nos satisface para encasillar muy bien en la norma.

En un mundo convulso y que cada vez cuenta con menos certezas se valora en sobremanera esa costumbre de resguardarse en la tranquilidad y en el manejo de lo conocido. Algo parecido al miedo suele instalarse en muchas mentes al pensar que nada es definitivo y que por ello todo puede ser de otra manera, pero paradójicamente, la verdad es un ideal con cada vez menos seguidores. La tragedia de la existencia puede agudizarse en cualquier momento —sin respeto alguno a ese confort que se va creando al seguir la linealidad impuesta subjetivamente en nuestro tiempo— mientras los sicarios optan por cobrar en oferta, lo médicos por multiplicar sus ganancias y los críticos literarios por hablar en nombre de su banal vanidad.

Entonces vemos que también está latente el peligro que radica en la deconstrucción a la carta y llevarla a cabo solo en las problemáticas que me quedan a la vecindad y que, lejos de confrontarme incluso, pueden únicamente resguardarme en un nuevo confort. La deconstrucción, sino es un proceso profundo y constante, no solo queda a medias, sino además se frivoliza.

Esa inclinación por lo que resulta anómalo dentro de la sociedad es una de las actitudes cognoscitivas y existenciales más honestas que existen hoy en día: esa tendencia por descubrir ciertos lugares, por escudriñar distintos callejones, por rozar los bordes de la realidad, por realizar las prácticas casi impensables dentro de los convencionalismos sociales. Ese afán de querer llevar las cosas a ciertos extremos, y aquella adictiva inquietud por la exploración sin manual, cada vez se mitiga más incluso en las obras de arte de nuestro tiempo. Así es como los locos, los rebeldes, los artistas y los poetas suelen circunscribirse dentro del orden actual, quizá como pequeñas rarezas, pero en el fondo acopladas al orden instaurado y no como quienes proponen desde la práctica un modo de vida distinto al establecido, una manera peculiar y fuerte de transitar por la existencia. La invitación es a encausar esa tarea tan necesaria de provocar, aunque sea mínimo, un desgarro de la condicionada experiencia cotidiana.

¿Quién es Sergio Castañeda?

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