Con palabra de mujer (II): Yolanda Oreamuno

Dlia McDonald Woolery_ Perfil Casi literalPor DLIA McDONALD WOOLERY |

Esta es una de las situaciones más intrigantes, al menos para mí, de la literatura costarricense. Las exiliadas —aunque también los hay hombres— merecen particular importancia porque su palabra es una huella sobre la arena que no se lleva el mar.

Han sido muchas en nuestro país, pero antes ocupé este mismo espacio para hablar acerca de Eunice Odio. Esta vez toca el turno a Yolanda Oreamuno Unger, novelista y ensayista, una destacada vanguardista que constituye una de las personalidades más importantes de la literatura costarricense. Se dice, incluso, que junto a Fabián Dobles y Joaquín Gutiérrez conforma la triada que reubicó las letras costarricenses en el realismo social, al que incorporó el psicoanálisis y el monologo interior. En sus escritos, Oreamuno planteó una reivindicación de la mujer, la lucha contra los estereotipos en un clamor perenne por una definición propia y la autoafirmación como mujer creyente en sí misma.

Nació en la San José de 1916 y murió en la ciudad de México en 1956. Pocos saben que fue prima hermana de la también poeta costarricense Lilly Guardia Oreamuno pero muchos la recuerdan más bien como una musa muy retratada por diversos artistas de la talla de Margarita Bertheau, Manuel de la Cruz González Luján, Teodorico Quirós y Francisco Amighetti. Su vida siempre fue como uno de esos hilos que se flotan en el viento, de los que nunca se sabe de dónde vienen pero que terminan siendo parte de un entramo mayor. Ella fue la primera de las escritoras que propiciaron cambios en la cultura nacional y también una mujer que vivió y murió con mucho dolor: huérfana de padre antes de cumplir un año de vida, fue criada por Eudoxia Salazar Salazar, viuda de Unger, porque poco tiempo después de la muerte del padre su madre la abandonó y continuó con su vida.

Bajo esa tutela, el Colegio Superior de Señoritas fue su alma máter, el centro educativo donde Yolanda se graduó como Perito Contable antes de estudiar Secretariado y Mecanografía. Al cumplir los 20, joven y bella bajo las azucenas de la sociedad de aquel entonces, y desarrollado ya su carácter y personalidad, publicó su primer cuento: «La lagartija de la panza blanca», otro texto para revenar y que Max Jiménez pensaba, ingenuamente, que se trataba de su declaratoria de amor hacia él.

Tiempo después, trabajando en la embajada de Chile, conoció al diplomático Jorge Molina Wood, con quien se casaría y se iría a vivir a ese país, donde escribió dos libros más: Las mareas vuelven de noche y Don Junvencio, que no fueron publicados sino hasta poco después de su muerte. Terminando 1936 regresó a Costa Rica con un marido moribundo que se suicidaría sin que ella se diera cuenta sino hasta muchas horas después.

Asidua militante del Partido Comunista, de las ideas marxistas y las actividades antifranquistas, y en defensa de la Republica Española, un año después de la muerte de su esposo publicaría los trabajos «40° sobre cero», «18 de setiembre», «Misa de ocho» «Vela urbana» «El espíritu de mi tierra», «Insomnio» y «El negro sentido de la alegría», todos en la revista Repertorio Americano, de su amigo y mentor Joaquín García Monge. Luego se casaría con Óscar Barahona Streber, con quien tendría un hijo y se divorcia ese mismo año.

Nunca quedó claro en qué momento —alrededor de 1940— Por tierra firme, su primera novela, se perdió en medio de una disputa por su inconformidad de tener que compartir el primer lugar de un concurso literario. Hay quienes aseguran que el manuscrito fue destruido por el mismo Oscar Barahona, quien además, después del divorcio, no le permitió ningún contacto con el hijo.

Al diferencia de Eunice Odio, Yolanda Oreamuno viajó primero a México y después a Guatemala, donde también adquirió la nacionalidad. Vivió en Guatemala, México, Chile y Estados Unidos hasta que en las primeras manifestaciones de su enfermedad abandonó el hospital de Washington donde se le dictaminó un mal de muerte que solo Odio, en cuya casa murió, supo cuál era.

Yo mejor hasta aquí les dejo —como dijera la misma Yolanda— la leyenda.

¿Quién es Dlia McDonald Woolery?

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