El buscador de huellas

André González_ Perfil Casi literalPor: ANDRÉ GONZÁLEZ |

Buchenwald parece ser de esos lugares que después de visitarlos nos persiguen de manera insistente. Hace un año que visité ese antiguo campo de concentración y sus olores monstruosos regresan por momentos a mi memoria. Trato de leer otro tipo de literatura, lo hago por un tiempo, dejo reposar los libros o ya no adquiero más de la llamada literatura concentracionaria y todo lo relacionado con la Segunda Guerra Mundial. Pareciera que esta me busca para hacerme ver que aún debo seguir descifrando tantas imágenes en los escombros de aquel pasado tan distante al mío.

El buscador de huellas (1977) del escritor húngaro Imre Kertész, galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 2002, es, desde mi visión o entendimiento de la obra, una especie de danza surrealista sin música. Transita por Weimar, Buchenwald y otro lugar que no lograba descifrar o se me presentaba esquivo (el autor solo lo menciona como Z). Finalmente llegué a Zeitz, ciudad industrial del estado federado de Alta Sajonia. En ese lugar funcionó una fábrica como parte subalterna del campo de concentración de Buchenwald en la que trabajó Kertész cuando era prisionero. Pareciera como si los lectores nos debemos de dar a la tarea de juntar las huellas de los pasos que dejan los protagonistas para unir las líneas de la obra.

El protagonista no  tiene nombre. Se le presenta como «el huésped» o «el enviado». Fue un antiguo prisionero de Buchenwald que también trabajó como prisionero en Zeitz. La novela presenta muchos matices autobiográficos pero quizás desde una nube lejana donde el autor ve personajes que participan en un juego en el cual él también participó. Regresa a esa región para buscarse o encontrarse, descifrarse a sí mismo, recabar pistas por el camino. Los lugares que estuvieron presentes en su pasado siguen en cierta forma siendo los mismos; aún así, será imposible para él verlos con los ojos de antes, por ello parecieran diferentes y desconocidos. Al observarlos deberá recrearlos, armarlos otra vez.

El encuentro con la ciudad de Weimar no es tan fácil como se lo había imaginado. Finalmente se guarda una visión de los lugares y muchas veces esta es modificada por la mente y en la realidad es distinta. Pareciera esquivarlo y ser completamente indiferente a su presencia, uno más entre los demás. Sus pasos tienen dos puntos muy claros, los lugares significativos del viaje: el antiguo campo de concentración y la fábrica. En la novela hay algunas partes que están entre lo fantástico y lo surrealista. Es al llegar al campo cuando lo absurdo y burlesco toma mayor fuerza.

Esos lugares creados para el horror, con los años, han llegado a ser una especie de atracción turística. Se les ha ido banalizando con el tiempo. El autor le da un giro completamente y lo presenta con una especie de parque temático, «el enviado» no logra entender lo que le dicen. Esto no llega a verlo ya que está cerrado para él, mientras que los demás sí han logrado entrar. Por más que lo intente, no le es posible. Una burla o broma bastante pesada: al lugar que fue llevado por la fuerza no le permiten la entrada cuando él llega como hombre libre. La vida-muerte de este lugar perseguirá a sus antiguos prisioneros hasta el fin de sus días, la marca no los dejará, como el número de prisionero que llevan tatuado algunos en el tobillo y otros en el brazo.

El protagonista se reúne con su esposa en las afueras del campo y entran en un restaurante que antes fue un cuartel de las SS. Así es como el pasado ridiculiza al presente, en ese lugar comen y beben los que fueron sus verdugos, se ven y se reconocen, no permanecen más tiempo dentro, van a la búsqueda del autobús que los llevará de regreso a Weimar. Antes de ello, el huésped tiene un encuentro con una mujer que lo cuestiona sobre su presencia en los lugares del horror; ella perdió a gran parte de su familia en el Buchenwald. Dos días después leerá en el periódico que esta mujer se suicida.

Al día siguiente emprende el viaje en solitario a Zeitz, el cual no es sencillo y pareciese que debe ir un poco más lejos del fin del mundo. Llega y busca la fábrica, la encuentra, se da cuenta de que tampoco será posible acceder. Adentro no ha pasado el tiempo, los ruidos emergen de ella, los operarios continúan sus rutinas, funciona como antes. Camina alrededor del lugar solo para confirmar que de cierta manera el tiempo ahí no ha pasado. Aborda el autobús con la gente que trabaja en la fábrica, inicia de una manera simbólica el regreso.

Su experiencia de ex prisionero siempre lo perseguirá. Los sitios irán cambiando con los años, la nube negra sobre su cabeza será permanente. Las huellas son, de cierta forma, sus pasos en el pasado, pero no las encuentra, las borró el viento, la indiferencia. Duda de los resultados de su búsqueda, lo que había imaginado es distinto, sabe que es necesario regresar, la vida es un viaje que debe continuar.

¿Quién es André González?

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