El síndrome de Marguerite Dumont

Alfonso Guido_ Perfil Casi literal—Me olvidaba decirle: él es muy inteligente.

—Eso no ayuda a encontrarlo.

Yolanda Oreamuno, La ruta de su evasión

Todos, alguna vez en la vida, hemos sido como Marguerite Dumont, la cantante francesa de ópera que en la década de 1920 presentaba pomposos recitales en vivo sin que nadie se atreviera a decirle, con toda franqueza, que cantaba horrible. Todos, sin excepción, tarde o temprano habremos pasado por eso y no precisamente porque hagamos algo mal sino porque nadie se atreverá a decírnoslo; acaso por ternura, acaso por lástima o acaso por piedad, que nunca será lo mismo que lástima.

La sospecha repentina de que en realidad somos bastante malos para lo que creíamos ser bastante buenos puede llegar a ser terrible, pero aun peor que esto quizá sea no tener un buen aliado que se desprenda de todo compadrazgo y nos saque de la duda. Necesitamos una persona que se acerque y nos diga: «Amigo, ¿sabés qué? Como escritor estás cagado: mejor dedicate a la pesca», o «Tampoco creás que sos tan bueno para cocinar: todo te queda salado», o simplemente «Para ser honesto, no servís para nada pero no te das cuenta».

Cuando era niño creía —y de verdad que me la llegué a creer en serio— que yo era el mejor pícher infantil de toda Managua; hasta que un día de finales de septiembre se apareció en el equipo un chavalo del barrio Bello Horizonte con una bola rápida prodigiosa. Recuerdo cuando el entrenador le dijo: «¿Cómo es que tenés semejante ñeque, chavalo? Traeme tu partida de nacimiento, a ver si es cierto que tenés once años». Y él le respondió: «Lo que pasa es que soy fuerte porque le ayudo a mi mama a cargar rábanos en el Mercado Oriental». Desde entonces dejé de pichear y me mandaron a primera base, y después fui centerfielder, y después fui suplente hasta que un día ya nunca más volví a jugar béisbol.

Se podría decir que mi desengaño fue paulatino y justo a tiempo, antes de que llegara a doler demasiado. Sin embargo, no todos los que han pasado por esto corrieron con la misma suerte. Por ejemplo, y sin irme muy lejos de mi contexto, por ahí anda todavía Ricardo Mayorga. Él fue —o no sé si aún lo sea— boxeador, ex campeón mundial y toda la cosa, pero aún hoy, ya casi retirado, no se cansa de hacer el ridículo. Así se morirá, seguramente, creyéndose invencible y acaso cada vez más loco por tanto golpe recibido; pero morirá feliz a fin de cuentas. Solo Dios sabrá quién le habrá dicho a Mayorga que para ser una leyenda del boxeo le bastaría con ser el turqueador callejero de un barrio de Managua.

Pero en algunos casos no solo se manifestó un silencio oportuno, sino además aconteció algo que ayudó a reforzar la farsa. Por ejemplo, no sé quién le habrá dicho a la Academia Sueca que José Echegaray y Gabriela Mistral eran lo suficientemente buenos escritores —dramaturgo y poeta, respectivamente— como para merecer un Nobel de literatura. Tampoco sé quién le habrá hecho creer a la Federación de Futbol de Guatemala que amañando partidos podrían llegar por primera vez a un Mundial, o a Jennifer López, Juanes y Pitbull que cantaban bien, o a los estadounidenses a finales del siglo pasado —aunque según los resultados, no a la mayoría— que George W. Bush podría llegar a ser buen presidente.

Es por eso que cuando a mí me hacen creer que soy buen editor, buen amigo o simplemente buena persona, ya no me la creo demasiado. Además, tampoco creo en la justicia divina —tan solo pararme y ver el mundo, con todo y sus espejismos y verdades, me basta como para no creer en ella—, porque a fin de cuentas, nada de lo que seamos o dejemos de ser nos ayudará a encontrar cualquier cosa que busquemos. Nadie merece morir engañado como Marguerite Dumont, pero la verdad es que ser conscientes —irremediablemente conscientes— también nos hace infinitamente más infelices. He ahí un dilema de nuestra existencia.

¿Quién es Alfonso Guido?

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Hola, Alfonso, desde aquí te saluda otra desengañada. No seremos más felices (tampoco creo que los inconscientes sean tan felices), pero somos un poco más sabios. Por otra parte y no por levantarte el ánimo, por lo que he leído hasta ahora de tus columnas, no sos tan mal escritor…

    1. Gracias por su comentario.

      Aunque en ningún momento del artículo llegué a decir que fuera “mal escritor”, confieso que muchas veces he llegado a pensar que escribir en la misma revista en la que además soy editor, corresponde a una faceta que no me pertenece del todo, o al menos en este contexto. Saludos cordiales y gracias por leernos.

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