Leer a Cervantes en la era de Wikipedia

Roberto Carlos Pérez_ Perfil Casi literalEn la era electrónica, un nuevo libro se publica a cada segundo. ¿Fortuna o maldición? Ante el vendaval que jamás sospechó Johannes Gutenberg, inventor de la imprenta moderna, leer a Don Juan Manuel o al Marqués de Santillana, autores tan lejanos a nuestra época, resulta un desafío. El diluvio nos ha anegado de títulos, y si a esto añadimos Internet, entonces caemos en cuenta de la infinita bibliografía que nos asedia, inagotable hasta para el más voraz de los lectores.

Ante la duda a la hora de clasificar, siempre podemos argüir que para que los nuevos libros existan, otros debieron ser previamente escritos. Si el valor de estos radica en su sostenida vigencia, quienes los leen a profundidad no echan el esfuerzo en saco roto. Por eso, el campo de la buena escritura es uno de débitos: el novelista Roberto Bolaño no se puede explicar sin Borges, Borges sin Lugones y este sin Cervantes.

Para escribir el libro por el que hoy es admirado, Cervantes debió vivir una vida de infortunios, miseria, encarcelamientos y burlas por parte de sus contemporáneos, quienes lo tildaron de viejo, manco y envidioso. A los cincuenta y ocho años —edad en la que no había alcanzado la fama de Lope de Vega y de otros escritores— se le consideraba a las puertas de la decrepitud. Lope, el «monstruo de la naturaleza», vivió hasta los setenta y dos y había dominado el teatro desde joven y España se rindió a sus pies. En cambio Cervantes, en sus años jóvenes y en nombre de España, recibió tres arcabuzazos en el pecho y uno en la mano izquierda, quedándole inutilizada no en una riña de taberna, como leemos en el prólogo de la segunda parte del Quijote, sino en «la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros», o sea, en la Batalla de Lepanto.

Sin embargo, España no lo recibió con los merecidos laureles en pago a su heroico desempeño en la batalla contra el imperio turco-otomano, ni después, cuando logró liberarse, tras varios intentos, del presidio en Argel. Por el contrario, lo trató como a un lisiado más, negándole cargos en el Nuevo Mundo y ofreciéndole un trabajo poco deseado en cualquier época: recaudador de impuestos. Pero el sufrimiento y la edad por lo general desembocan en sabiduría, materia prima de la prosa, hija directa de la experiencia y del discurrir de los años. Nadie lo sabe, pero quizá sin la tragedia y las canas, Cervantes no hubiese estado en condición de escribir el Quijote. Desdeñado por muchos, al hijo de Alcalá de Henares, nacido en el seno de una familia asediada por problemas económicos, se le podrían aplicar palabras bíblicas: «La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular» (Salmo 118).

Leo Spitzer lo dijo:

No fue Italia con su Ariosto y su Tasso, ni Francia con su Rabelais y su Ronsard, sino España la que nos dio una novela que es un canto y un monumento al escritor en cuanto escritor, en cuanto artista. Porque no nos llamemos a engaño: el protagonista de esta novela no es realmente Don Quijote, con su siempre torcida interpretación de la realidad, ni Sancho, con su escéptica semi-aceptación del quijotismo de su amo, ni mucho menos ninguna otra de las figuras centrales de los episodios ilusionistas intercalados en la novela: el verdadero héroe de la novela es Cervantes en persona, el artista que combina un arte de crítica y de ilusión conforme a su libérrima voluntad. Desde el instante en que abrimos el libro hasta el momento en que lo cerramos, sentimos que hay allí un poder invisible y omnipotente que nos lleva adonde y como quiere.

El tiempo y la historia se encargaron de colocar a Cervantes en el momento y lugar indicados, proporcionarle las cabales lecturas y hacerlo dueño de una aguda visión a la edad precisa; porque él fue el único escritor capaz de convertir molinos de viento en gigantes, ventas en castillos y rebaños de ovejas en ejércitos. Y porque solo Cervantes y nadie más tenía las armas necesarias para escribir el Quijote. Alonso Fernández de Avellaneda lo intentó y fracasó. Su Quijote no pudo alcanzar la profundidad filosófica y la compleja interioridad del verdadero.

Nunca se ha podido comprobar, pero se sospecha que Avellaneda no es sino el seudónimo tras el cual se escuda Jerónimo de Pasamonte, autor que, supuestamente azuzado por Lope de Vega, escribió la apócrifa novela para atajar la fama alcanzada por la original. Cervantes se enteró de la existencia del falso personaje mientras escribía el capítulo LIX de la segunda parte, para cuando ya el verdadero caballero había emprendido la tercera y auténtica salida, en la que se torna aún más reflexivo y en su locura alcanza poderosos niveles de raciocinio. Ya no son los libros, ni las figuras míticas o héroes del pasado sino los temas que él percibirá como los «problemas» de su contemporaneidad, el motivo último de sus cavilaciones.

Así, Don Quijote defiende a los caballeros andantes por encima de los caballeros de corte tan de moda en el siglo XVI, nos da quizá el más hermoso tratado sobre la poesía jamás dicho en clave prosaica y, por si fuera poco, nos ofrece una inversión en su manera de ver las cosas: ya no es él quién trastoca la realidad, son los demás —Sancho Panza, Sansón Carrasco, el cura, el barbero y los duques— los que la adulteran para acoplarla a sus propias locuras.

A las múltiples lecturas del Quijote podríamos añadir las siguientes: la gran novela de Cervantes se puede leer como el ansia de romper con la sociedad a fin de vivir de forma individualista. Así vivió don Quijote y la valiente Marcela. Otra lectura sería que, como los héroes de Numancia, los personajes más osados de la novela de Cervantes eligen vivir de acuerdo a la moral, escogiendo lo que en el siglo XIX el filósofo danés Søren Kierkegaard llamó «la vía ética».

Se ha dicho que el Quijote es una parodia de las novelas de caballería; mejor sería decir que es también un homenaje a un género que ni siquiera dejó incólume a Santa Teresa de Jesús y que Cervantes confronta con los ideales caballerescos de la España de Felipe III. La novela, tal como nos la presenta Cervantes, nace de «fuentes históricas»: los anales de la Mancha con los que escribe los primeros nueve capítulos y luego el manuscrito del poco confiable Cide Hamete Benengeli. De esta manera, como han dicho muchos estudiosos cervantinos, las fronteras aristotélicas entre Historia y Poesía fueron borradas, inaugurando, con el antecedente de El lazarillo de Tormes, la novela moderna.

Pues bien, el tiempo orinece significados y las obras dejan de ser entendibles porque los conceptos lingüísticos cambian a cada instante. En la España de Cervantes, «duelos y quebrantos» eran huevos y tocino. A este ejemplo se le sobreponen muchos otros y la «mejor obra literaria jamás escrita» —título otorgado por el Club del Libro Noruego, que reunió a los cien mejores escritores en 2002, incluyendo a Paul Auster, Orhan Pamuk, Doris Lessing, Herta Müller, Seamus Heaney, Susan Sontag y Carlos Fuentes, entre otros— hoy no es tan leída como merece porque para ello necesitamos diccionarios tanto actuales como de la época, maestros que acerquen humanamente la obra al estudiante y estudiosos que expliquen los conceptos o significados que los siglos han disuelto.

Pero aceptemos la culpa. Se pueden ofrecer mil excusas y siempre serán la desidia, la prisa o el desdén propio de la contemporaneidad hacia lo estético los que tendrán la última palabra a la hora de leer o no a los pilares de nuestro idioma. Más aún: en vez de leer el libro se opta por verlo convertido en película; si es que acaso llega a convertirse en película y si es que existen películas actuales sobre los clásicos.

En Internet, donde todo es posible y no todo debe ser malo, se suele ablandar el rigor al momento de ofrecer textos virtuales al público. Durante mucho tiempo, según Wikipedia, Rubén Darío nació en Guatemala y no en Nicaragua, mientras que en las redes sociales aparecen versos publicados en prosa o poemas atribuidos a autores equivocados. Francisco Rico lo dijo claramente: no es lo mismo leer: «El corazón me revienta de placer. No sé de ti cómo te va. Yo, por mí, sospecho que estás contenta», que leer:

El corazón me revienta

de placer. No sé de ti

cómo te va. Yo, por mí,

sospecho que estás contenta.

Cena jocosa [XLVIII], Baltasar del Alcázar

Sin embargo, para evitar tales errores, la crítica siempre será la aliada para facilitar el entendimiento de obras hoy no tan leídas, y así borrar la línea entre los lectores de la época de Cervantes que entendían perfectamente que «duelos y quebrantos» eran huevos y tocino, y los que hoy solemos pensar que dichas palabras aducen a penas y sufrimientos.

¿Quién es Roberto Carlos Pérez?

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Que gran reflexión sobre la obra. La verdad que hoy en día se escriben muchos libros pero muy pocos se han vivido y sufrido como para que dispongan de cierta calidad, sentido y sentimiento. Hay que afinar muy bien la mira antes de escoger qué leer.

  2. Muy hermoso texto. Muchas gracias, Roberto.

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