La mujer en la literatura: descripción versus contemplación

Lucía Aguilar_ Perfil Casi literalLa diferencia entre descripción y contemplación puede establecerse de la siguiente manera: describir es igual a representar en palabras, y contemplar equivale a prestar atención a algo.

Tomando en cuenta que el lenguaje ha sido siempre una proyección humana, y la literatura un producto del intelecto y la creatividad (arte de la expresión verbal), la diferencia entre representar y prestar atención es de vital importancia en el momento en que los escritores moldean sus personajes, específicamente a sus personajes femeninos.

La contemplación es una práctica característica de la cultura oriental. En Japón se desarrolló desde principios de la antigüedad y se ha conservado hasta la fecha entre varios autores. Con fines de no extenderme analizaré brevemente tres:

En Tokio Blues, de Haruki Murakami, Watanabe, tras escuchar cómo Naoko —su amiga de la infancia— descubrió el cadáver de su hermana y vivió el suicidio de su novio, se sumerge a contemplar el cuerpo de esta chica bajo el ruido de la lluvia: «Poco antes de las dos, la puerta del dormitorio se abrió y apareció Naoko, que se deslizó entre mis sábanas. Esta vez se trataba se trataba de la Naoko de siempre […] Notaba la forma de los senos de Naoko contra mi pecho. Recorrí la silueta de su cuerpo con la palma de la mano, por encima de la bata. Llevé la mano de los hombros a la espalda y luego hasta la cadera, lo hice muchas veces, despacio, como si quisiera grabar en mi memoria las curvas de su cuerpo, la suavidad de su piel…». A pesar de ser una escena cundida de pasión, amor y erotismo, el personaje principal retrata a Naoko con la ternura que provoca una niña con traumas precoces y con la delicadeza que suscita la admiración de un amor no revelado.

En Confesiones de una máscara, de Yukio Mishima, Sonoko —hermana del amigo del protagonista y la única mujer por la cual el protagonista sintió algo que se puede llamar amor— aparece de la manera siguiente: «Los ojos y labios de Sonoko resplandecían. Su belleza, al recordarme mi impotencia, me pareció opresiva. Y esta sensación hizo que la existencia de la misma me pareciera efímera».

A pesar de que el protagonista tiene inclinaciones homosexuales desde la infancia, aún es capaz de reconocer la belleza y la alta educación que hay en Sonoko, enfatizando la des-occidentalización de sus costumbres: «Al referirse a estos miembros de su familia, Sonoko había usado las formas honoríficas, pero, al darse cuenta de que sus palabras no eran naturales, se ruborizó… Su cuerpo estaba extraordinariamente bien proporcionado, era muy elegante y tenía piernas bonitas. Limpio de cosméticos, su rostro redondeado e infantil parecía el reflejo de la pureza de un alma ajena a los maquillajes».

En Lo bello y lo triste, de Yasunari Kawabata, uno de los personajes principales es una mujer mayor que, habiendo perdido la «belleza de la inocencia» que poseyó en su juventud, aún conserva una belleza madura y su espíritu de creatividad a pesar de los años y las experiencias que ha vivido: «… sobre todo la sorprendía el ver cómo iba cambiando su cuerpo al llegar a los cuarenta años. Era muy diferente de lo que había sentido a los quince, cuando la forma de sus pechos cambiaba bajo las caricias de Oki y luego, a los dieciséis, cuando quedó encinta. Después de haberse separado de Oki, nadie había vuelto a tocar sus pechos durante más de dos décadas. En ese periodo habían quedado atrás su juventud y sus posibilidades de matrimonio. Y ahora era la mano de otra mujer, la mano de Keiko, la que volvía a acariciarla».

Así como afirma Yasunari Kawabata en su discurso «Mi bello Japón y yo» (discurso que pronunció al ganar el Nobel), la apreciación por la contemplación se manifiesta gracias a la influencia del budismo zen en la literatura japonesa: «El discípulo zen permanece durante horas sentado, inmóvil y silencioso, con los ojos cerrados. Pronto llega a un estado de impasibilidad, sin nada en qué pensar, sin nada que evocar. Va borrando su yo hasta alcanzar la nada […] El discípulo, sin embargo, debe siempre ser dueño de sus pensamientos y alcanzar la iluminación por sus propios esfuerzos. El énfasis recae menos en el razonamiento y la argumentación que en la intuición y el sentimiento inmediato. La iluminación no proviene de la enseñanza, sino de la visión interior».

Muchos escritores japoneses —y aquí aclaro que no me refiero a todos— no parecen representar a las mujeres sino contemplarlas. Admiran tan solo la belleza de sus espíritus, su complejidad sentimental, la profundidad de sus costumbres, el poder de dar vida con sus cuerpos, el misticismo de sus movimientos, la sutileza y el encanto de sus gestos.

Las historias que se escriben bajo las dotes de la contemplación deshacen lo que Freud denomina el «superyó»: esa pantalla de nubes que crece detrás de nuestros ojos y cerebro y que a lo largo de nuestro desarrollo como seres sociales y racionales crea una capa de estigmas, clichés, estereotipos y prejuicios. Por esto considero necesario preguntar: ¿Cómo leemos y escribimos a las mujeres de nuestra realidad? ¿Las retratamos o las contemplamos?

¿Quién es Lucía Aguilar?

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