Cuando Yolanda Oreamuno conoció a Charlie Harper

Angélica Quiñonez_ Perfil Casi literal.jpgEl mes pasado, luego de una reiterada sugerencia del editor de (Casi) literal, finalmente leí La ruta de su evasión, de Yolanda Oreamuno. Mi primer intento para leer esta novela, con mi cerebro adolescente y una pésima fotocopia para un curso de la universidad, fue menos que exitoso. Sin embargo, cuando vi la copia de Editorial Cultura en FILGUA (bella portada, pésima edición llena de erratas) decidí arriesgarme.

La ruta de su evasión es ahora una de las cinco novelas más importantes en mi vida y voy a ponerme forajida para decir que esta es la novela latinoamericana que mejor representa las depravaciones del patriarcado, que son la razón por la que existió Two and a Half Men.

Publicada en 1948, La ruta de su evasión fue injustamente ignorada por críticos y literatos, e incluso hoy es difícil de encontrar. Yolanda tenía una narrativa polifónica notablemente influenciada por autores como Proust o Joyce e innegablemente más compleja que cualquier obra de Enrique Gómez Carrillo o Rafael Arévalo Martínez. Lo que a Oreamuno le hacía falta, sin embargo, era credibilidad, la misma que le faltaba a todas las mujeres y que les impedía ejercer, entre otras cosas, el derecho a voto (tanto en Guatemala como en Costa Rica).

¿A qué viene la novela? De hecho, se parece mucho a Two and a Half Men antes de las nefastas temporadas con Ashton Kutcher. Dentro de una casa, una familia representa todos los vicios y depravaciones que conforman el estereotipo de la masculinidad contemporánea. O bien, una serie de episodios con enredos de sexo, borrachera, dinero y la mayor cantidad de chistes acerca de penes y abuso marital. Pero mientras las risas pregrabadas rescatan a la audiencia de Chuck Lorre cuando la escena se torna demasiado turbia, Yolanda Oreamuno prefiere dejar que su lector se embarre de espanto.

La ruta de su evasión tiene a la familia Mendoza, el matrimonio disfuncional de Vasco y Teresa más sus tres hijos: Roberto, Gabriel y Álvaro. Roberto es el hijo moralista y despiadado, Gabriel el rebelde y sentimentalmente inmaduro, y Álvaro solo es estúpido y, literalmente, pasa la vida masturbándose. Las mismas descripciones aplican para Allan, Charlie y Jake Harper en la serie de comedia.

Two and a Half Men era encantadora precisamente porque sabía satirizar esos estereotipos del hombre insensible, hipersexual y dominante contra el hombre pusilánime, romántico y pudoroso: el macho alfa contra el beta. La serie se burló de todos los tipos de personalidad masculina sin piedad ni tacto, como a Freud seguramente le habría encantado.

La razón por la que esta serie de televisión nunca alienó a las audiencias masculinas fue porque sus escritores le daban una fecha de vencimiento a todos sus personajes femeninos con la excepción de la madre y la mucama, que a la larga simplemente alimentaban la figura edípica y prestaban chistes sobre menopausia y obesidad. Y es que la estructura familiar fue la verdadera clave del éxito para Two and a Half Men: disimuladamente validaba esas actitudes y dobles estándares chauvinistas que todas las mujeres sufrimos en casa.

Curiosamente, Two and a Half Men fue una serie llena de sexo, pero nunca fue sensual. Fue una serie llena de sátiras masculinas, pero jamás feminista. Y por eso su escándalo no ocultaba una legítima trasgresión en la representación del personaje masculino. Irónicamente, la disrupción de la serie tras la partida de Charlie Sheen como protagonista reflejó precisamente eso: el hijo del heteropatriarcado normativo no tiene la capacidad para crecer, aprender y continuar.

Pero volvamos a Yolanda Oreamuno. La ruta de su evasión es una historia especialmente dolorosa y perturbadora cuando hemos consumido este tipo de entretenimiento que glorifica la masculinidad tóxica. Oreamuno introduce personajes femeninos con distintas motivaciones, virtudes y defectos: la madre, la novia, la esposa, la nuera, la mucama… Todos los roles que jamás tenían más de treinta segundos de escena en Two and a Half Men. Les da nombres, historias, diálogos cargados de sentido para explorar mejor la fragilidad del hogar. Y quizá la relación más estremecedora de la novela resume lucidamente el lado oscuro de la premisa en esa serie de Chuck Lorre: un hombre intimidado por una mujer pero empeñado en abusar a otra.

La ruta de su evasión es una lectura imprescindible para cualquier persona que quiera empezar a entender la inequidad de género y continúa siendo escalofriantemente vigente. Incluso la desatención que le ha dado la crítica a Yolanda Oreamuno evidencia cómo, aún casi setenta años después, continúan sin reconocerse tantas historias sobre mujeres, por mujeres, que retan la comodísima estructura falocéntrica. Yolanda Oreamuno merecía la fama que injustamente se le otorga a otros autores centroamericanos a quienes, además, se les glorifica por coleccionar preseas del machismo, como aquellas ridículas escapadas sexuales en Asia o con hombres que parecían un caballo o lo que sea.

A veces ni siquiera el talento de un prodigio basta para convencer al mundo de exorcizar sus vicios, pero creo que un buen punto para empezar sería darle a Yolanda Oreamuno lo que siempre ha merecido: lectores. En verdad, busquen la novela (¡o su adaptación a la ópera!) y si terminan de leerla, no olviden contarme si alguna vez en la vida pueden volver a disfrutar cualquier episodio de Mom o The Big Bang Theory.

Dicen que las personas en esos clips de risas pregrabadas están todas ya muertas; quizá sea ya el momento de que se les unan las narrativas del chauvinismo, para que Yolanda Oreamuno verdaderamente pueda descansar en paz.

¿Quién es Angélica Quiñonez?

 

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