La acción narrativa la tienen los hombres

Lucía Aguilar_ Perfil Casi literalEstamos acostumbrados a escuchar historias donde la acción narrativa la tiene un hombre y así funciona el mundo actual. Este modo representación –masculino- es el más acostumbrado en cualquier medio, ya sea películas, libros, o series, tanto en Latinoamérica como en el resto del mundo.

No importa la temática, estructura, simbología, perfil del personaje, etcétera. En la mayoría de historias el hombre es quien lleva la batuta: gracias a él sucede la acción, se mueve la trama, avanza y se resuelve la historia. Los personajes femeninos, por el lado contrario, aparecen esporádicamente en la narración: de ellas no depende el avance de la trama. Están iluminadas débilmente por el foco del protagonismo y usualmente sirven como elementos decorativos, místicos o representativos.

Este patrón narrativo (o vicio, como me gustaría llamarlo) se refleja también en las historias de los escritores que son piedra angular de los cánones literarios actuales: Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, José Donoso, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Miguel Ángel Asturias; y si queremos acercarnos más al presente: Roberto Bolaño, Ernesto Sabato, Umberto Eco y hasta Eduardo Halfon y Rodrigo Rey Rosa (por mencionar algunos, porque la lista se queda corta). La mayoría de sus obras están impregnadas con una imagen monopolista de la realidad: la historia la cuentan los hombres y la perspectiva que construye la realidad es la de un personaje masculino.

¿Cómo romper este paradigma? Quiero creer que la solución a este fenómeno reside en el cambio de la formación educativa, los cánones estéticos, las ideologías y los valores que fundamentan nuestra sociedad actual. También quiero creer que ciertos eventos actuales dan luces de que estamos tomando conciencia del fenómeno y se ha decidido transformar este reducida visión de la realidad.

En el Hay Festival, de Bogotá, por ejemplo, se elige a los 39 mejores escritores de América Latina menores de 40 años, y una buena parte de esta lista está conformada por mujeres (26 frente a 13). El número no supera ni la mitad de escritores hombres, pero el número de escritoras nominadas va creciendo, por lo menos. Más mujeres tienen la palabra y la oportunidad de contar historias. Eso es un avance.

Otro ejemplo es el «Nuevo boom latinoamericano» que muchos intelectuales reconocen como un movimiento liderado por escritoras. Es un hecho que la mirada de las mujeres no es igual a la de los hombres. Ambas miradas contienen distintas interpretaciones de la misma realidad, es simple; pero el error reside en el cliché de que, por ser mujeres, las historias que contarán serán una especie de diario íntimo, revelación sexual u erótica, historia de romance o una narración con un excesivo sentimentalismo rosa. Como si las mujeres solo fuéramos capaces de abordar estos temas.

Así como lo expresa Laia Jufresa, reconocida escritora mexicana contemporánea: «sigue siendo muy común la noción absurda de que la mirada de un autor es humana pero la de una autora es femenina. […] Tampoco es ningún misterio: hemos crecido leyendo voces masculinas».

¿Qué tan acostumbrados estamos a escuchar historias donde la acción narrativa la tiene un hombre? ¿Por qué sucede este fenómeno? ¿Cuál es su causa y su efecto? ¿Este patrón se repetirá por siempre? ¿Las mujeres tenemos una «obligación moral» de cambiar este paradigma? ¿El nuevo boom latinoamericano es la esperanza para el cambio? ¿Podemos afirmar que hay más conciencia sobre este fenómeno? No tengo la respuesta a ninguna de estas preguntas, pero comencemos; me gustaría comenzar por ponerlas sobre la mesa.

¿Quién es Lucía Aguilar?

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