Vivir sin centro para humanizarnos

Sergio Castañeda_ Perfil Casi literalDicen que Diógenes, «El Perro», paseaba en las noches sosteniendo una antorcha encendida, buscando “hombres”, humanos. ¿Quiénes eran esos hombres que aquel peculiar griego buscaba? Lo que podemos interpretar con propiedad —dado lo que se conoce de su pensamiento y filosofía de vida— es que reclamaba, entre otras cosas, por personas alejadas de los convencionalismos sociales y de la codiciosa búsqueda de la riqueza material.

Nietzsche, mucho tiempo después, al promulgar la muerte de Dios declaraba, más que la muerte de una deidad monoteísta, que no hay centro alguno; que no existen verdades absolutas, que en el fondo no hay fondo y, en forma provocadora, puso en cuestión el hecho de poder encarar la vida de esa forma, desvalidos y asumiendo nuestra limitada condición humana; y que así, reconociendo el sinsentido de todo, podamos dar un profundo y autónomo sentido a nuestra existencia.

Ahora bien, estas posturas parecerían una locura para cualquier persona encasillada en la estandarización y la rigidez de la vida cotidiana actual. ¿Con qué propósito apostar por este tipo de posicionamientos? ¿Para qué complicarse cuando todo está servido por el sistema? ¿Qué «progreso» podría haber tras esas filosofías? A eso, precisamente, nos han orillado las lógicas mercantiles y del capital: a qué todo acto tenga que ser «productivo». Entonces, incluso en países de la periferia, la aspiración se basa en alcanzar el American Way of Life, volcándonos al conformismo. Y es que el conformista es, a diferencia de lo que promulga el «emprendedurismo», aquel que cree en la estructura de la cotidianidad como si fuese la norma natural e inmutable para regir algún camino. Es decir, ese que no logra cuestionarse que todo puede ser de otra manera.

Aquel que, atrapado en las novedades mediáticas, no profundiza en la realidad que se le presenta de frente, es quien no asume la conciencia de estar vivo aquí y ahora, ni reconoce que ese estado de vitalidad no durará para siempre. De repente —como un rayo que atraviesa todo el cuerpo— las certezas establecidas e impuestas que dan un ingenuo confort pueden venirse abajo, pero por muy evidente que esto parezca, muchos prefieren continuar encasillados en los convencionalismos y manteniendo centros que den “seguridad”. ¿Qué tanto coraje es necesario para trascender las manías que son consecuencia de ese miedo a sentirnos desvalidos y solos dentro de un universo en constante expansión?

Los diversos paliativos han estado ahí durante siglos, mutando para intentar calmar la ansiedad de nuestra nimiedad. Fármacos que se convierten en dogmas y que constituyen la parte fundamental de la imposibilidad de construir una sociedad más igualitaria y, en general, un relacionamiento humano más fraterno y horizontal, donde la diferencia abra los caminos para comprendernos mejor.

Ese constante devenir nos evidencia que los procesos históricos no son circulares ni lineales, sino convulsos y, por decirlo así, amorfos. Ese constante transitar que elocuentemente nos dice que nada permanece inmutable nos abre un abanico de posibilidades compuestas por la existencia misma y que un orden-mundo como el actual nos merma en sobremanera. Ante la reducción sistémica del ejercicio de la vida, dentro de una sociedad en cadenas toca apostar por diversas formas emancipadoras. En las libertades que el poder permite se pierden múltiples experiencias, placenteras muchas de ellas, que se están sistemáticamente invisibilizadas. Así es como muchos no pueden vislumbrar que esa cotidianeidad que consideran «normal» constituye un orden necesario para ese poder que reprime y limita. Por ejemplo, ¿cuantas experiencias de amistad, amor y entendimiento pierden quienes se tragan los discursos de odio clasistas, racistas, machistas y homofóbicos? ¿Cuánta frustración, ansiedad y enojo experimentan quienes entran en esa se absurda carrera por tener el mejor auto, el mejor teléfono celular o la mejor televisión? Las mentiras que les han hecho creer desde niños conforman esas verdades que profesan hoy.

Pero ¿quién arriesga hoy por encausar eso de vivir sin necesidad de aferrarse ciegamente a fanatismos que se convierten en incuestionables certezas? Dios, partido, libre mercado, estatus social e intelectual, equipo de futbol… ¿Quién asume un replanteamiento de todas estas ideas? ¿Quién le entrará a eso de radicalizar la deconstrucción?

¿Quién es Sergio Castañeda?

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Plasmas tus relatos con un dominio extraordinario. Te descubrí por casualidad y me gustó leerte.
    ¡Saludos!

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