Leer español y leer en español no es lo mismo

Alfonso Guido_ Perfil Casi literalHablar de literatura española y literatura hispanoamericana es como hablar de dos idiomas totalmente distintos muy a pesar de que comparten el mismo código lingüístico. Incluso se puede encontrar más parecido entre la literatura italiana y la inglesa, o la francesa y la alemana, o la inglesa y la francesa.

Para muestra, un botón: si bien Marcel Proust sentía un particular desprecio por James Joyce, hay pasajes completos de En el camino de Swann que se asimilan a algunos Dublineses. De hecho, cualquier lector atento podrá notar que ni el Proust de la primera parte de En busca del tiempo perdido ni el Joyce anterior al Retrato de un artista adolescente sugieren la existencia de un héroe, mucho menos un antihéroe, aun cuando sus personajes se adhieren a escenarios perpetuamente apáticos y sosegados, dignos de la rebeldía mucha veces inconfesa de algún personaje de Albert Camus, Thomas Mann o incluso Herman Hesse —porque la personificación del yo ante el mundo solo figuraría en Joyce con la creación Stephen Dedalus en el Retrato de un artista adolescente—. En resumen, ¿acaso estoy afirmando que Proust se parecía a su rival acérrimo más de lo que a él mismo y a los críticos les habría gustado aceptar? Quizá. Lo cierto es que cuando la crítica se dedicó a remarcar sus diferencias, no tomó en cuenta su obra previa a Dedalus.

Ahora bien, volviendo al tronco del asunto y dejando las ramas por un lado, nótese sobre todo que es muy probable encontrar ese tipo de similitudes específicas entre las distintas literaturas europeas sin importar su contexto lingüístico o geográfico, algo que nunca ocurre entre las letras castellanas a ambos lados del Atlántico. Tal parece que una larga y extendida herencia, no solo lingüística sino además cultural, no culminó su ciclo en el mismo origen. Ni siquiera una novela tan lírico-sentimental hasta el hartazgo como María de Jorge Isaacs puede llegar a ser tan insoportable como algunas páginas de Marianela, de Benito Pérez Galdós, aun cuando, teóricamente, ambas son herederas tardías de la misma corriente literaria. Asimismo, el París de las Tres novelas inmorales de Enrique Gómez Carrillo no pareciera el mismo que vivieron los hermanos Machado según sus versos, muy a pesar de que guatemalteco y españoles coincidieran en la ciudad durante la misma época; el exilio parisino de Gómez Carrillo se parece más al de Hemingway y eso que entre uno y otro transcurrió no menos de un cuarto de siglo. Por otra parte, hablar ahora de «Modernismo español» o «Ultraísmo español» más bien parece un chiste porque el primero pareciera una lengua improvisada en América Latina con el simbolismo y el parnasianismo que desecharon los españoles decadentes de la época, mientras que el segundo, aunque surgió en Sevilla como una broma de Ramón Gómez de la Serna, resulta difícil disociarlo de Borges aun cuando él no fue más que un desorientado argentino de veintitantos que solo quería ser parte de algo sin terminar de entender en qué se estaba metiendo. Para no ir demasiado lejos en el tiempo, hasta el Macondo garciamarquiano —este adjetivo no me lo inventé yo— tiene más parecido con el condado de Yoknapatawpha sureño de Faulkner que con cualquiera de los paisajes españoles que se han recreado desde el Quijote, pasando por Azorín y llegando hasta nuestros días.

Latinoamérica en sí misma es un concepto literario con fuerza suficiente para relegar a la literatura española de la preferencia universal. Acaso sea que la literatura española murió con el Barroco y el Siglo de Oro, o talvez en la Guerra Civil junto con Miguel Hernández y Federico García Lorca. De hecho, esto no es un secreto para nadie y está tan claro como que yo sería capaz de cortarme un brazo o una pierna si la Academia Sueca de igual forma le hubiese entregado un Nobel a Vicente Aleixandre o Camilo José Cela si a Lorca y Hernández no los hubiera matado la guerra. Tan solo El rayo que no cesa (Hernández), el Poema del cante jondoLa casa de Bernarda Alba (García Lorca) o Luces de bohemia (Valle Inclán) —escoja usted cualquiera de esas cuatro— sobrepasan en mérito a toda la obra reunida, adornada y empaquetada de los cuatro españoles que hasta ahora han ganado el Nobel de literatura (con el perdón de la doctora en literatura que escribió una tesis acerca de La destrucción o el amor y que alguna vez me enseñó la poesía española del siglo XX).

Pero otra vez me estoy yendo por las ramas —y si no me quitan la guitarra, la sigo tocando—, así que mejor la dejamos hasta aquí por ahora.

¿Quién es Alfonso Guido?

Un comentario Agrega el tuyo

  1. ¡Guau! ¡Que bonito análisis! Conozco un par de españoles que estarían trinando de furia al leerlo, pero yo me siento orgullosa de vivir de este lado del océano. Gracias.

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