Escritura dentro de la escritura: Fassbinder y las mujeres conejo

Alejandra Solórzano_ Perfil Casi literalA thought carries a universe.

Molly Drake

Fassbinder y las mujeres conejo, primer libro de Ismael Murillo (Editorial Antagónica 2017), entrevé una novela encubierta de textos poéticos en que discurre el soliloquio de un hombre desde su reclusión.

Como lectores voyeurs con nuestros prismáticos, atestiguamos escenas de la más sombría soledad con que el protagonista —espejo de una condición común que siempre es negada a los otros— ofrece una oculta apología sobre la juventud a ser: la venganza previa contra lo que el mundo ha preparado para nosotros.

Escribir sobre el afecto y el aislamiento, sobre el franco impulso a escapar de la proximidad familiar, discusiones reales o imaginarias consigo mismo, con una mujer convocada intermitentemente al pensamiento para enterrar o exhumar algo de todo aquello que no fue dicho —algo cercano al amor— y que, como la escritura, niega irrecusablemente un papel salvador. Más íntimo y arriesgado, Murillo aborda el enfrentamiento con la escritura bajo el riesgo del clisé que libra sin dificultad. «No me interesa la poesía», es la primera sentencia de uno de sus textos y el primer gesto de despecho sobre lo que vendrá. Esa tensión lía la necesidad de escribir, de abandonar la vida social y utilitaria de la existencia. La cotidianidad estorba el camino de la escritura y es necesario deformar el lenguaje, anhelo wittgensteiniano en que poeta y mundo se reconstruyen y deforman. Más adelante dirá: «No es fácil hablar si uso un lenguaje nuevo / te mata la paciencia usada para no fracasar». Esta es la pulsión de su escritura.

Flashbacks de hospital. La enfermedad como premonición de lo que en el fondo no querés que te sea dado. Enfermedad: escudo y arma. No se puede escapar del retorno cuando ya es un hecho, pero ¿regresar a qué, hacia quiénes? Una vez llegado a la estación, huir resulta imposible. Un lenguaje nuevo para mutar el presente, fraguado para no regresar, para no estar.

 «Entiendo que no tengo nada que decir. Es mi generación y decido callarme», pero la escritura persiste. Resarcirse en la escritura contra la pos-felicidad, un pulso contra el futuro y el hecho de volver «con un cuerpo diferente» la mirada adulta. Este cambio se debe a la escritura y es lo que configura la muralla desde la cual toma su lugar la rabia a propósito del simulacro existencial sin pedir permiso y sin necesidad de comprensión alguna.

«A esta idea de la función salvadora de la poesía hay que ponerle sus límites». Porque la poesía es la enfermedad, enemiga y aliada. Poner límites no basta, encerrarse en el cuarto y escuchar el aullido de PJ Harvey como manifestación del deseo a veces hermético, el coro Lick my legs i am on fire girando dentro de la cabeza, una epifanía del deseo, de la excitación que se adelgaza, mezcla incomprensible de tristeza esperando una señal de humo dentro de sí que evoque una pulsión ero/tanática ante la resignación de quien se ha auto exiliado hace tiempo.

No basta la aguda pretensión de comprender la cadena de saltos en el monólogo de Fassbinder y las mujeres conejo. Quizá sea suficiente la intuición del tiempo en que alguna vez la enfermedad se convirtió en el espacio seguro: los límites con los demás, realidad o metáfora de la escritura: prescindir de la comprensión de los demás, negación y deseo. Ante esto, la acción tiene límites, mas no las sensaciones sobre el papel.

La breve novela poética de Murillo prueba su sentencia: «la juventud como una ética de la alimentación». La fiabilidad del libro se sostiene en el desenfado y la fluidez que caracteriza toda buena escritura, así también la belleza punzante de la poesía. Un universo rico en referencias es la punta del iceberg que asoma, en este libro, sutiles títulos que hilan las pistas de la soledad, del hastío, de la incomprensión de un presente detestable: un verso de Papasquiaro, el absurdo y constante conflicto de identidad del cineasta alemán extrapolado al carácter de este libro, la azucarada y desoladora musicalidad de Molly Drake, morderse los labios cuando nadie nos ve mientras escuchamos Harvey, un mundo que nunca estuvo a la medida de algunos; Beckett, Brandt. Cravan, un amor que corre a la vertiginosa velocidad del tren o del amor navegante que no llegará nunca al encuentro. La vida que se despliega produciéndonos vértigo, «piezas de metal que se multiplican en una secuencia productiva», dice el autor. Tiempo, fatalidad, premonición… Regresar nunca es fácil. No hay marcha atrás. Mixtura literaria. Soltar el dolor —ese perro que cuida y muerde dentro del cuarto—. Hay que amenazar el presente, mutar con el lenguaje en defensa propia. GLOCK 17. No es fácil, no es rápido, pero la única certeza consiste en que, si no mutamos con la escritura, «la poesía un día se acuesta y muere».

Sin darnos la oportunidad de desprender los binoculares de nuestro rostro, Ismael Murillo nos permite seguir cuidadosamente el movimiento de sus meditaciones con este libro.

[Por cierto, es gratis y se puede leer aquí]

¿Quién es Alejandra Solórzano?

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